Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “marzo, 2014”

Fugas

bad kids

Fotografía de Roger Mayne “Young kids in North Kensington”. Tomada de http://bastardkeaton.tumblr.com/post/17506346296/roger-mayne-photographed-these-young-boys-in-north

 

 

Cuenta Juan Tallón que un día quiso escaparse de casa. Uno puede tomar esa decisión por mil motivos: estoy hasta los huevos, no me entendéis, esta familia no merece mi talento, mis notas son una mierda y se va a liar parda o me han pillado fumando y se va a liar más parda.  Yo no tengo el talento de Tallón para la fuga-esa hermosa huida acompañado de Carver y un cuaderno para anotar posibilidades, ese volver al maridaje genial de la Nocilla y el chorizo- y mi vida, quizás, desterraba ya el romanticismo implícito en dejar una nota, en dar pistas o señales de que se mascaba una tragedia. No. Me fui de casa con tres años lisa y llanamente porque la puerta estaba abierta y enfilé las viejas escaleras de lejía y madera del hogar familiar. La excitante aventura terminó en el portal de la casa de al lado donde, ya es casualidad, me topé con mi padre que se rio a carcajadas y me hizo una foto que aún guardamos. Digamos, por lo tanto, que no tuve conciencia de la huida, no saboreé el dulce regusto de la rebeldía ni, mucho menos, fui consciente de hacer algo malo o bueno, así de simple era escribir en el cuaderno de  la infancia. Años después, cuando asomaba la soberbia, esbozabas un catálogo de impertinencias y te volvías contestona tomando el postre, querías horarios tardíos, algún que otro capricho consumista o, y esto era cierto, te pedía el cuerpo  sacar esa especie de alien extraño que son las ganas de discutir. Eras eso : un alien hormonado que se las sabía todas, que se estrellaba contra la displicencia de la madre y el corte del padre, en la escasez de argumentos, en la que los psicólogos llamaban “brecha generacional”. Todo acababa siempre del mismo modo: portazo, música o libro y tumbarse en la cama a fantasear con otros mundos posibles en los que ya no soñabas con familias Hollister, sino con una habitación mucho más propia y con unas vagas y difusas aventuras en lugares muy alejados de tu realidad atlántica.

Quizás para huir no sea necesario marcharse. No hay tampoco antagonismo entre irse y quedarse, todo siempre es relativo.  Podría ser capaz de prescindir de contacto con el mundo viviendo lo que tenía literalmente entre las manos: las novelas, las cintas regrabadas, el camino evasivo de la falta de responsabilidades. El mundo de   gramática propia y donde respirabas cómo y cuando a ti te daba la gana, era portátil y viajaba contigo, no tenías más que tirar del hilo, avanzar, llenarte de ganas.  Más adelante comprendías que, en realidad, vivir era sortear encrucijadas, decidirse por alguna incluso sin criterio, solamente por corazonada, por una convicción exenta de realismo y de lógica, porque sí: si estudiabas Filología en vez de Derecho, si no ahorrabas porque para qué, si sonreías siempre y más a quien tenía más posibilidades de volatilizarse. Y a veces acertabas claro: molaba la Filología y sus misterios, siempre has preferido la cigarra a la hormiga, y, qué demonios, en la variedad está el gusto, que una no se veía  conjurando fidelidades perrunas. Decidías a veces con la técnica del trilero, como jugando al mentiroso con los dados o escogiendo décimos de lotería. Más música que azar.

A veces, aunque pasen los años sigues igual. Pero el tener ya una trastienda de husos horarios diferentes, de distintos buzones y también de plazas de aparcamiento te lleva a pensar “y si….”. Los futuribles y las dudas. O, como dice un detective de serie de televisión a su compañero : “esa extraña certeza de que hay otra vida aguardándote en algún lugar”. Una vida con sus muchos pros y sus pocos contras, sin notas de despedida en la mesa camilla con el juego de llaves,  con la carga de idealización de lo desconocido y no realizado, de lo que imaginamos a medida.  Hay quien vive con una mochila permanentemente hecha, quien no deshace jamás maletas, quien cree que no existe o no ha encontrado aún su lugar en el mundo.

 

Esa posibilidad es lo mismo que guardar una pistola en una caja, al fondo del armario, y abrirla de vez en cuando para darle una caricia.

