Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “julio, 2014”

Verano, Pavese

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Chulazo fumando Camel.

Un blog es un cuaderno de notas, una colección de post-it, un recordatorio de esbozos. Un blog no lleva a ninguna parte, es una pieza de esas listas que elaboro sin parar, de esos puzzles que siempre quiero tener completos pero que, en realidad, como más me gustan es con todas sus piezas desperdigadas, mezcladas y atónitas, tan ajenas ya a la armonía.  Leo por ahí que el verano es momento de lecturas.  Para algunos, leer en vacaciones es abrir la puerta a las pequeñas perversiones que apetecen, ese best-seller que te llevas de la biblioteca casi disculpándote, ese novelón romántico, ese pulp de detectives y crímenes sanguinolentos de la que no puedes desprenderte ni para echarte bronceador. No es mi caso. Leo más o menos lo mismo, me da igual que sea en la playa o en los viajes cotidianos al Parque Temático. Pero a mí, más que hacer tipologías de lecturas, es pensar en las novelas que son y se desarrollan en verano, que lo llevan en el título, en el germen de la escritura. Verano es siempre en el sur de Twain y algo en Capote, un poco en Eudora Welty, lo es también en la Sudáfrica de Coetzee, en la California alucinada de Hunter S. Thompson, en fin. Y verano, aunque solamente sea por coincidencia estadística es Pavese.

Escribí una vez sobre esos veranos que cambian la vida para siempre, a propósito de Erri de Luca. Pavese es la melancolía infinita del no verano, ese recuerdo inaplazable de un momento que podemos haber vivido como en un sueño. Seamos la provinciana Ginia, con su rutina silenciosa de comidas y trabajos a media jornada, con su silencioso hermano, con una vida asomada a la ventana. Y avanzaremos en la firme creencia de que sucederá algo lejos de los paseos por la plaza ida y vuelta,  ese fogonazo indeterminado que etiquetará nuestra vida como tal: he vivido. Lejos de esos horarios repetidos, de la cantilena infantil de los días de la semana sin parar, Ginia conoce, como en un soplo, que hay mujeres diferentes, que hay amores a lo pobre y bohemio, que todo se fundamenta en un verano que pasa, ha pasado ya y quizás no vuelva. Porque como  cuando avanzamos en nuestra audacia perdemos ese punto tan tierno y dramático de la infancia a medio crecer.  Y queremos amar tanto y vivir tanto que nuestra expectativa de verano futuro hay que bebérsela de golpe, hay que fumársela, hay que follársela. No queda otra. Y todo para saber que después del sexo, después del alcohol y de los pitillos, después de verte reflejada en el deseo de un hombre que te contempla desnuda, ya no habrá más verano. Porque todo lo iniciático se ha ido. Y vuelve la nieve que antes era lejana. Qué ganas tiene una al leer estas cosas de escuchar la voz de Montand y recordar “Le temp des cerises”. POrque como algún verano, como ese verano que pasó entre nieblas de cigarros, no habrá otro. Y siempre nos quedará el remordimiento de no haberlo saboreado como se merecía.

Y Pavese nos lo cuenta a medio contar, nos hace estremecernos en la soledad compartida de Ginia, en su constante invierno. Y ese “bello verano” se aleja en la memoria del lector. Quizás porque nunca ha existido.

Pavese, Cesare El bello verano  Cátedra, 2008 Edición de Manuel Carrera y traducción de Carmen García Lecha.

Música para escuchar en verano: La que diariamente me regalan en el blog Ten songs .

 

P,D Si han llegado hasta aquí es fantástico, porque quiere decir que se llevan una buena recomendación musical y que no me han mandado al cuerno por no haber hablado de suicidas ejemplares ni de que venga la muerte y tenga unos ojos determinados.  Ya les vale, yo nunca haría eso.

 

 

Comfort zone

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Détail de “Blah, blah, blah” du studio Louise Campbell (Maison du Danemark) (Wikimedia Commons)

Quizás esto no debería ser un post para un blog. Quizás esto debería ser un decálogo de decálogos, un mensaje embotellado, un encurtido imaginario. Quizás no debería de ser nada porque nada es lo escrito en digital, ni siguiera es una estadística fiable.  Pero es parte de mis  cuadernos de algo. Uno de mis libros favoritos es aquel titulado Cuadernos de todo, en el que Carmen Martín-Gaite recopilaba, escribía, collageaba,  incluso hacía cuadernos de cuadernos -¡qué alegría leer sobre algunos amigos de la Universidad de Vassar en el “Cuaderno de Poughkeepsie”!-. Otros cuadernos, como los de Joan Didion, eran una conjura contra el infinito vacío de la no escritura : son los miles de posibles que has coleccionado para diseñar tus párrafos, son pequeñas señales de humo hacia ti misma, un recordatorio avanzado.  Es ese asidero extraño que tenemos hacia lo que aún no ha sucedido y que miramos de reojo:  los planes de la novela, las llamadas que tienes que hacer, aquella vida por vivir. Romper,salir de algún modo de un límite  a veces autoimpuesto.  Creo que en psicología se le llama la zona de confort: un atrincheramiento en lo ya conocido, que nos aburre y no nos motiva, pero que por ese cruce entre spleen y tedio, digamos que nos impide ponernos en jarras ante nuestra propia autocompasión. Es cómodo, es verlo todo desde la barrera (no se puede decir los toros que es políticamente incorrecto), es no pinchar ni cortar. Cada uno tiene la suya y la decora como quiere : de autocompasión -ya mencionada), de  ataraxia y pasotismo, de excesiva neutralidad y prudencia, de no participación. Horizonte gris marengo, sin frío ni calor, esa vida y esa rueda, nada más.

