Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “abril, 2015”

Cicatriz, de Sara Mesa

are_you_thereHay  arquitecturas de la imaginación que nunca se hacen verbales. Forman parte de una biología secreta, amontonada con las posibilidades, recluidas y latentes. No necesitas acudir a ellas, son esa belleza y adrenalina del acantilado. Escribes en un afán de comprenderlas mejor. Son pequeñas constelaciones de posibles, de los ex-yo futuros, de una anticipada nostalgia de lo que no va a existir. Nos asusta, por grandilocuente y vacía, la palabra “impostura”. Pero nos provoca una íntima satisfacción abrir esa caja forrada de papel de regalo, acariciar toda esa verdad-mentira, y volver a guardarla en un altillo, volver a nuestro cuaderno vital milimetrado, a lo trazado y firme, a la ausencia de riesgo, al fin de la aventura. A lo que entendemos que tiene que ser.

Sonia sigue las pautas marcadas por la obligación y las más tibias gamas de gris. Una soledad de beca precaria y cuidados familiares. De ocio escaso e intimidad alejada, de mirar a los años de cara y  no entender el privilegio asumido de la juventud. De foros literarios de internet donde, casi lo sabes, es siempre mejor lo que ves a un lado de la pantalla. Los autores, las citas, las lecturas compulsivas. El participar como tú siendo otro, teniendo un nick, borrando los cimientos de esa realidad que te ancla en un lugar de la geografía, en unos trazos que te ahogan aunque no quieras ni pensarlo. Y aparece un Pigmalión disfrazado de alter ego, vestido de rendida admiración, de mosca cojonera y aduladora. Entre líneas temblonas de chat  que parpadean, Kurt empieza a rascar en esas vidas posibles que Sonia aún no se había parado a acariciar porque es muy joven para ser dueña de su propia nostalgia. La convence y disfraza. Le hace remover antes de tiempo esos rescoldos de lo posible. Te doy los libros, te construyo intelectualmente porque puedes tener otra historia, una vida en la que has de pulir y refinar un talento en bruto que yo, que te sigo a distancia, voy a paladear y crear, quizás para sublimar mi propia limitación, mi propia mentira de píxeles y tinta.  Leyendo Cicatriz de Sara Mesa, vamos palpando de lejos esos mundos improbables que se van haciendo tangibles en los regalos que recibe Sonia, en la atracción y el rechazo que le provoca la presencia invisible de Kurt, en esa educación que se le  ofrece, impone y exige, en ese control progresivo. No importará que cambies de lugar, de compañero o vida. Kurt seguirá siendo un referente, a veces buscado, otras temido y rechazado. Es alguien que se toma muchísimas molestias a pesar de la indolencia en la que está esquematizada su vida- o, al menos, lo que sabemos de ella. Porque es una novela con dos personajes, con una estructura aparentemente engañosa, donde las cábalas que vamos haciendo como lectores se cumplen y no, se complican y se estilizan. Y se desmontan de forma tan prosaica como cruel.

No, esta no es una novela de amistades eróticas y epistolares. La posible sordidez no vendría de intercambios de fotos, de selfies o de coqueteos. El medio no es aquí ningún mensaje: da igual que sea Internet o la carta con sello y franqueo.  Es la historia de algo más. Del miedo de lo que podemos llegar a ser, de cómo podemos cortarles la cabeza a nuestros propios monstruos o domesticarlos. De la libertad y el dinero, de los fetichismos aprendidos por los letraheridos. De Frankestein y de Sade, de mujeres-niñas, de infantilismos recreados, de falta de amor  (que es la que llena los bares, como decía la canción de La cabra mecánica). De soledad y superación. De conocer al lobo feroz, de dependencias y adicciones- esas cervezas que Sonia no se toma, esas líneas sutiles de futuras historias-  y de las barreras que imponen las relaciones. No tiene nada que ver con Contra el viento del norte, con El arte del perder, con, incluso, las fantasías de ser otro en mundos paralelos como En la vida real. Y, sobre todo hay que subrayar la exquisita elegancia de la prosa de la autora, su extrema habilidad para tejer los hilos de una historia abocada a la nada y al todo. A crear un mundo de dos que son, a la hora de la verdad, tan Pigmalión como Narciso.  Y es que no hay como imaginar que nos queremos mucho para reinventarnos. No hay como lamer y domesticar, de una vez por todas, alguna cicatriz. Incluso las que resultan de agresiones reales.

Cicatriz Sara Mesa. Anagrama, 2015

En la vida real Cori Doctorow y Jen Wang Roca Editorial, 2015

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Extrañas orfandades

end

La imagen. sin título porque no hace falta, la he encontrado en Pinterest. Pincha en la imagen para ver el enlace

Hubo un momento en la vida, tú no eras consciente, en que el ecosistema era perfecto. Como todo lo perfecto no se hacía notar, era tan sencillo, tan íntimo y salvaje como respirar a diario, como respirar con ansia tras bucear en el mar de agosto, como  respirar de nuevo tras el cigarro una noche de verbena, era respirar y todo venía al momento.  El aire no se cuestiona, está ahí, es tuyo y existe, nada más. Es aire y está ahí por descontado. En el pack de lo que viene por defecto en la vida. O en lo que era la vida.

