Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “octubre, 2014”

Hijos (8)

meccano

Meccano advertisement in French periodical L’Intrépide (1922) (tomado de Wikimedia Commons)

Hay un cuento de Etgar Keret, “Bebé grande”,-incluido en el libro Los siete años de abundancia-en el que el protagonista describe la mayor de las sorpresas al viajar a Europa con sus padres por primera vez. En el avión, el narrador se sorprende de la comida en miniatura servida en bandejas a los pasajeros: una miniCocaCola, una minicaja de cereales. Todo reducido a la escala necesaria de la prisa viajera, de ese momento suspendido en un plano temporal extraño que son los viajes en avión: nos desplazamos, contra toda lógica, en un aparato pesadísimo que tiene alas y vuela, cómo se come eso, es raro y mágico. Comparto esa extrañeza con el protagonista del cuento y, sobre todo, con su mezcla de desilusión y alivio al comprobar que la Coca-Cola, aunque pequeña, sigue sabiendo igual que en las cafeterías y en casa; que los cereales al modo jíbaro son también cereales, sean lo que sean en sus referentes auténticos. Me gustan esos menús pequeñitos. De hecho, siempre he envidiado los menús infantiles de las cadenas de comida rápida y colores chillones por esa diminutez, por esa armonía chabacana y llamativa, por la ilusión añadida del regalo tonto, siempre mejor en el anuncio de la tele.  Las pocas veces que caigo por uno de esos lugares, generalmente intentando complacer a los hijos de amigos, fantaseo con que se equivoquen y me den a mí también una de esas cajas con sorpresas que no lo son, con muñecos innecesarios y candidatos al olvido eterno una vez que se acabe esa merienda, bluffs de una tarde y de un momento. En el cuento de Keret, esta construcción inicial del mundo perfecto y a medida de la comida de los aviones, ese recuerdo infantil del mundo comprimido en una bandeja de comida viajera, le lleva a hablar, avanzando treinta años, de otro mundo contenido y que es el de su hijo recién nacido. Necesidades básicas, mares de posibilidades: en un cuerpo pequeñito que late descansando a su lado late toda la sabiduría, todo el horror  sin estrenar del mundo y los diccionarios. Un bebé que duerme plácidamente, ajeno al racismo y a la crisis económica, al hambre de los otros y a su dolor, pero que es una bomba de relojería a desarrollar.  Un ser  diminuto que es un contenedor de horrores y amores posibles.  Todo es en proporción y es en escala: la tragedia máxima es un pañal que hay que cambiar, un biberón que no llega a tiempo, una vacuna que duele. Un ser egoísta y desconsiderado, ególatra y yonki, monocorde y ausente. Un hijo al que se ama tanto que supeditamos nuestro mundo al recién llegado y lo reconstruimos totalmente a su medida: un mundo de penumbras y siestas, de ataques de amor en forma de besos, el de la preocupación si tose de noche, del sueño para siempre y los horarios imposibles.  Construimos fortalezas y ciudades al tamaño de un bebé con el arma del amor. Esa que no sabe de piezas de recambio.

Qué hacemos si las reglas del juego cambian porque sí. Si los niños se quedan sin padre y  hemos de sobrevivir a las ausencias. Si tenemos que decir adiós para siempre  a quien pierde  la oportunidad de explicarles cómo usar el tenedor y la cuchara, hacer deberes de matemáticas, oírles llorar cuando les rompan el corazón por primera vez, discutir y rebelarse. Las reglas de los fuertes de Comansi no incluyen la orfandad ni la desgracia, están hechas para que sus habitantes sean felices, eso creemos cuando vamos elevando piezas hacia arriba. Siempre hay algo, cualquier cosa, que es un coscorrón contra la despreocupación y esperanza que viene de oficio al soñar con la vida futura. “A mí no va a pasarme”. Y pasa. Una, cuando quiere o intenta consolar a alguien, se siente torpe y absurda, poco dada a la resignación como soy no sé hacer consuelos asibles, no se me ocurren palabras con sentido,todo se vacía y todo es un jeroglífico.  Me sobran palabras, me sobran reglas del juego nuevas: las que teníamos estaban bien. Los niños crecían, los padres envejecían y la ley de vida no daba la vuelta a las cosas, seguía su curso, natural y pacífica. Mentira. La ley de vida es esto: que te puedan dar un zarpazo tan grande que tengas que coger piezas de Lego y construir una nueva fortaleza en la que refugiarte, en la que tengas que establecer nuevas reglas, calmar furias y apaciguar ausencias. Eso es la vida, o eso parece. Reconstruir, reponer, rehacer. Y es verdad que es muy cansado. Pero es así, o, repito, eso parece.

