Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “agosto, 2015”

Verano de ida y vuelta

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Imagen tomada de anasilvainparadise. Pulse en la imagen.

Hay un único principio para todo. Una línea trémula en la pantalla de un ordenador que puede borrarse y retroceder en cualquier momento, desaparecer, quedar en la mansedumbre de lo que nunca ha sido o en el limbo salvaje de las líneas sin corregir, por las que nadie pasará sus ojos. Literatura y música hablan de todo lo que comienza. Aquel pitillo que fumamos a escondidas cuando nos bajamos del autobús del colegio, el primer sello en un pasaporte que siempre se nos ha hecho pequeño y parecía tan abierto a las hojas, la piel que nos robamos mientras llovía, las horas vagas decidiendo que los horarios habían muerto, todo sucedió una primera vez. Los veranos eran la plácida exquisitez de lo que atesorábamos contar a la vuelta en setiembre. Y siempre inauguraban algo: había que irse en junio o julio y volver mucho más adulta o sofisticada, deseando volcar lo que habíamos esbozado en lacónicas postales. Había que guardarse el entusiasmo en la maleta de vuelta: habías ido por primera vez, habías vuelto por primera vez; era tuyo, no se compartía hasta que pudieses contarlo ante una audiencia entregada, que no viese las costuras a esa historia, que no supiesen el miedo que habías pasado esa primera noche en otro país, fuera de casa, viendo las sombras en una cretona imposible y rodeada de muñecos antiguos y aterradores.. Esa audiencia que te seguía a pie de recreo y envidiaba tu pose condescendiente, tus mangas remangadas, esas zapatillas inglesas que no se vendían en ninguna tienda de Coruña. Verano, a veces, eran ojos entecerrados bajo el sol, el placer de las cervezas medio adultas en las terrazas que nos parecían una promesa de madurez bien entendida, retomando lecturas mal digeridas ante los amigos de tus primas que ya tenían diecisiete o más y tú no. Y le cogías a tu madre unas gafas de sol que ya no usaba pero que te servían para ocultar la falta de años y experiencias, para mirar de frente y con dureza, con desapego, a esos chicos de polo Lacoste y motocicleta que ya habían tenido primeros veranos fuera y esperaban sus primeros otoños universitarios, siempre en Madrid, siempre en ciudades inabarcables, siempre en lugares de los que si te enamorabas- maldita sea- quedaba todo aún mucho más lejos de tu alcance. Pero ocultabas infancia y desconocimiento bajo unas gafas de sol ajenas y ensayabas las poses de mujer fatal que nunca serías, ni siquiera eso fue una primera vez.

Todo pasaba en verano, el verano de los principios, el que luego sería el de los finales. Antes del verano, tu madre te había calcetado una chaqueta de color garbanzo, una chaqueta de niña en un esfuerzo último por poner límites a la infancia huidiza.  Cuando la terminó, te la enseñó con una mezcla que tu creíste  de cariño y venganza, como diciendo algo así como “aquí está, no podrás irte, tendrás que llevar el estigma infantil, no huyas a la madurez, no puedes con esa chaqueta”. Y tú canturreabas aquello del jersey de coton de Golpes Bajos, te anudabas la chaqueta a la cintura y corrías a subir en una de aquellas motos, en uno de aquellos salvoconductos a la breve e inocente libertad de los dieciséis años, contando los que te faltaban para veranos europeos y universitarios, veranos de mochilas y amores fugaces, de apartamentos belgas bajo la lluvia, de lo que crees para siempre y es para nunca, de Interraíles y de sofás cama prestados. Lo que iba a comenzar, lo que iba a ser el principio, lo que fue y no sabes cómo ha pasado tan rápidamente. Como el verano, que antes de nombrarlo se va.

Decía que todo tiene un principio. Y ahora que las madres ya no calcetan jerseys raros, querrías ponerte aquella chaqueta que acabaste olvidando en un concierto en la playa. Y cuando nadie te recrimina horarios, querrías sentir los pasos quedos en el pasillo que demostraban que alguien se había preocupado por tu vuelta. Y ahora que todo se marcha hacia el final de los principios querrías, en buena lógica, vivir de nuevo un primer verano.

Colwin y McDermott: lecturas de un neoyorkino verano

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Nina Leen : Young woman on the balcony (1950) Tomado de The night picture collector. Pulse en la imagen para llegar al original.

Verano. Dejarse llevar por la laxitud, por ese cierto grado de caos que se encoge de hombros, por el pausado desorden de la desrutina. Agosto de pereza y verbena, de churro y ferias de libro en provincias, de cañas en manga corta y de coger perseidas a golpe de mordisco y guiño. Agosto de desgobiernos, de olvidarse las llaves pero da igual porque la casa es ya la calle, de ausencias y novedades, de leer en diagonal y de civilizar las orillas del mar con castillos ya deshechos, eso es la infancia. Me acuerdo de que es agosto cuando me doy cuenta de que avanzo mucho más en mis lecturas que en mis escrituras, que el azar me ha traído dos novelas no gemelas pero que se miran de reojo, que me invaden dos imágenes de New York tan antagónicas como amables y bastardas. Vayamos poco a poco, que esto se nos va de las manos.