Yo estaba equivocada. Completamente. Yo creía, menos mal que existe la Wikipedia, que la zona de confort era otra cosa. Para empezar, la palabra confort me provoca la misma sensación incómoda que me produce pensar en caminar sobre moqueta. Es algo aparentemente agradable, cálido y delicado; a mí me da mucha dentera. Yo creía, vamos al grano, que esa zona de confort era una especie de autocensura impuesta para no entrar al trapo sobre algunas opiniones, artículos, bulos, pontificaciones y barbaridades diversas que campan a sus anchas por todas partes. Antes se le llamaba morderse la lengua. Para mí ahora es “qué pereza me das, cómo me aburres”. O, también puede ser verdad, que los años vayan convirtiéndote en intolerante y vaga, lo cual es mala combinación. Pero también que creamos que las opiniones, fundamentadas o no, son algo respetable de por sí o, mejor dicho, que consideremos opinión cualquier frase  medianamente coherente en cuanto a sintaxis. ¿Cobardía, prudencia, pereza infinita, hastío a priori? ¿O quizás algo de ansiedad a no ser bien entendida, a no poder explicarme, a que no me lo permitan, a que hablen por encima de mí? Me gustaría, a veces, intervenir en conversaciones para aclarar  que creo en el pequeño comercio, lo defiendo y potencio siempre que puedo. Ahora bien: ese discurso autocompasivo y llorón está empezando a ser contraproducente. Las grandes superficies y las multinacionales campan de modo vergonzoso, pero también es cierto que se han centrado en el cliente -aunque no sepan tu nombre, aunque les importe solamente el número de tu tarjeta Visa-pero se han centrado en ti.  ¿Es la fidelidad a las personas, al cariño que les tienes, argumento suficiente para asentir en silencio cada vez que salen estos temas por parte de quien tiene una librería, una pequeña tienda de ropa o cualquier negocio que contaba con fidelización previa? ¿Te escuchan cuando hablas de alternativas o es simplemente más sencillo atrincherarse en, esa sí, la zona de confort? También me gustaría, y es otro ejemplo, poder aclarar de una vez por todas que una persona soltera no es una mediapersona, que el concepto “científico” no es aplicable a todo y que no pasa nada por estudiar una técnica aplicable al ejercicio de una profesión. Lo siento, queridos y queridas, no es lo mismo una cirugía que la CDU; y eso por simplificar el tema.  Me irrita profundamente la condescendencia y el machismo de muchos profesores que pasan demasiado tiempo en las redes sociales impartiendo justicia poética en el sentido cultureta de la palabra; su desprecio infinito hacia ese público que tanto necesitan para mantener su vanidad a salvo. La creación de cánones en lugar equivocado, por ejemplo.   No sé de qué planeta han bajado los que exhiben la arrogancia del comentario autocomplaciente con la coletilla del estilo “seguro que vosotros no lo conocéis” (referido a escritor o escritora, generalmente). Yo siempre me pregunto: ¿ Y tú qué coño sabes, capulla de las narices, de lo que yo sé o dejo de saber?”.

Siguiendo con normas de convivencia básica, cambiar un pañal en la mesa de  un restaurante me parece una cerdada. Lo siento mucho: aunque el niño o niña sea adorable, que lo es sin duda alguna (ya sé lo de los cambiadores, de que los niños son impredecibles, etc.) me parece una cerdada. Por supuesto que tengo opiniones políticas  y me gusta mucho hablar de ellas, pero soy muy selectiva con quién lo hago. Evidentemente eso te convierte en una persona sospechosa de ser reaccionaria o de ocultar algo extraño, una especie de doble vida en la que te dedicas a delatar a los servicios secretos personas  poco afectas a algo. Las redes sociales son una mina para mis desconciertos, a pesar de lo mucho que me gustan. Pero me satura la necesidad de algunos escritores de entrar en el Festival del Humor digital. Y mira que me troncho con algunos. Lo que empezó siendo algo divertido terminó con nivel chistes en cassette comprados en carretera perdida, el la extraña ambivalencia de querer matar al padre y obtener el beneplácito de las generaciones anteriores.  Ya no los sigo, muchos me aburren. Abandoné también a  los strippers digitales: un día es un día, vale, pero tanta intensidad me puede. Y tanto lirismo de botellón.  Y sí, por supuesto que me gustan Facebook y Twitter y observo de reojo si ponen “me gusta” a mis cosas.  Una es muy dueña de sus contradicciones, y lo que es mejor, muy consciente.

Pues bien, con todos estos temas que expongo aquí arriba, yo me atrincheré en lo que consideraba zona de confort. No entré al trapo, me callé la boca (y lo sigo haciendo). ¿Falta de confianza en mis argumentos?  Es posible, pero no me voy a echar a llorar por un mal comentario. La piel es dura dependiendo de para qué. Reconozco que me puede la pereza, la vagancia, la atracción hacia mi zona de confort. Esa en la que puedo reflexionar, cobardemente o con un poco más de perspectiva, sobre todo lo que leo y escucho. Me temo que estoy pretendiendo dar una lección de misantropía. Imagino que si alguien lee esto, pensará, como en el famoso monólogo de Gila, que si no sé aguantar una broma, pues que me vaya del pueblo. Pues es que este pueblo también es mío, oiga. Y a fin de cuentas, y afortunadamente, tiene muchas caras.

Va a ser cierto lo que dicen: no eres nadie hasta que no tienes un buen rifirrafe digital. Quizás esa es la razón por la que nadie me conoce.

 

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