 

 

 

Stoner o el hombre gris

Booking a look  Licencia cc de alexanderward12 en flickr

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Hay un arte acompasado en lo minúsculo y cotidiano. Todo aquello que pasa desapercibido porque conocemos de memoria: las servilletas dobladas en triángulos en el tercer cajón de la cocina, esa casita dibujada a rotulador por algún pequeño inquilino del inmueble justo ahí, encima de la tecla del 2 en el ascensor que huele a ascensor y engranajes aburridos.  Las carpetas recicladas encima de la mesa, el cartel de desvío a una carretera paralela a la que recorremos todos los días y que dejaste de leer hace mucho como promesa e incógnita en la distancia, esa taza siempre un poco coja y desarmada, la luz que se posa como una leve tormenta de polvo encima de la mesa de tu estudio. El ruido de la persiana, el apresurado café de media mañana, un carro de supermercado, los pasos de los vecinos sobre el parquet, cosas de siempre y de todos los días. Muchas más: las coges, las hilvanas y es la esencia de tu vida, mucho más que el día que él y tú os conocísteis o cuando entraste en un aula universitaria por primera vez, sintiendo que eras diferente, que obtenías ya la licenciatura o el grado en algo impreciso de una cronología que ya empezaba a tener más de dos o tres líneas. Tampoco es, tampoco son, el aire de una ciudad largamente ansiada en la literatura que atesorabas en la cabeza, no es tu vida Londres ni Nueva York. Tu vida es ese goteo en la ducha todos los días, son los compañeros de trabajo con los que a veces pasas más tiempo que con tu familia, tu modo de retorcer un  mechón de pelo cuando tomas aire para seguir escribiendo. No es que tus Londres y tus Nueva York no hayan sido ni sean, ni lo sean tampoco tu día de boda o los ojos que te miraron aquel día y para siempre. Son tu vida tangencial y extraordinaria, las guindas pasteleras que hacen que brille la rutina en su rareza.

Hay vidas que parecen escritas por un oficinista en un turno de 9 a 5, con una pausa para comer porque parecen reflejar la convención de esas vidas.  La ausencia de sobresaltos, la linealidad, lo ordenado. Vidas o novelas donde todo parece una eterna sala de espera de dentista en la que, solos, fantaseamos adormilados para pasar el tiempo, donde casi escuchamos el ruido sordo de una cuchara golpeando, con un ritmo pausado, el fondo del plato en una habitación con un solo personaje.  Cuando una comienza a leer Stoner de John Williams se desconcierta y sorprende ante lo que parece una vida diseñada para nacer y aguardar la muerte. Trabajar la tierra, comer, descansar. El silencio, las estaciones, el día siguiente. Y nada más.  La dureza de la tierra, la compañía silenciosa de los padres, la continuación de las generaciones porque sí, porque es el orden natural, exento de romanticismo y conflictos. Uno existe y ya está, del mismo modo que los cultivos se malogran por circunstancias determinadas y por lo que el invierno sigue al otoño. No hay más.  Y esa sería, en esencia, la vida esperable, lo previsto y previsible, lo que está escrito en la mecánica inexorable del destino.

Sin embargo,lo extraordinario está siempre, o casi siempre, inscrito o agachado entre la rutina.  Y un campesino se convierte en estudiante de agricultura, con una asignatura obligatoria que se le resiste, esa literatura inglesa de segundo, y que acaba convirtiéndose en el eje de una vida que tendrá otros puntales, también previsibles y extraordinarios.  Stoner es un protagonista gris que podría ser hijo de Steinbeck y que termina conformando parte del género de la “campus novel” en una de sus materializaciones menos glamourosas.  Stoner sigue un camino marcado por la dorada medianía: un trabajo mediano, un matrimonio con una mujer tan excéntrica como extraviada, una hija a la que pierde, una pasión tan extrema como ordenada, el protagonismo de una intriga departamental y universitaria, la amargura del arrinconamiento. Un Sísifo de despacho universitario, un abnegado trabajador de la filología. Una historia en la que nada termina de conseguirse por completo, exenta de dramatismo, cargada de contenidas emociones.  Stoner es el hombre discreto que puede destacarse entre la muchedumbre si uno fuerza la vista en un hombre cualquiera. Aquel que vive la paradoja de que su vida sea diferente, única en su normalidad : lo cotidiano es significativo para cada uno de nosotros. Creo que todos, alguna vez, hemos jugado a las “vidas ficticias”. Tomar al azar a un desconocido en el autobús, la calle o el tren. Inventarle una vida, un pasado de astronauta o asesina a sueldo, de violinista checa en el invierno de Nueva York o de crápula dilapidador de la herencia familiar. Pero incluso todos ellos, crápulas, hijos pródigos, perfeccionistas estudiantes de violín o exploradores de mundos lejanos, todos nos sustraemos a la condición humana de ser un conjunto de células llegadas aquí por evolución. Todos hemos vivido, y el que no es que solamente ha vegetado, pasión y desamor, hemos lidiado con personalidades extravagantes, hemos sufrido alguna envidia o zancadilla y hemos tenido nuestros momentos de temerario heroísmo. Como Stoner: da igual que el escenario sea un convencional campus del medio oeste americano. Que lo que tengamos entre manos sea el programa de una asignatura,una tesis doctoral o los artículos que vendamos en una mercería. Somos iguales, somos diferentes, una amalgama de extraordinaria vulgaridad.