Yo solamente puedo ahora poner encima de mi mesa las piezas de las que dispongo para ayudar a construir de nuevo, de la forma minúscula en que mis manos me lo permiten.

Etgar Keret Los siete años de abundancia Traducción de Raquel Visedo Siruela, 2014

Steven Patrick, handsome devil

madrid

Desenfocado, sí, pero por fin le hice una foto. Mozz and me.

Fue un día de mayo de 1985. Es más, fue el 18 de mayo de 1985. Contabas los días para atravesar una puerta de destinos universitarios, eras moderna de corazón y querías serlo mucho más. Eras, qué demonios, un topicazo con patas y de ciudad provinciana. Y ese día, aún rodeada de mesas camillas y ganchillo, veías tu ración semanal de La Edad de Oro, donde te nutrías de muchas cosas que eran humo y de otras que no lo eran. Y con tu plato de bocadillo de cena, sentada en el suelo de tu salón, vas a escuchar la entrevista a dos chicos muy desgarbados, muy modernos e ingleses (qué combinación tan letal para una adolescente hormonada) y de los que tarareabas alguna canción de letra extrañamente poética y cargante sin saber muy bien de qué iban, sin saber muy bien de qué  iba nada. Y aparecieron ellos dos. Marr con su timidez mal guardada y, claro, él, Morrissey, precedido de su flequillo, flanqueado por sus pómulos y exhibiendo unos tobillos huesudos enfundados en unos maravillosos calcetines verdes. Y habló. Y habló y habló y habló. Bigmouth. Y ahí empezó todo. Empezaste a pedir que te grabasen cintas, a reconocer las canciones, a coleccionar anecdotario de una de las mejores bandas, a ser fan. Evidentemente, la música para ti ha sido siempre algo muy plural y variado, intermitente a veces, pero la silueta de Morrissey abrazado a su ramo de gladiolos, su chulería arrogante, sus dardos verbales y esa misantropía exhibicionista necesitada de público te cautivaron y lo sigue haciendo. Suena horrible. Es verdad, sabes que suena horrible: es un gilipollas integral y lo adoras.  Y es difícil, muy difícil quererte, Steven Patrick. Y desde aquí agradeces también a todos tus amigos heviochos de tu clase de BUP que entendiesen tan bien que llevases a Morrissey y a Bowie en la carpeta de apuntes, asumiéndolo con clase y pundonor, quizás reprimiendo sus ganas de hostiarte hasta el infinito.

Hablar de los Smiths es hablar de una historia de desencuentros, ataques de cuernos musicales (y de los otros quién sabe), divismo sin fin, creatividad desbordante, mitificación y gloria. Es  hablar de M&M. Y adorar a ambos como un tándem  único,  efímero y salvaje. Haces tuyas muchas de sus líneas. Y al final, para ti, solamente queda él. El bocazas, el que se siente miserable de ser como todo el mundo y que dice que tú, gordita, eres la única. Vale. Pero también esa voz que te estremece hablando de la belleza devastadora, del deseo y necesidad de ser amado, de la muerte inesperada de los niños a los que asesinan, de lo turbio del deseo desigual, del maltrato y del desarraigo. Que deseaba la muerte de la Thatcher, el exterminio de las familias reales, y te da el coñazo vegano a la mínima de cambio. Que despreciaba la solidaridad a golpe de chequera de Louis Vuitton. Y era, también, el pseudandrógino  que se abría la camisa y enseñaba un cuerpo esquelético  pidiéndote que te casases con él o que lo desvirgaras. Y es, treinta años después, un señor con halo de antipático y misántropo que se hace fotos con fans en la calle, que sigue dando leña para cultivar su propia leyenda, que no teme -o eso dice- a la muerte y que tiene como profesión principal dar grandes titulares. Eso y también el que sigue escribiendo sobre la necesidad de amor porque lo niega, el que se permite rollos hardcore como November spawned a monster, el que en medio de un tenderete comercial te estampa rarezas de extraña belleza como Neal Cassady drops dead. Y ahí, ahí reconoces la marca de la casa : ese constante coqueteo culturetas y autocompasivo, ese “mamá,quiero ser Oscar Wilde  pero no acabar como él”, esa permanente nostalgia por lo que queda en las páginas de los libros que has leído cuando los terminas…Moz, hijo de bibliotecaria, se te ve el plumero. Y esas cosas son-voy a ir pasando ya a la primera persona-las que nos dan caricias leves en el maltratado corazón a los fans cuando intentas defenderlo: “Sí, es un capullo integral pero…hace esto, esto y esto”. Y yo ya sé que convenzo a muy poca gente. Pero me quedo a gusto.