Leo Tantos días felices de Laurie Colwin y me quedo con ganas de novela. Entendámonos bien: es una novela bien construida y mejor resuelta, los paseos por Manhattan son siempre bienvenidos- a pesar de que, como Compostela, empiezan ya a ser parques temáticos- el tono es cortés y mesurado y quizás, y digo solo quizás, sea eso. En el amable centro del mundo diseñado por  Colwin,  los hombres conocen y no comprenden a las mujeres y las mujeres no se comprenden a sí mismas.  Misty y Holly podrían parecer las protagonistas principales, dado que son  difíciles o imprevisibles.  Pero lo fundamental son las reflexiones que los hombres que las aman hacen sobre ellas. Porque los hombres que las aman, y mucho, lo hacen a pesar de sí mismos y de ellas mismas …¿y no es ésta, y no otra, la esencia del enamoramiento, queridos Guido y Vincent (los protagonistas)? ¡Pues no os quejéis, it’s the deal, stupids! Guido/Holly, Vicent/Misty  son dos parejas que podrían ser protagonistas de un anuncio del bienestar americano escondido en los afiches de la oficina de Don Draper. Pero el drama, todo el drama, está en esa prevención que Misty tiene hacia el amor por ella misma- coño, parece Morrissey- y la excentricidad individualista de Holly es estrictamente necesaria en ese mundo de casita de muñecas, cincelado a golpe de revista, en el que ha convertido su matrimonio. Y sí, es una novela por la que transitamos como por una leve delicia, pero hay más de cupcake que de bombón relleno de pimienta.  Es Tantos días felices una novela de hombres que aman a las mujeres a pesar de todo, de mujeres y hombres que creen en el amor malgre lui. Y en este paseo por la vencida misantropía hosca de Misty, por la impasible perfección de Holly, a esta lectora le cautiva el poso Annie Hall, le agrada el delicado humor del léxico creado a pares, pero echa de menos algo, no sabe si historia o qué, pero algo. Y quizás, y sin crear cánones de ningún tipo, es porque añora esa soledad de aeropuerto que crea tantas veces John Cheever, esa interrogación pendiente en los silencios de las parejas  que leen una enfrente de la otra y que tan bien retrata Richard Yates, la mano de Alice Munro señalándome algunos abismos de la convivencia. ¿A que acojona? Pues sí, porque lo que refleja no es solamente que una sea una aprendiz de cultureta de provincias, sino que, como lectora, acepta y reclama la necesidad de la tragedia cotidiana, de la incomprensión como detonador del amor fou, que el amor parta de la irracionalidad y que sea una cuestión de piel y no de “estas son las posibilidades: analicemos”. Pero esto, señoras mías, ya es otra historia. Lean la novela y opinen.

Laurie Colwin Tantos días felices  Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide, 2015

Bonus track: A Antonio Orejudo le ha parecido una novela fascinante. Yo no disiento, simplemente I curb my enthusiasm de forma muy neoyorkina. Dejo el enlace: ¡Arriba el amor!

 

Y llego a la que, a mí sí me ha parecido una grandísima revelación: Alguien de Alice McDermott. Marie es una Bartleby del Brooklyn sin gentrificar de mediados del XX. Marie es medio irlandesa, una extraña mezcla de chica taciturna y amable, medio huérfana y, también, con un cierto desapego, no sabemos si desencanto o prevención, que viene de fábrica.  Con ella recorremos la adolescencia, los partidos de béisbol en la calle- con un árbitro ciego, pásmense-las preguntas sobre el amor y el sexo, el reconocerse en un espejo.  Marie, niña de barrio, la “pequeña pagana” que espera a su padre a la salida de la taberna, que conoce pronto la muerte y el ostracismo de la fealdad, que atesora las anécdotas del barrio y la familia. Marie, clarividente y pasota, se niega a aprender a cocinar, no quiere salir de Brooklyn para encontrar un trabajo pero no es que no le agrade la idea. Simplemente, preferiría no hacerlo. No hay militancia, no hay enfrentamiento familiar, es la forma más revolucionaria de rebeldía: la laxitud ante lo que no nos interesa. La fortaleza de la fragilidad. Marie, una mujer a lo largo de la vida, niña y mujer, con una existencia divergente a la de su hermano Gabe, tanto que se comprenden y aceptan muy tarde, pese a haberse acompañado tantos años. Hay en la escritura de McDermott esos detalles diseminados que tan bien reconoceríamos en cualquier casa que hayamos habitado, en cualquier secreto familiar de voz queda, hay un rasgo de distintiva uniformidad en su escritura. Marie observa y nos acompaña en el que, suponemos, es un Brooklyn atestado de trabajadores y escaleras de incendios, de vida de barrio con vecinos y tiendas, con cotilleos en sala de funeraria, con amigas de la infancia y con las amargas decepciones de los primeros amores. Crecer, hacerse adulto, tener hijos. Y encontrar ese “alguien”, ese momento prometido por su hermano- que tan poco sabe del amor y que enuncia en una única frase:  “Alguien te querrá”. Lo enigmático se convierte en certero, no hay profecías, hay solamente vida. Y en esta crónica apócrifa, en esta imposible autobiografía  en tercera persona, la mirada de Marie es siempre la mirada de una mujer entera a la que daña la vida y el amor, a la que se le arrebata la vista pero nunca la voz, el modo de asumir el mundo con cierta distancia y con ironía. Sobrevivir, a veces, es más que ponerse a cubierto: es exhibir, de forma pausada, una suerte de invisible resistencia. Esa que nos hace doblarnos pero no rompernos.

