Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “enero, 2015”

Hogar

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The Addams Family main cast – Tomada de wikimedia commons, imagen en dominio público

Todos necesitamos saber dónde colgar el sombrero. Subir escaleras y reconocer territorios, los espacios entre dos pisos, el botón del ascensor algo gastado, la cerradura que hay que empujar un poquito porque si no no abre. De todas las mudanzas, de todos los lugares que has habitado, incluso de los que habitarás, ya te llevas algo. No son cicatrices ni siquiera equipajes, son biología incorporada. Había algún piso que olía siempre a cera, otros a la humedad del esqueleto de las ciudades sombrías que viven bajo paraguas; otros- tan lejanos en la distancia y en el tiempo-con una moqueta en la que se apilaban libros en inglés de teóricos imposibles. Pisos enamorados, cocinas de azulejos y platos sin vajilla, cuartos de baño con cepillos de dientes pares y nones. Olores, vecinos, ventanas furtivas, plantas mimadas y gatos perezosos. Parejas y compañeros de piso, espacios en la vida, unos sucedían a otros. En todos te has sentado a beber cervezas y cavilar, has visto llover o salir el sol desde diminutas terrazas, imaginando horizontes,  intentando recuperar rincones para una futura cartografía de recuerdos. De esos que pocas veces permanecen impasibles, magnificados siempre por la emoción de recordar, minimizados por el dolor que ha habitado sus paredes.

Hay, como decía al principio, lugares que son donde cuelgas el sombrero. Has crecido en una casa de techos altos y pasillo infinito, ese que siempre será el pasillo del shshsh de zapatillas, con sintonía lejana de Telediarios y barcos errantes, de gaviotas cercanas y radio con Luis del Olmo,  con deberes y maletas, era casa. Tenías llaves, cajones y un lugar en el sofá. Y una familia que, por fortuna, en tu caso funcionaba, sin ser, como siempre has creído, una estructura inamovible a la que siempre regresas porque era igual en todas partes. Un asidero al que dar la espalda para nadar sin guardar la ropa, estaba ahí. Plagado de celebraciones y desencuentros, de días tan como otros, esa jaula a veces desde la que querer volar, esa realidad a mordiscos de algunos fines de semana. Familia y hogar iban parejos.

Y la vida, claro, da la vuelta. Y vuelves a aquella estructura que pensabas tan sólida y tan de fin de semana a organizar neveras que ya no son tan tuyas, a pasar tiempo de silencios y siestas, de conversaciones interrumpidas y medicamentos.  De reconocer rincones a pesar de la diferencia que ha marcado en ellos el poso de los años. A reinventar costumbres y acomodarte a otras, a dejar de ser viajera ocasional con una vida que siempre cuentas porque es distinta a ser una habitante casi permanente. Y, de nuevo, recorres el pasillo con unas zapatillas ya no tan silenciosas, pones manteles y cubiertos en una mesa, escuchas y aprendes. Porque hay mucho que aprender del recorrido del amor ajeno en una pareja de mayores, en el cuidado y apoyo a lo largo de los años, en el saber estar sin hacer ruido. Y mientras sonríes con las huellas de un pasado ya muy remoto-discos de The Boomtown Rats  (Bob Geldof, tú antes molabas) y novelas leídas con displicencia porque eran obligatorias-construyes las bases de una convivencia nueva y distinta, de adulta al fin. Y donde tuviste en tiempos la famosa habitación propia, que con el paso de los años suele convertirse en una habitación con armarios y trastos evitables, buscas el espacio donde colgar el sombrero. Porque a pesar de todos los sellos que coleccionen tus pasaportes, de todas las climatologías y paisajes diferentes, esa es una casa. La que fue tuya, hogar. Donde aprendiste y sigues aprendiendo, y eso es una gran suerte, las bases del amor.

 

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S y B

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S &B, 1963 fotografía de Don Hunstein

Solamente son eso, un chico y una chica. Caminando por las calles bordeadas de nieve, en un Nueva York tan soñado como real, tan ateridos como la juventud en canal que exhiben. Un chico y una chica, tan poco llamativos y tan cálidos, tan cómplices y sonrientes, son todo lo que son las parejas y las que quieren serlo.  Tendrán, es posible, un apartamento que podemos inventar en minutos: un mantel de cuadros en un cajón, un gato melancólico en un alféizar, una cama hecha de estirones,  olor a café mañanero y chaqueta de lana que se roban el uno al otro para desayunar así, entre risas, con neveras vacías y vinilos esparcidos sobre el sofá.

Son solo un chico y una chica. Con nombre e historia, con éxitos y futuros, con todo eso como todos los chicos y las chicas que se agarran del brazo en cualquier lugar.  Da igual cómo se llamen, que sea la portada de un disco, que sean los maravillosos sesenta, da igual todo lo demás. Son ellos dos. Y leo el fragmento de El jilguero en el que Theo recuerda esa imagen tan sabida y tan icónica que la he ojeado sin pararme como si fuese el logo de Coca-Cola o Adidas. Y reconoces la inmensa grandeza que hay en la imagen de una pareja que camina riendo envuelta en su propia conversación y en el mundo que han creado, ajenos a todo y dentro de todo, andando hacia ese apartamento, hacia lo común o hacia encrucijadas, un chico y una chica que se aprietan el uno contra el otro para darse calor, eso son.

Un chico, una chica. Un hombre y una mujer juntos, son el espacio cargado de pasado de una foto. Son un momento, son nada más y lo son todo. Son, también, todos los hombres y mujeres que han querido caminar  alguna vez por esa calle y no lo han hecho.

(Esto es un regalo de cumpleaños para alguien que cumple el día anterior a Reyes)

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