Y luego viene la parte de estricta mitomanía estética : sus flequillos, sus chaquetas de punto, su clase irreprochable, su narcisismo en la pose, la media sonrisa y el inmenso, inmensisimo océano de los ojos.  Y el concierto de Madrid de hace dos días. Y a mí, pues qué quieren que les diga, preferí que no hubiese teloneros. Me gustó ese “passions just like mine” que incluía vídeos de los Ramones, The New York Dolls, Anne Sexton recitando “Wanting to die” , Chris Andrews, mi armenio favorito Charles Aznavour, y alguna referencia  que no pillé muy bien a Coronation street, la mítica serie rodada en Manchester y de la que Morrissey es rendido fan.  Y que se te encoja el corazón  cuando sale al escenario y lo llena ya desde una esquina diciédote que tiene grandes noticias, que la reina ha muerto. Y yo,con mi camiseta de The Queen is dead, a punto de hiperventilar o, de como dice mi amigo Javier: “memueromuerta”. Y verlo ahí, como símbolo de una historia que es también la tuya, la mía, la banda sonora de tu vida, es un momentazo. Por supuesto que lo habría abucheado en el medio: soy fan de este mancuniano, hay que odiarlo y amarlo a la vez. Me espantaron las imágenes de mataderos. Me encantó llamarles dumbs a Will & Kate. Me faltaron canciones, no solamente de los Smiths, pero me dio igual : ese final épico, maravilloso, con todos coreando How soon is now?- acunados previamente por Asleep– ese himno a los hijos únicos insufribles, a los que alardean de nula vida social cuando buscan el refrendo popular y de todos,  a los que se creen que siempre habrá una vida mejor para ellos pero que no la merecen. Qué coñazo somos los fans, de verdad os lo digo. Y claro que hay postureo y chorrada épica … por Dios, es Morrissey, claro que sí.

Yo llevaba treinta años esperando ese momento. Treinta, se dice pronto. Porque al final, como sucede en las canciones de esta mi banda favorita, y como dice este chico mío tan favorito:

But don’t forget the songs

That made you cry

And the songs that saved your life

Yes, you’re older now

And you’re a clever swine

But they were the only ones who ever stood by you

NOTAS

El programa del que hablo se puede ver en la web de RTVE y en Youtube  La Edad de Oro: entrevista a The Smiths Yo creo que la fecha está mal, porque la entrevista se hizo en las fiestas de san Isidro, y creo que era mayo. Pero bueno, por Dios, ese momento en el que Paloma Chamorro le llama hipócrita al bueno de Johnny Marr, tilda a Morrissey  de “chico solitario y sensible”…y Mozz aguantando el tipo, poniendo caretos y dando la brasa con lo de la carne al final.

Gracias, como siempre, a Fran Lara por toda la música del mundo y por entender  tan bien lo pesada que soy. Y por The sound & the fury, que si no conocéis, debéis, para agradecérmelo toda la vida.

Tengo este Pinterest que es insufrible para cualquier persona que no sea fan de Morrissey: The Steven Patrick Appreciation Society .Ha habido hilos muy interesantes sobre el concierto en Facebook y Twitter.

Y sí, soy fan también de Johnny Marr y  me parece un guitarrista impresionante, magnífico y con un talento tremendo. Hasta las narices de la prensa musical que no estuvo en el concierto y dice tonterías, así como de los odiadores profesionales de Morrissey que ahora descubren a Johnny Marr y pretenden que haya que querer más a tu papá o a tu mamá.

Compañeros de viaje

Strangers_on_a_Train_-_In_the_dining_car

Guy y Bruno hablan de sus cosas. Qué chiquillos. Strangers on a train (Alfred Hitchcock, 1951) con licencia cc tomada de Wikipedia