Alice McDermott Alguien Traducción de Vanessa Casanova. Libros del Asteroide, 2015

Bonus track: He leído, juro que a posteriori, la crítica que hace Marta Sanz. Y no pensamos exactamente lo mismo, pero su reseña es eso, una reseña y lo que yo hago es otra cosa, así que dejo aquí el enlace Generosidad de mujer contestona.

Bartleby de agosto

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Imagen tomada de http://meanderin.gs/

A veces, distanciarse de la escritura es algo más que necesario. En realidad es que “preferiría no hacerlo”. Creo que cuando tienes demasiadas historias bullendo en la cabeza, desórdenes habituales, pánico a que no fluyan como es necesario, acabas siendo un Bartleby provinciano y endomingado con tus escrituras. A los Bartlebys que son así, a los que emborronan solamente post-its y abrazan el eterno “ya habrá el momento de convertirte en tinta o en html” que les hagan la ola se la trae bien floja. Vaya, que se la suda, se la pela o, con bastarda metáfora marinera, “se la trae al pairo”. Ya no solamente que les hagan la ola, sino que seas algo más que un pequeño rinconcito digital. Ya saben ustedes, si han llegado hasta aquí, que todo esto es, o no, mentira. Se escribe para entender por qué no nos quiere el mundo mundial. Se escribe para que te pasen la mano por el lomo y te digan que eres guay, que qué pena que no escribas más y en otros medios. Se escribe, muchas veces, para no ser el niño que juega solitario en un callejón, y también se escribe porque sí, porque te da la gana. Es verdad: qué cansados, que no cansinos, es hacer enumeraciones de motivos. I would prefer no to.

Los blogs, para los que nos dicen siempre lo que tenemos que hacer, son un agujero en el jersey de lo que-se supone que existe-gran proyecto literario. ¿Y si no lo tienes, y si realmente te da igual y te importa un soberano huevo hacer algo más? El mundo está lleno de aspirantes a sustituir a los oficiales creadores de opinión. Todo muy galdosiano. No me esperen por ahí. Hay gente que hace cosas en blogs- no de tecnología, no de moda y belleza- que cambia la silla recalentada del café por el teclado; la pantalla es aquella la ventana por la que se veía pasar inviernos, sentar cátedras y encontrar excusas para la queja, para la filosofía de refilón, para la creatividad verbal y la posible greguería, también para el fracaso de lo que no se logra plasmar. Un blog no tiene muchas veces aspiraciones; es el mundo de lo efímero asentado. Son reflexiones cogidas al vuelo, porque todo es ver pasar la vida y las primeras páginas de lo que no se participa. Para no preocuparte de “gústames” y de retuits, para que te den por saco los trols (y eso que los hay) porque haces lo que te da la realísima gana: no hay editor, eres tú y tu plantilla de wordpress. Y también reivindicar el derecho a ser dueño de las propias contradicciones: ¿quiere un blog ser un secreto a voces, un tesoro escondido, un algo a reivindicar en un posible futuro? ¿O quiere ser el robinson de una isla digital inexplorada? ¿Es quien lo escribe un flaneur que se mira en los escaparates al pasar o un frustrado y displicente tertuliano sin obra que sonríe de medio lado, ocultando su amargura? Joder, y yo qué sé, quizás todo sea un acto de narcisismo y pretendamos a todas horas disculparnos. Mucho ego y poca autoestima, mundo de actores, qué coño.

Yo solamente sé que esto es una plantilla de wordpress, que llevo varios años dándole a estas teclas y que me ha hecho feliz y descubridora porque no me obliga a nada. Me gusta, me divierte y a veces me da una pereza terrible. Me da la posibilidad de reflexionar sobre lo que leo, lo que escucho, aquello que aparece y se me queda en la retina. Y que cada vez que se acerca el cumpleaños de este cuaderno que no llevo en ningún bolsillo me veo a mí misma como alguien que quizás preferiría hacer otras cosas, que lleva mucho tiempo pensando que debe hacerlas o no, que no sabe si quiere hacer algunas novelas esbozadas o no hacerlas, que se lo sigue pasando bien aquí- de forma menos pautada- y que agradece que seais fieles y sigáis ahí. Podría seguir diciendo más cosas, pero ya se sabe que, al final, Bartleby vence siempre,dueño y rey absoluto de su paradoja genial y revolucionaria. Felices agostos, queridos míos.

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