Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “junio, 2014”

Niñas que son como Sally o como Claire

sally

Mustang Sally

 

Las niñas siempre eran vestidos de nido de abeja, chaquetas de punto a juego, quizás alguna marca redonda de mercromina (Curo-Cromo decíamos nosotras) en las rodillas. Las niñas de la tele eran siempre hacendosas y responsables, eran hijas de Michael Landon y tenían un libro en el que leían oraciones y aprendían a ser ciegas y a tener pecas. Las familias eran un domingo y un globo de premio. También había niñas que vivían en California en familias numerosas y muy setenteras, niñas que tenían que seguir por el libro el patrón establecido de la niña, algo contestonas, rebeldía medida y justa para dar juego, con pantalones de campana y camisas de cuadros, algunas anudadas a la cintura, avanzando el futuro de poster central del Playboy.  También había niñas ácratas con maletas llenas de dinero, solas y con una vida tan destartalada como su casa, con padres ausentes y de fuerza avasalladora. Niñas góticas y extrañas, niñas como Miércoles Addams, niñas malvadas cuya rebeldía era meter ratones en los pupitres de compañeras de clase.  Las niñas de la tele, de las series de la tele con las que crecí, eran un coñazo absoluto, unas comparsas en un mundo tan masculino, tan madrecitas y tan grises, tan formando parte del decorado, tan incrustadas en su “sota, caballo, rey”. Tan supervivientes y tan derivadas de los mundos predeterminados de Enyd Blyton, de que podías dar tu nombre a una serie de novelas sobre una niña danesa detectiva, pero a la hora de la verdad, la colección se terminaba porque ella abandonaba sus estudios para casarse. Con un ingeniero. Virgen Santísima.

Qué lejos estaban las niñas, las adolescentes de la tele de Moll Flanders, de Lolita, de Jacy Farrows.  Y qué cerca de ser mujeres del siglo XXI lo están algunas de las que salen en la tele de ahora. Quizás todo empezó con la juguetona Audrey Horn en Twin Peaks, la  eterna adolescente que es Lena Dunham en Girls, la descarriada hija de Marty Hart en True Detective.  Y luego, aparte de todo, están ellas dos, Sally y Claire. Sally Draper, consciente desde niña de llevar una incógnita por destino, indiferente e intensa, silenciosa e insinuante. Sally tiene un bisturí en la mirada con el que disecciona el elitismo desencantado de su madre, la falsa apariencia de chico Kennedy de su padre,  las mentiras y las puertas entreabiertas de los matrimonios. A Sally la invita su madre a fumar por primera vez, buscando en esa hija con la que compite en afectos y que pretende tener a raya, un alter ego, una imposible relación de amistad o de confianza. Sally sabe también jugar las cartas de la verdad con su padre, no necesita del espionaje para desenmascararlo. Sin escándalos. Con el arma de la verdad. Y juega a ser lo que no es, a la displicencia, a la altivez, a las compañías de otras chicas fumadoras. Sally que se acaricia viendo la tele, que acaba reconociéndose como responsable de sus hermanos, huérfanos en una familia perfecta.  Sally, que tiene todos los triunfos en la mano para caer en la misma madriguera que Alicia, pero que será capaz de darle un corte de mangas a la reina de corazones y de irse de copas con el gato de Cheshire. O de caer y no salir nunca de un lugar habitado por ella misma. Quién sabe.

Hermanos mayores que se las saben todas

Y Claire. Claire que podría haber crecido en la Factory de Warhol y lo hizo en una funeraria. Claire que conoce la muerte tan de cerca, la vida al borde de cualquier cosa, la búsqueda de respuestas en las braguetas de los chicos más populares del instituto. Claire malencarada y autodestructiva, quemando etapas y añadiendo muescas a su corazón. Sin olvidos, con rencores, aprendiendo de lo malo casi siempre. Claire con su bagaje de cabreo infinito, con su atormentado ego y su nula autoestima. Pelirroja y solitaria, popular sin quererlo, Claire lleva cristales en los bolsillos y recoge las migas de los amores. Una niña que comprende que las familias son incomprensibles, un hábitat tan artificial como un terrario en un chalet de fin de semana. Que habla con los padres tan ausentes, tan presentes en la memoria. Familias que, al final, son siempre lo que llevamos encima, para bien o para mal.  Veo en un flashforward lo que será la vida hacia la que ella conduce en el último capítulo. Y me reconforta saber que sus instantes tendrán una memoria del futuro. Y adoro la mujer en la que sé que se convertirá, por lo mucho que he sufrido por ella en varias temporadas.

Hay niñas de la tele con las que me gustaría encontrarme en algún lugar de futuros compartidos y poder invitarlas a una copa. Y fumar un cigarro, que es algo que todas las niñas raras ( con Margot Tennenbaum a la cabeza) aprendimos a hacer en soledad. Y, coño, por placer.