De ese aire tuyo en el que no reparas están hechas las horas que se tejen también porque sí, porque son parte de lo inadvertido, de lo que es ausente por obvio, de lo que viene contigo. Los días y las horas son siempre gatos huidizos en esquinas, algo en lo que no te fijas, algo que no te hace resoplar. Son las calles que recorres a diario, ese letrero algo torcido, esa mesa sin orden en la que algún objeto querría chillar que le hagas caso, es la llave con la que abres la puerta de tu casa y de tu despacho, es la cucharilla del café a media mañana. Es también ese botón a medio caer que lleva tu amiga desde siempre en la trenka, es tener que quitarte el cinturón de seguridad porque, si no, no sabes aparcar y qué tontería, pero es así. Ese aire inadvertido es también un táper con croquetas de sobras del domingo, o un mensaje whatsappero de alguien que siempre envía los mensajes al momento. Son las cifras de un teléfono que marcas casi como una letanía, como ese orapronobis que tanto te hacía reír en aquellos rosarios de la infancia con tu abuela, mirando los santos de la iglesia y teniendo miedo de ellos, tu abuela teniendo miedo de no volver a ese rosario, pero, claro, tú no lo sabías. Aire es también la ropa que aparece en al armario tan planchada y ordenada, la costumbre, lo que es así, lo que es ideología sin querer.  Tú vives y las cosas suceden, es así, es el aire de los calendarios.

No es que el aire desaparezca, es que los ecosistemas se alteran. Cambian paisajes que eran asideros: la librería de tus amigas ya no está y con ella se va no solamente una era, se van algunas tardes amarradas a las sorpresas que tenían las cajas, a los pitillos apurados en la puerta, a discutir sobre la señora Munro y el lugar de la novela en los suplementos literarios. Se va ese aire necesario del libro apilado y expectante, llamándote desde una estantería, con las manos de Silvia y Begoña regalándote tiempo y palabras, dedicándote las letras impresas de otros, escuchando tus desvaríos, riendo sobre lo que dan los años de amistad y la confianza. De hablar de guapos y guapas, de enfermedades maternas, de pérdidas y de hallazgos.  Se ha ido también la panadería de Bernarda, las risas hablando de política municipal y de pasteleros caraduras, de recetas sofisticadas y de panes de toda la vida. ¿Cuándo volveré a encontrar ese pan de cebolla, aquel maravilloso pan de miel y de pasas? No entiendo cómo no se puede hacer una biblioteca de olores y sabores perdidos, de esos que nutrían los ultramarinos que eran cuevas de Ali-Babá en la infancia, con sus hojas de bacalao en la puerta y sus galletas al peso en una lata. Se van también, y esto es ya otra cosa, el aire que llevaban los fines de semana con la intensidad del cronómetro, la falta de excusas innecesarias, las agendas repletas de posibilidades disparatadas, la soledad como una lejana extrañeza desconocida, la lentitud como una bandera. Respiras un aire que ahora te paras a reconocer y paladear, quizá por miedo a que la próxima bocanada sea peor que la anterior, ese aire que se ha ido llevando parte de ese ecosistema del que hablábamos al principio, parte de esas amarras y esos asideros, parte de ti y de todo.

Me gustaría encontrar una palabra distinta a la orfandad, pero no la encuentro. Quizás me asusta porque me parece aún, por fortuna, extraña y espero que lejana, grandilocuente y desvariada. Pero voy llenando mi diario de orfandades diminutas, pequeñas pérdidas que van también en los amigos que están lejos o solitarios, a aquellos a los que no llegas o no te llegan porque su vida es una lucha en guerras complejas y no escogidas. Aquellos a los que el aire común debería regalar una máscara antigas, amigos y amigas que no saben que tú enfrentas otras guerras también como todos y en intensidades idénticas, que el cansancio no nos ha hecho más sabios, pero sí- al menos a mí, pero sigo en plural mayestático- más cínicas, más escépticas y a la vez mucho más lloronas. Y resistentes. Pero mucho más conscientes de todo, especialmente del valor de las manos tendidas, de tender las nuestras, incluso cuando son inesperadas. Joder, me estoy dando cuenta de  que soy mucho más cebolleta de lo que creía y que derivo a la moralina de columnista dominical. No temáis. Solamente dejo estas palabras para que las lean todas aquellas, todos aquellos que creen que nos olvidamos: sentimos la orfandad porque no estáis en aquella parte de nuestro ecosistema, no porque hayáis desaparecido. No, no sois olvido. No lo seremos, por mucho que sea un buen título de alguna elegía ya escrita.