Quizás tiene razón quien dice que en esta novela no pasa nada. Depende de lo que entendamos por ello. Y uno comprende, cuando termina de transcurrir por esta biografía de perfil, por esta recopilación de momentos vitales, que ha asistido a la extraordinaria representación de una vida como tantas otras o como ninguna. Abnegada, laboriosa, a veces calvinista, contenida y estoica. En la que el sufrimiento  vuela por encima de nosotros y de nuestro protagonista dándole de lleno, hiriéndole pero sigue ahí, único, solitario y estoico. Escribiendo y enseñando, haciendo, ni más ni menos, aquello que tiene que hacer. Ese determinismo abnegado de los profesores de larga trayectoria. Y de los hombres buenos, que identifican la rebeldía con una traición al destino. Pero, ay, que nos sorprenden a veces con su sofisticada resistencia de Bartleby. Con una aparente docilidad que es revolucionaria por lo que tiene de estrategia de superviviente.

Y uno de los guiños, de las sorpresas, es releer las primeras páginas de nuevo cuando ya hemos llegado al final. Finales y principios tan iguales: solos, únicos, tan indiferenciados por la muerte. Un don nadie, ese héroe. Stoner, ese viejo. Humano, demasiado humano.

John Williams Stoner  Editorial Baile del Sol, 2013- Traducción de Antonio Díez

Her, him, Narciso, Pigmalión

her

Theodor, el escribidor

(No sé si es necesario decir que hablo de una película, así que a lo mejor cuento algo que adelanta acontecimeintos, o, como se dice ahora “contiene spoilers”). Vamos al lío:

Mirarse en el espejo una mañana puede ser un atrevimiento, una desfachatez, una pedantería insoportable, un acto supremo de soberbia y hedonismo. Mirarse despacio es, a veces, reconocer la imperfección que ha marcado tu adolescencia y con la que ahora convives de forma mucho más natural o no, saber que eres fea o guapa y creértelo o no, sonreír e intentar verte con los ojos cerrados.  Muecas absurdas, ensayos de poses interesantes, los momentos ante el espejo son el antecedente directo de los “selfies” instagrameros, de las irreconocibles fotos de perfil en muchas redes sociales. Me gusta lo que veo al verme, me gusta menos. Me veo en mañanas de resaca, en madrugones malsanos, en días de radiante optimismo. Cogería a veces un lápiz invisible, y con el cincel de Pigmalión imaginado, recortaría por aquí y por allá.  Añadiría esto y lo otro. Hay quien se ve tan hermoso  que se besa en el espejo olvidando que es una pura fantasía, reuniendo a Pigmalión y a Narciso en un mismo momento. Sin pensar en los diferentes finales que tenían ambos mitos.

El que está al otro lado del espejo es eso, es otro. Lo que buscas, lo que buscamos -o intentamos encontrar, que quizás sean conceptos distintos-son miradas que complementen la nuestra, que sostengan nuestro desconcierto, que sepan ver en nuestras lágrimas. Que vayan en la misma dirección. Una mirada que no tenga color de ojos definido. Quizás, incluso, que no tenga cuerpo, ni gestos imaginados, ni entidad física alguna.  Y si puedes- si pudieras, si pudiéramos-escoger por catálogo o a la carta un objeto  de veneración estaríamos subvirtiendo el principio básico del “amor fou”, ese con el que todos soñamos alguna vez: eres tú a quien quiero y a tomar por culo, me quedo hasta el final.  Aun sabiendo, como sabes, que el  cartel de “Fin” podrá aparecer en cualquier momento. Que la pasión que otorga la felicidad es obsolescente y quizás esto venga de nuestra condición humana y nada más. Ese pacto del que habló alguna vez C.S. Lewis, esa resignación, ese casi “fatum” de pagar el precio por ser demasiado feliz.

Lo de menos en Her es enamorarse de un sistema operativo elegido a la carta, que puede memorizar páginas infinitas en nanosegundos, que te organiza esos aspectos tediosos de la vida con una imaginada sonrisa  abierta.  Samantha escoge hasta su nombre, está siempre disponible para ti,  ordena tus mails, tu agenda y tu futuro, prioriza y desestima.  La compañera. A tu lado, solícita y adecuada en su forma de sirena invisible. Y, claro, lo imposible es lo que sucede, y Theodor – ese hombre casi gris, de pantalones anticuados y vanguardista tecnología doméstica, con el oficio más hermoso, cálido y aséptico a la vez del mundo-se enamora, estableciendo una rendida dependencia, rellenando el vacío emocional de la pérdida previa.  Y, como casi siempre en las relaciones humanas, aparecen las risas, los amigos comunes, los lugares y guiños compartidos. Y, de nuevo, como casi siempre, los celos, la incertidumbre, el avistamiento -¡otra vez!- de los necesarios y pertinentes duelos.

