Anchoas y Tigretones

Trabajos, días

Ya he estrenado una agenda de 2014. El espacio es extenso y generoso,  tan cuadradito e inmaculado que da pena hasta gastarlo. Comezar a apuntar en una agenda es una emoción tan inversamente proporcional al hecho de tenerla y no necesitar usarla:  o bien gozar de la memoria de Funes o no tener citas ni proyectos sabidos y saboreados de antemano. Me gusta mi nueva agenda: espío, como en los calendarios, dos fechas de forma regular. Una, la primera, la de mi cumpleaños, ya cargado de números y que es de los muchos ritos de infantilismo que me permito. Otra, más reciente,  la que encierra un principio y un posible final. Alguien decía que un texto no existía hasta que no era leído, yo creo que una agenda no lo es tal si, pongamos por caso en enero, no tienes un marzo deseado y deseante, una nota apresurada para agosto cuando aún llovizna abril, un deseo de regalos de Navidad tras los uniformes planchados de setiembre. Las agendas en enero están ateridas de frío y soledades, ávidas de llenarse como un Pantragruel de tinta y grafito, conscientes de ser memoria y también olvido. No me gustan las agendas serenas y aplicadas como dietarios, las prefiero pequeñas y  donde la escritura se convierta en caligrafía abigarrada. Me gusta borrar y reescribir por encima, que cambiemos de orden y concierto, de compromisos y de circunstancias. Que los años se ventilen y no huelan a cerrado.

Llevo mi agenda en una bolsa con un teléfono, con la cartera, con unos pañuelos de papel, libros que se van acabando, bolígrafos y omnipresentes cuadernos inacabados. Recorren conmigo, todos los días, los kilómetros que separan mi pequeño lugar en el mundo de otro en el que leo, hablo, escribo y produzco lo que convencionalmente se ha llamado un trabajo. Donde hablo por teléfono y aprendo cosas, pregunto, me siento acompañada e incomprendida, a veces más sola que la una, otras muchas feliz y agradecida. Donde pasan los días y las flores se van marchitando y, también, donde cambiamos a lo largo del año el radiador por el aire de una ventana abierta. Un lugar donde la piedra es húmeda y pesada, donde la historia ha olvidado la agenda hace mucho, porque se la ha bebido de penalty, casi como si fuese una medicina necesaria. Todas las ciudades con una historia pesada en la piedra sienten esa necesidad de vez en cuando, ahí te vas, no quiero ser responsable de mí misma, quiero ser nueva y desacomplejada, poder ensancharme en polígonos y avenidas, no tener estas losas de tradición encima, inventarme desde ahora. Pero sigues siendo lo mismo, lenta y sobria, hermosa y medio dormida, pétrea y leve.

¿A qué viene todo esto? A que 2014 decepciona mucho. Ya desde el principio ha estado lleno de huecos y agujeros en los bolsillos. Hay quien ya desde la primera semana ha desaparecido sin dejar rastro. Tampoco ayudan las saludes familiares, ni el que yo tenga esta cabeza tan dispersa para encontrar las letras y las enjundias que conforman algunas historias. No. A mí me aprisiona tanto la falta de rutina como su exceso, necesito de ritos de orden y desorden casi como de alternar, cuando se puede, las cuatro estaciones.  Por eso este blog está empezando a ser, quizá, otra cosa.  Porque creo que la escritura donde ahora mola, donde se ve realmente respaldada es en los estados de Facebook, tan currados algunos, en los tuits que se van por un sumidero. En lo que no queda pero deja un breve y nebuloso recuerdo, como el que provoca en nosotros el reconocer el agua de colonia que usa nuestro padre cuando visitamos la casa familiar.

Yo no sé cuánto tiempo seguiré escribiendo esto. Nunca me he planteado por qué o para qué, creo que el principal valor de la escritura es que es totalmente innecesaria, superflua y, por tanto, imprescindible en su propia paradoja.  Tienes tu cuaderno digital porque tienes tu agenda: te permite mirar hacia atrás, saber que puedes avanzar hacia adelante, que hay espacios por rellenar. Y, mientras tanto, como todos los días, coges un autobús en forma de días de la semana, apoyas tu cara en la ventanilla y piensas en si vas a escribir esto o lo otro. O lo anotas, si tienes tiempo, en un posible dietario para el futuro.