Me curé de la juventud

dreams

Sueñan los androides con ser superhéroes o qué Encontré esta imagen en http://slowrobot.com/i/50966

De poder escribir alguna vez un libro de memorias, siempre he pensado que hay dos títulos que me encantarían. Uno de ellos es, sin duda, Los hombres a los que amé. Como título no es que sea excepcional, pero tiene un encanto totalmente pulp, algo entre muy chabacano y confesional, un punto de autobiografía de folklórica- de aquellas que publicaban por capítulos en revistas tipo Pronto o Diez minutos-y que da pie a inventarse romances sin fin y desvelar escándalos a golpe de abanico. Otro título sería algo así como Me curé de la juventud : todo lo que no es autobiografía es plagio– Es un poco largo, pero los títulos factibles y que me gustan como Habla, memoria, La nostalgia ya no es lo que era o Memorias de una joven formal están ya cogidos. Me curé de la juventud serían unas memorias con encanto, con el tuneo necesario para despertar sorpresa y ganas de irse a Google a comprobar fechas, datos, si algo de lo desvelado puede ser corroborado fácilmente o, por el contrario, sonreír con displicencia ante el alarde. La memoria de puño y letra es así, mentirosa a placer, sospechosa de- palabra maldita- impostura o, lo que es peor, plagio. Es curioso cuando asistes al relato de anécdotas lejanas en el tiempo en una reunión de amigos. Siempre hay quien cuenta algo de forma que tú no lo recuerdas, es más, no lo has vivido así. Los puntos de vista, las piezas o cartas que te han repartido en un juego de construcción son otras. O, mejor, cuando alguien cuenta una vieja anécdota tuya como propia, adjudicándose el papel de ser arte y parte, adornando lo más leve, magnificando los detalles. Una asiste, totalmente fascinada, a la apropiación de un pasado individual casi como un patrimonio de anécdotas de otros, te cuelas por la webcam de otro ordenador, levantas los tejados de las casas para verte a ti mismo siendo otro, escuchando las carcajadas del público, sintiendo la empatía o el rechazo. ¿Quién no ha querido ser, alguna vez, espíritu de las Navidades pasadas o futuras?

Sigo con la memoria documentada. He visto un programa, no sé si recorte o experimento, que ponía frente a frente a los entrevistados con ellos mismos hacía la friolera de treinta años. Montserrat Roig, va por ella, tenía un programa de entrevistas con jóvenes en 1985 que hablaban de sus expectativas y rabias, de sus futuros en construcción con la soberbia del tupé y la ilusión de la vida por escribir, con las ganas inmensas de beberse los años rápidamente y con paladeo. En 1985, estos seis protagonistas eran un torero, una chica que estudiaba danza en Nueva York, una jornalera en Marinaleda, un reciente objetor de conciencia, la recién llegada a la alcaldía de un pueblo español cualquiera, o la que buscaba el éxito en un grupo musical de la movida. Había muchos más, pero estos seis chicos y chicas formaron parte de la recuperación que, treinta años después, se hizo de sus historias. Contactan con ellos de nuevo, les muestran aquellas imágenes de proyectos e ilusiones y se pasea con ellos en la realidad de ahora. En su realidad. Yo no sé si este documental, este experimento, es una putada o un ajuste necesario para decir que, a pesar de los pesares, somos quienes somos y pelillos a la mar, que damos todo por bueno, que qué se le va a hacer y que nos curamos de todos aquellos horizontes imposibles, ficticios e irreales, producto de la ensoñación más que del realismo. Para empezar, la primera en la frente, no está Montserrat Roig, a la que todos recuerdan en algún momento de la entrevista contemporánea. Tampoco están algunos looks imposibles, alguna que otra boutade. Hay muchas sonrisas recordándose, alguna lágrima emocionada e, imagino, la reflexión solitaria y a posteriori de si mi vida ha sido esto y ha estado bien o qué he hecho con el tiempo que me dieron. Claro que hay éxitos. Y fracasos. Cambios de rumbo y diferencias. El inevitable planteamiento de si eres feliz o no, de si tu vida ha sido, o es, lo que esperabas.  Si alguien, pensando en sí mismo, tiene una respuesta concluyente y categórica, lo felicito.

Yo comenzaba hoy diciendo que el título que me reservo para el futuro es Me curé de la juventud.  Hay que curarse. Me pregunto si dentro de algunos años, si siguen existiendo las redes sociales, estaría bien mirar quiénes éramos y cómo nos relacionábamos en otros contextos. Sin ir más lejos, Facebook ha hecho un experimento semejante instándonos a recordar lo que publicábamos hace un año o dos. ¿Nos sonroja esto, nos provoca vergüenza ajena, nos reconforta la ternura lejana de alguien que somos o no somos? Todo es vertiginoso: desde cómo escribíamos hasta nuestra relación con las redes : de intensidad, de displicencia, de voyeurs o de arrepentidos.  Cambiamos en todo. Y ahora, aún encima, mirando atrás. Menudo lastre. Y qué cansado todo.

“Qué cansado”. Eso digo yo en la línea de arriba…,¿Véis? Ahí si que noto que me curé de la juventud. Hay cosas que, a estas alturas, ya me dan muchísima pereza.

El documental La vida encontrada lo podéis ver pinchando en el enlace. Gracias a la web de RTVE que me permite hacer, lo confieso, ejercicios de nostalgia controlada.

Gracias a Montserrat Roig, por haberme descubierto, sin ella saberlo, muchas cosas.

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