Creo que sumar años es, en parte, poder sentarte un domingo por la tarde y echar un vistazo a agendas. Mirar hacia atrás, más con sorpresa y desconcierto que con ira, a riesgo de convertirnos en estatuas de sal, en quedarnos atrapados en una tela de araña tan invisible como persistente, transparente y opaca a la vez. Qué habrá sido de aquellas chicas tan amables  que viajaron contigo durante una temporada en el tren diario a  Compostela. Estudiantes de música, hablaban de la alegría que supuso acceder a la biblioteca de la Diputación con su fondo de partituras, de lo caro que era un clarinete en la, de la docencia y de tocar en una orquesta. Unos mundos muy lejanos para mí, asentada ya en un trabajo organizado y mirándolas con la envidia que provoca el que tiene ese todo “por hacer” delante de sí mismo. O de F. y J., que mientras recorríamos la distancia cotidiana sobre los raíles desgranaban tanta discusión política, tanta anécdota divertida de Japón y Holanda, tantas conversaciones distintas durante mucho tiempo; triviales muchas veces, apasionadas otras, pero llenas de datos, detalles, carcajadas que hacían que los kilómetros volasen, que no fuesen tan incómodos los asientos, que esa charla de ida y vuelta fuese un ritual casi familiar, esperado y cálido. Ambos se mudaron a ciudades lejanas de las que tengo direcciones, teléfonos y correos electrónicos. Solamente me falta la conversación en el tren, que fue lo que los puso en mi vida en algún momento. Y aún me sigo acordando.

Pienso, también, en los lejanos, lejanísimos ya, inviernos de mediados de los ochenta, en una Compostela que nos parecía lo más vibrante y bohemio. Qué habrá sido de X. que se sabía de memoria el revés de la etiqueta de Estrella Galicia, de L. con quien confundí tantos sentimientos, de A. que me acompañaba en algunas horas de biblioteca cargando las dos con los tomos del Corominas. O de  P. y Q., que hablaban de algunos manuales escritos por profesores de la carrera como “tochos que se llevan en el bolso para la defensa personal”. De algunas ha sido más fácil saber dónde están: escriben en periódicos o son escritoras, otras están en la política, son profesores de secundaria, otros hacen lo que pueden con su vida. Los sigues desde la distancia, desde ese respeto un tanto reverencial que se tiene hacia los juguetes nuevos. ¿Sería posible ser amigos ahora, tendríamos la misma conexión, pensarán en mí alguna vez, recordarán los malos ratos también que tuvimos? Por eso cuando digo “qué habrá sido de” no creo tanto en la geolocalización, perdón por el palabro pero me encanta, como en “conectaríamos tú y yo ahora”. Con algunas personas es sencillísimo: M. me llamó por teléfono, tras una muy detectivesca investigación, y tras el shock inicial-madre mía, habían pasado casi veinte años-darte cuenta de que esencialmente es ella, es la misma chica con la que te tumbabas en el campus californiano a tomar sandwiches y vaguear, con la que fuiste al Getty Museum y con la que fumabas en las escaleras de la Doheny Library bajo la mirada escrutadora  de los hipervitaminados y sanotes chicos californianos. Ahora no fumamos ninguna de las dos (yo he tenido una recaída en ese tema lo que me ha dado para soñar con una vida paralela en la que fumo sin parar y en todas partes) pero fue genial sentir su risa, aquellas carcajadas rotundas e intensas. Era ella. Y tras una promesa de visita madrileña, la tengo cerca ahora gracias a los whatsapperíos y las redes sociales creadas por chicos con nombres imposibles.

Todo esto viene a cuento porque esta semana he vuelto a tener una conversación que ya empieza a ser  recurrente sobre “las amistades de toda la vida”.  He vivido en varios sitios, en todos he conocido a personas, he hecho amigos que han sido fundamentales para mí. En lo que fui y en lo que soy. Pero creo que siempre hay un aquí y ahora. Por supuesto que hay compañeros de viaje y por supuesto que algunos te acompañarán siempre. Y hay ausencias que han dolido, por inesperadas y crueles-enfrentarse a la muerte de un amigo es una experiencia realmente brutal-otras, más mundanas, las has tomado como lo que eran: gente que pasa por tu vida en un momento y nada más. Creo que es muy sano que entre y salga el aire, que se dejen las ventanas abiertas o; simplemente, que el “amigos de toda la vida” sea una especie de convención en la que reconozcas que se evoluciona, se cambia, y lo realmente importante es lo que has vivido. En los últimos años he conocido a muchos que ahora son ahora referentes en mi vida y ojalá siga siendo así por mucho tiempo, aunque quién sabe. (F: esto es de lo que hablaba el otro día cuando hablaba de entrega y creo que no me expliqué bien).

A pesar de lo mucho que me gustan los acuarios y las peceras, algunos ecosistemas cerrados no me convencen, me asfixian de más. O eso o que ya empiezo a cultivar una suerte de misantropía extraña. Todo se pega.

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