En un cuaderno Moleskine (29) : the loneliest planet

Título alternativo: autorretrato de una bloguera

 

Después de mucho tiempo sin tener una línea cercana, abro el cuaderno y leo una entrada con notas para una teoría sobre la soledad:

Posiblemente, y con muchas reservas, la soledad forma parte de un aprendizaje. Eres otra el día que comprendes lo importante que es aprender a hacer lazadas por ti misma, deshacerlas, escuchar el silencio o tu respiración, tan acompasada como si fuese ajena. Es verdad que nacemos y morimos solos, lo que está alrededor es pura comparsa, no traes nada ni nada te llevas. Pero en el medio vas haciendo tu equipaje de sombras, tus momentos de encontrar vacía  la nevera, los pánicos por saltarte un ceda al paso y recibir esa pitada larga y duradera, humillante y que te crispa, la que hace que necesites un abrazo al abrir la puerta de casa. Tus llaves cuelgan en la cerradura, no puedes olvidártelas porque nadie habrá que te lo recuerde.  No conversas sobre lo cotidiano tomando el postre, tampoco te saturas de nada.  Aprendes a comprar para uno, a conjugar en singular, a no pedir silencio. Eres una unidad perfecta. Eres, esa palabra que ahora da tanto miedo, independiente. Aunque aceptes, como es natural, que tus escrituras han de ser solitarias, que tus fines de semana son tan compartidos y cálidos como las sábanas que enredas en compañía, como la necesaria convivencia con las oficinas y sus habitantes, con los pobladores de tu pasado, con las mochilas que llevas cuajadas de amigos y que son ellas, al fin, las que te sostienen. Bagajes y resortes, en los que buscas de forma compulsiva una receta que te ayude a explicarte quién y cómo eres, si eres un non o un primus inter pares, en fin piensas sobre todo esto y retrocedes hacia lo que tú pensabas que era vivir con un único plato a la mesa.

Me extrañaba la soledad de los personajes de dibujos animados, de algunos de los tebeos. Sentía mucha lástima por Mr. Magoo y por Rompetechos, me extrañaba que Mortadelo no se rebelase nunca, que la pequeña de las hermanas Gilda no se fuese de vinos con otras amigas, que Carpanta sufriese tanto (este era el peor)  en esa mueca desencantada y para adentro que luego encontré en el Plácido de Berlanga. Hambre, soledad, personajes que se perseguían con bazookas y hormigoneras, que se rompían en pedazos y que quedaban como el papel al ser atropellados. Las ciudades eran chimeneas con humo a lo lejos. Nada más. Un puro esquema. Ahora, es curioso, los veo como lo más moderno del mundo, los más coherentes, los que son capaces de sobrevivir y tirar hacia adelante sin aferrarse a un falso papel que define estados, sin besar mentiras ni tampoco apartar posibilidades, simplemente viviendo. Algunos, claro, con más dificultades que otros. Rompetechos se hostiaba muchísimo y eso no estaba bien. Pero todo daba igual porque eran, al fin y al cabo, ellos mismos. Es aterradora la necesidad de fundamentarse en otro como la única forma de felicidad posible. Lo es también el cinismo de la misantropía y de la puerta cerrada. Pero la pareja, por hablar de una de las posibles formas de convivencia, es un nudo de contradicciones y de seres que han de evolucionar juntos por cojones, porque sí, porque no queda otra, porque ya te has metido en casa y si te vas, qué pereza hace maletas y desestimarte. Y, sobre todo, qué miedo a ver la pared de enfrente. O, quizás, porque el amor es en el fondo un salvavidas que adopta más de un millón de formas, muchas de ellas desconocidas hasta que las vives. Y por eso mola tanto y eres tan sumamente feliz cuando lo tienes. Lo que no implica, necesariamente, compartir rutina de lavadoras y de compras de fin de semana.

Cuando veía aquellos apartamentos esquemáticos de los dibujos animados- ¿por qué siempre que corrían por un pasillo había un mueble solitario con un jarrón que pasaba una y otra vez, como si no nos diésemos cuenta?-imaginaba la tristeza de vivir así cuando no lo buscas. La soledad impuesta por la vida o por su ausencia, por algún desconcierto inesperado, por la pobreza que, es cierto, hace que el amor salte por la ventana. Hacia tu vida, a la hora de la verdad, vas más sola que nadie. Y claro que tiene razón my charming man: earth is the loneliest planet. (Nota: Me encanta que salga Pamela Anderson en el vídeo, porque como dice Minimoon Bibliotecario Yeyé: “las neumáticas también tienen derechos y Morrissey lo sabe”. Pues eso.

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