Entre la veracidad y la verosimilitud se analizan muchas obras de ficción, juzgando y evaluando ambos parámetros. Biopics que apelan a la primera condición. Hay literatura y cine que juegan con el segundo concepto,llevándolo a límites a veces peligrosos, dependiendo del lector o el espectador que decide si envidar, ser mus o, directamente, pasar. Esta espectadora se ha sentido cautivada por un escribidor de cartas que asume las aristas de muchas relaciones perfeccionándolas, sin saber nunca por qué fracasó la suya. También sintió que algunos fotogramas chirriaban a pesar de la belleza clínica de los entornos- ese contraste entre la Santa Mónica petada de gente, como un domingo parisino en el río, y la altivez metálica de construcciones vacías.  Futuro y Los Ángeles…hum, qué peligro hacer analogías, ¿verdad?. Pues  un L.A. mucho más Lost in translation que de Hollywood Boulevard y, desde luego, sin lluvias ácidas. Y, sobre todo y por encima de todo y esto es para esta espectadora lo de más, Her es la necesidad humana de comprender por qué terminan las relaciones, por qué las pérdidas son tan devastadoras que pueden llegar a paralizarnos.  Un sistema operativo enamorado que aprende el juego de la seducción y los rigores que conllevan algunos  enamoramientos: la posesión, las recriminaci0nes, la exigencia, el hastío y el desvincularse . Humano, demasiado humano. Y la gran paradoja:  a partir de la relación con un OS, Theodor   afronta esa  dimensión de su  pasado. Ese pasado que le agrede en amarillentos flashbacks, de esa mujer que había crecido con él y con la que fue uno, de la  que no era capaz de desvincularse del todo, de la que reconoció haberse desmembrado iniciando un camino de evolución totalmente aparte. La pareja, esa marcianada que todos apreciamos si nos sale bien. Que se convierte en un bien de consumo cuando los yogures vienen en paquetitos de pares y no de nones. ¿Imprescindible, necesaria, suspirable? A gusto de cada uno: existe el descreímiento y también la eterna esperanza. Los hay que hablamos casi siempre en primera persona, precisamente por entender de complementarios y no de imprescindibles. Casi igual que Samantha en su recorrido emocional hasta la deserción.

Y, oh, no creamos que esta es una fábula neoludita, por lo menos no para mí. En el año 2014 estamos todos un poco de vuelta de tanto apocalíptico, ¿no es así? Bien. Pues, al final, la tecnología y lo metálico, la humanidad y las lágrimas, los recuerdos y los planes de futuro están amalgamados en la vida real, en la digital, en el devenir y en la espuma de los días. Y la complicidad doméstica  lo es en el cuarto de baño o a través de un monitor que nos conecte a la red. No creo que estemos hablando del placer de los extraños, ni del vacío en el estómago que provoca tocar un unicornio o fascinarnos ante la belleza del monstruo.

Yo hablaba al principio de mirarse en el espejo y descubrirse. De constatar un ideal  imaginado. Desde la novia de Frankenstein a las mujeres perfectas, de las redes sociales de búsqueda de pareja a partir de un perfil, el combate es entre Narciso y Pigmalión. Queremos crear lo que nos gusta, queremos constatar que somos perfectos. No nos engañemos. Somos, en casi todo, mucho más individualistas- y más cobardes- de lo que queremos creer. Y no se dejen engañar por ese momento en el que Theodor se sienta en las escaleras del metro y observa a su alrededor a todos sus coetáneos ignorándose entre ellos y relacionándose en la virtualidad. Quedémonos con su suspiro de nostalgia final mirando, en compañía de su amiga de tantos años, las ventanas de unos rascacielos infinitos, donde a esas horas y simultáneamente, muchos hombres y mujeres reciben buenas y malas noticias, se observan y se ignoran en silencio, se aman y discuten, gozan de largos silencios y de animadas conversaciones. Y, todo ello, no necesariamente en pareja. No necesariamente en persona.

Cosas aparte:

Banda sonora: Arcade Fire (a-pi-ro-lan-te). Pondría un enlace a un Youtube donde está enterita, pero como ya no sabe una si está haciendo pecados con esas cosas, pues van ustedes al tubito, teclean y buscan.

Con quién fui a verla: Con Verónica Lorenzo (@PantuflasdeCor), que estaba tan desconcertada como yo, y que no sabemos si nos gustó o no la película, a pesar de nuestra devoción por Spike Jonze y por Joaquim Phoenix.

Si quieren leer críticas de la película, lean la de Marta Peirano, Todo ángel es terrible,  brillante y extraordinaria.

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