Anchoas y Tigretones

Dos que van en coche

 

sally and betty

Fumando con mamá en el coche

 

La literatura es un espacio protegido.  Es el que nos permite hablar desde lejos, desde un desván con juguetes en domingo, desde esa trinchera de la guerra del catorce, es ese otro lugar. Un soportal, quizás, para esperar que escampe; un agujero en la pared o un árbol desde el que espiar la casa de enfrente : esa casa con sus vidas, sus muertes, sus golpes y felicidades, con su locura y aburrimiento a domicilio. Esa vida.  Este refugio improvisado es especialmente útil en la impostura  de la primera persona, o en la autobiografía que coquetea con la autoficción . Parapetándose tras una cortina algo agujereada, la escritura surge con la ambigüedad suficiente que permita al lector entrever que alguien se ahoga, pero que tiene un flotador a mano. Que lo que leemos es algo más  que una purga innecesaria, un escupir al suelo por fin, una necesaria limpieza de fondos.  Que es literatura, al fin.

Un hombre y una niña suben a un coche. La niña lleva, quizás, una maleta pequeña, improvisada, casi infantil, una maleta de despuntar a la vida. Algún jersey, ropa interior de algodón, quizás un cuaderno o un libro. Una maleta de quien no viaja mucho, o que todavía no sabe que en una maleta caben tanto los lazos del pelo como las decepciones, los cuadernos y quizás las primeras lecciones de manipulación.  Podría ser Lolita. Pero es la niña sin nombre de Una semana de vacaciones. Una niña que no escoge y obedece, una niña sexualizada y obligada, una niña que, creo, cuenta a través de alguien una adolescencia sin decisión propia. El sexo descarnado, con sus nombres y sus recomendaciones, desasosiega porque es entendido de forma desigual por los protagonistas: para el adulto es dominio placentero, para la niña es el pánico a no agradar.  La invitación al silencio con el pacto del amor, ese discurso que aparece inscrito en tantas historias de incesto.  La autora se cuela en casi todas las líneas, incluso cuando la construcción del relato ha prescindido de la primera persona. Esto no es Nabokov, no es Humbert Humbert. Es la constatación de que los monstruos pueden vivir en casa e, incluso, sacarnos de paseo a nosotros.  Un viaje terrible, infeliz y desgraciado.

Viajes en coche por carreteras extrañas, con sus paradas y sus moteles, con la sordidez de las sábanas sin domesticar, con las risas compartidas de televisiones que no funcionan, o cuartos de baño muy kitsch, o recepcionistas extravagantes a los que quieres inventar un turbio pasado (esa frase pertenecería al campo de la autoficción, o que se creen ustedes, que yo no sé autoparodiarme, ja).  O con la ilusión salvaje de que volver es solamente una posibilidad, de que no tenemos por qué dar la vuelta, con la constatación de que las fugas (vuelvo a escribir sobre fugas, seguro que  me traigo algo entre manos) duran lo mismo que la pasión cuando esta es pasión, cuando es insomne y únicamente hedonista. Me gusta la sensualidad franca y delicada de James Salter en Juego y distracción. Me encanta el título de esta novela. La pasión es juego entregado y distraído, son cartas encima de la mesa, son la fantasía de la campesina francesa y el pijo neoyorkino.  Lo improbable llevado al “carpe diem”,a ese “mientras dure”, a  ese “pero qué coño”. Son amantes que se adivinan en una distancia respetuosa y a la vez íntima, pasional, de sexo joven y cotidiano, nuevo y firme, posponiendo la realidad, que es siempre tan aplazable. La realidad y las tragedias son siempre aplazables, quizás porque formen parte del mismo fragmento de futuro.

Leer viajes tan distintos en tan poco tiempo hace que recuerde, en forma de imágenes, otros que he visto recientemente y que me  han gustado. Me gusta Sally Draper fumando un cigarro con su madre en silencio, volviendo del internado. Su primer cigarro como invitada. Me gustan Hannah,Shoshanna y Adam yendo en coche a buscar a Jessa a ese extraño centro de desintoxicación. Me gusta el coche de Ted Mosby en el que siempre tienen lugar conversaciones descacharrantes. Y me sobrecoge Rust Cohle haciendo apología de la no existencia ante un atónito Martin Hart. Los viajes, cortos o largos en coche dan mucho juego.

Es una pena que me guste tan poco conducir y que me encante el avión.

Angot, Christine Una semana de vacaciones Anagrama, 2014

Salter, James Juego y distracción Salamandra, 2013

 

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3 pensamientos en “Dos que van en coche

  1. “Pánico a no agradar, pánico a no agradar… ¡cuántos suicidios de personalidad y crímenes íntimos se cometen en tu nombre!”

  2. O corpo vai afastándose das decisións. Xa encontrarán outro futuro no que realizarse.
    Bicos

  3. Cada viaje tiene su dote subjetivo, escribimos en nuestra memoria los acentos, unas veces más se queda grabado los baches o escollos del recorrido…

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