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12 pensamientos en “Trabajos, días

  1. Jake Finn en dijo:

    Si alguien reparara en él pensaría que es un hombre corriente, sin nada fuera de lo común. Si se fijaran más detenidamente se darían cuenta, tal vez, de que le gusta caminar por la vida sin agendas ni teléfonos, sin reloj ni calendario. Y quizá entonces considerasen que lo que persigue así es ser más feliz, aunque probablemente se engañe. Él, que siempre ha sido un hombre de tradiciones, ha acabado huyendo de los ritos. Se le antojan una losa, una tarea fatigosa de la que sólo conserva la tos nerviosa que le trepa incansable por la garganta cuando monta en bicicleta, cuando habla en público, cuando acude a una cita. Después de toda una vida intentando aprender a no repetirse teme acabar siendo un perro que da vueltas sobre sí mismo persiguiéndose la cola, Sísifo rodeado de fantasmas.

  2. Hermoso vaciado de sensaciones y sentires. Me gusta tu relación con tu agenda, pero yo no tengo ni agenda ni relación. Creo que el quid está en la relación que tenemos con el TIEMPO. Las veces que he abierto una, se ha quedado solita la pobre en la segunda quincena de febrero. No más citas, no más notas. Ahora vivo con papelitos en los bolsillos, a veces amarillos, porque fueron pos-it en su vida anterior. Todo lo más, mi BB tiene en su agenda alguna comida rica o una cita médica. Para todo lo demás, el calendario de la cocina y los papelitos. Precioso texto, querida Sigrid. Feliz agenda!!!!

    • En mi caso es un intento desesperado, e infructuoso casi siempre, de evitar la voracidad de lo efímero: Facebook, Twitter, los whatsapps, todo conlleva a una rapidez casi obsesiva. Me gusta poner pequeñas anotaciones, no como diarios aunque tienen un poco esa finalidad: ayer fui al cine con Verónica, el domingo comeré con tal y cual, hoy hemos dormido juntos. Una cita en el dentista, apuntada, puede recordarme el chaparrón que vino después y cómo, para resguardarme, entré en una tienda en la que descubrí…. etc etc etc.😉 Gracias, querida, por pasar por estas humildes líneas. Te sigo en tu grand tour. Un abrazo enorme.

      • Efectivamente, pensamos que todo aquello que no tiene testigos no existe. Por eso en los telediarios vemos tantas noticias que no lo son y con las que rellenan minutos. Por el hecho de que hay imágenes. Y también por eso publicamos (como sea, de hacer público, de dar publicidad) lo que escribimos. Para que alguien haga de notario. Sin duda tiene algo, mucho, de exhibicionismo, de descaro y de valor. El hecho de escribir no sirve para nada si no se muestra el producto resultante. Lo agitamos delante de alguien para que lo lea como si no nos bastara con escribirlo para nosotros mismos. Podría bastarnos hasta ólo con pensarlo. El paso más allá es las actualizaciones de las redes sociales, donde demostramos lo ingeniosos que somos, lo mucho que sufrimos o lo bien que lo pasamos en cuarenta caracteres. No exige mucho esfuerzo ni por parte del emisor ni del receptor y, como tal, es (¿un pensamiento?) efímero. Por cosas como esta se hundió el Imperio Romano.

  3. ¿Qué dices de tener tres agendas, como antes, como cuando se necesitaba una para el trabajo, otra para una misma, y la tercera porque una quiere tener los eventos bien anotados para recordarlos cuando se le olvida escribir el diario?
    Y, por amor de todo lo divino, no dejes de escribir.

  4. Sería una gran pérdida si este espacio ya no siguiera. No creo que sean pobres líneas, cambiando palabras a la vieja frase, “las pobres líneas de algunos, es el tesoro de otros”
    Concuerdo con Kaia, no dejes de escribir.

    • Muchas gracias, Alejandro, por pasar por aquí y por tus palabras. Ya veremos, es un momento de cambios y quizás hagamos otras cosas, seguramente en el blog, no lo sé, veremos qué nos trae el 2014. Me pasaré por tu bitácora de visita.

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