Anchoas y Tigretones

Hijos (8)

meccano

Meccano advertisement in French periodical L’Intrépide (1922) (tomado de Wikimedia Commons)

Hay un cuento de Etgar Keret, “Bebé grande”,-incluido en el libro Los siete años de abundancia-en el que el protagonista describe la mayor de las sorpresas al viajar a Europa con sus padres por primera vez. En el avión, el narrador se sorprende de la comida en miniatura servida en bandejas a los pasajeros: una miniCocaCola, una minicaja de cereales. Todo reducido a la escala necesaria de la prisa viajera, de ese momento suspendido en un plano temporal extraño que son los viajes en avión: nos desplazamos, contra toda lógica, en un aparato pesadísimo que tiene alas y vuela, cómo se come eso, es raro y mágico. Comparto esa extrañeza con el protagonista del cuento y, sobre todo, con su mezcla de desilusión y alivio al comprobar que la Coca-Cola, aunque pequeña, sigue sabiendo igual que en las cafeterías y en casa; que los cereales al modo jíbaro son también cereales, sean lo que sean en sus referentes auténticos. Me gustan esos menús pequeñitos. De hecho, siempre he envidiado los menús infantiles de las cadenas de comida rápida y colores chillones por esa diminutez, por esa armonía chabacana y llamativa, por la ilusión añadida del regalo tonto, siempre mejor en el anuncio de la tele.  Las pocas veces que caigo por uno de esos lugares, generalmente intentando complacer a los hijos de amigos, fantaseo con que se equivoquen y me den a mí también una de esas cajas con sorpresas que no lo son, con muñecos innecesarios y candidatos al olvido eterno una vez que se acabe esa merienda, bluffs de una tarde y de un momento. En el cuento de Keret, esta construcción inicial del mundo perfecto y a medida de la comida de los aviones, ese recuerdo infantil del mundo comprimido en una bandeja de comida viajera, le lleva a hablar, avanzando treinta años, de otro mundo contenido y que es el de su hijo recién nacido. Necesidades básicas, mares de posibilidades: en un cuerpo pequeñito que late descansando a su lado late toda la sabiduría, todo el horror  sin estrenar del mundo y los diccionarios. Un bebé que duerme plácidamente, ajeno al racismo y a la crisis económica, al hambre de los otros y a su dolor, pero que es una bomba de relojería a desarrollar.  Un ser  diminuto que es un contenedor de horrores y amores posibles.  Todo es en proporción y es en escala: la tragedia máxima es un pañal que hay que cambiar, un biberón que no llega a tiempo, una vacuna que duele. Un ser egoísta y desconsiderado, ególatra y yonki, monocorde y ausente. Un hijo al que se ama tanto que supeditamos nuestro mundo al recién llegado y lo reconstruimos totalmente a su medida: un mundo de penumbras y siestas, de ataques de amor en forma de besos, el de la preocupación si tose de noche, del sueño para siempre y los horarios imposibles.  Construimos fortalezas y ciudades al tamaño de un bebé con el arma del amor. Esa que no sabe de piezas de recambio.

Qué hacemos si las reglas del juego cambian porque sí. Si los niños se quedan sin padre y  hemos de sobrevivir a las ausencias. Si tenemos que decir adiós para siempre  a quien pierde  la oportunidad de explicarles cómo usar el tenedor y la cuchara, hacer deberes de matemáticas, oírles llorar cuando les rompan el corazón por primera vez, discutir y rebelarse. Las reglas de los fuertes de Comansi no incluyen la orfandad ni la desgracia, están hechas para que sus habitantes sean felices, eso creemos cuando vamos elevando piezas hacia arriba. Siempre hay algo, cualquier cosa, que es un coscorrón contra la despreocupación y esperanza que viene de oficio al soñar con la vida futura. “A mí no va a pasarme”. Y pasa. Una, cuando quiere o intenta consolar a alguien, se siente torpe y absurda, poco dada a la resignación como soy no sé hacer consuelos asibles, no se me ocurren palabras con sentido,todo se vacía y todo es un jeroglífico.  Me sobran palabras, me sobran reglas del juego nuevas: las que teníamos estaban bien. Los niños crecían, los padres envejecían y la ley de vida no daba la vuelta a las cosas, seguía su curso, natural y pacífica. Mentira. La ley de vida es esto: que te puedan dar un zarpazo tan grande que tengas que coger piezas de Lego y construir una nueva fortaleza en la que refugiarte, en la que tengas que establecer nuevas reglas, calmar furias y apaciguar ausencias. Eso es la vida, o eso parece. Reconstruir, reponer, rehacer. Y es verdad que es muy cansado. Pero es así, o, repito, eso parece.

Yo solamente puedo ahora poner encima de mi mesa las piezas de las que dispongo para ayudar a construir de nuevo, de la forma minúscula en que mis manos me lo permiten.

Etgar Keret Los siete años de abundancia Traducción de Raquel Visedo Siruela, 2014

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4 pensamientos en “Hijos (8)

  1. q’ buena tu entrada: vivir con la emoción d lo inesperado……con los hijos pasa como con los ancianos, con el amor, la amistad : demasiada literatura, demasiada peli y música ñoña. Lo cierto es q yo tengo la impresión de q, pasados los 48 (es mi caso: 49) parece q vivo para los hijos y nosotros pasamos a 2º plano… lo importante son ellos, q se abran camino y nosotros a su lado. Hemos sido, tb’, hijos y ahora los tenemos… y se van haciendo personitas mayores y se va derruyendo la fortaleza q fuimos creando para ellos… ellos vuelan y nosotros miramos, a veces emocionados, a veces hartos, desde el torreón, su vuelo… desde la atalaya se ven y se sienten tantas cosas……

    • Sí, es cierto, lo vemos así. Supongo que a veces olvidamos que antes fuimos hijos, que tomamos nuestro camino, nos dimos golpetazos contra la vida y, en la mayoría de los casos, nuestros padres no han podido protegernos. Es así, forma parte de las reglas del juego. Muchas gracias por pasar por aquí y dejar tu punto de vista, siempre bienvenido.

  2. un amigo me escribe hoy en un e-mail “el aceptar lo que venga deviene, poco a poco, en renunciar a todo”
    no sé si se verá la relación con tu texto, pero a mí me parece que viene muy a cuento.

    • ¡Ya lo creo que viene a cuento, Zeltia querida, ya lo creo! Lo difícil es asumir las pérdidas sin dejarnos parte de nosotros en el camino de forma irreparable, aunque esto que acabo de escribir sea mentira. Yo creo que no acepto las cosas, me cabrean por inexorables, por la incómoda y cansina tarea de reconstruirse…pero es así o así lo veo. Gracias por pasar.

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