Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “diciembre, 2013”

2014 sin recetas de nada

Los días de inesperadas y extrañas vacaciones -aquellas de las infancias aceleradas que hacían suspirar mirando el calendario, acodados en un pupitre gastado-siempre crees que el tiempo es elástico e  inabarcable. Me encuentro con unos días que siguen teniendo las mismas veinticuatro horas, largos y desajustados, inverosímiles en cuanto al horario que pretendo encajarles, en su agenda marcada de todo lo que anhelamos, de lo que creemos que va a hacer sentirnos mejor. En estas vacaciones quieres escribir mucho, leer más, pasear por calles atestadas, ver más películas, despertarte con mucho más amor del de costumbre. Comienzan estas dos semanas de asueto inesperado casi como la metáfora del 2013 que se ha ido: un año sorprendente, cálido de conversaciones y ajeno de justicia.  Los días que preceden y siguen a la Navidad proyectas en tu memoria ese álbum recortado que, muchas veces, hiere más que cura. Al final, sales a la calle con tus botas de agua de diciembre, con tu cara de diciembre y con tus miedos de enero. Recordando que tienes muchos amigos, ya demasiados, dispersos por un montón de ciudades, de países, de pueblos porque, en este inmenso juego de sillas musicales que es el desarrollo y el ganarse los garbanzos, se han quedado sin sitio, de pie, y no por jugar mal o tener un mal número en una rifa. En este final de año te preguntas, espero, por qué la calle no está a rebosar de protestas y exigencias, que qué maldito país hace que sus niños -aquellos proyectos de futuro en lo que era un lugar que, nos convencimos, rozaba lo modélico-tengan hambres y vacíos, carencias y frío en el alma.  En diciembre, a finales, te duele mucho el alma del tiempo que no has pasado con quien tanto amor te ha ofrecido, piensas más en por qué hemos abrazado el “sálvese quien pueda” y  no el “podemos hacerlo”.

Es día 31 de diciembre y, como he hecho otras veces, venía a mis pobres líneas digitales a ofrecer un collage de estos 365 días en forma de trailer pasado, de subrayar titulares y recortar pies de foto. En este año resolví algunos problemas que tenía guardados desde hacía muchos años, despejé incógnitas y asumí otras, enlacé límites que tendían al infinito y regresé a algunos puntos de partida, borrando esbozos, limando lo que sobraba,  a veces con desesperación, otras con optimismo. En 2013 vi como nunca de hermoso el mar de Ribeira en enero, cumplí un año más al mes siguiente, asistí a primaveras desconcertadas y tardías. En 2013 concluí procesos laborales complejos y difíciles, trabajé en grupo con energía y ganas,  tuve desencuentros y equivocaciones, aciertos y recompensas. He asistido. con impotencia y rabia, a muchos adioses, algunos definitivos, otros quién sabe. En este año de número raro, mi destino me llevó a Madrid, Londres y Berlín. A San Sebastián en abril en un viaje de fin de semana. A Lleida a escuchar lo que hacían otros, tomar notas y aprender. Y pasé, como en la infancia, un verano de horchatas y arenas de playa, estuve en verbenas y conciertos, en mundos de ficción y de realidad descarnada. Escuché confidencias hermosas, otras mucho más tristes. He cogido la mano para reconfortar  malas noticias, he abrazado a quien ha perdido lo que quería, me he indignado y también he llorado de emoción. Gracias, claro, a todos los que me habéis acompañado con tanta conversación , con tanta música y aprecio. Gracias por los whatsapps, por las risas y la confianza, por los paseos y los libros de regalo.  He recibido mucho amor y he dado todo el que podía. Ante todo, hemos vivido y no sobrevivido. Y eso, creo, ya es bastante.

Hablar de nostalgia es hablar de una palabra que nace ya moribunda. Gastada y arrugada, es ese juguete que descubrimos escondido antes de la noche de Reyes y que ya hemos palpado y manoseado sin abrir. Desvanecida ya la sorpresa, poniendo cara de póker al rasgar el papel de regalo e intentar manifestar entusiasmo. Nuestro entusiasmo, si sobrevive, está domesticado, es displicente, pero no rabioso. Mi nostalgia ha sido siempre una sombra tan propia como la de Peter Schemill, el día que la pierda pondré un anuncio por palabras ya que habré dejado parte de mí en el camino. Pero ahora, quizás, la memoria sea lo que deba pervivir y no porque pensemos que no tenemos otro recurso. Memoria de derechos,  de libertades, actualizarlas al presente, son nuestras, son de todos y todas, son una construcción colectiva. No pertenecen al álbum de los recuerdos, ese es el lugar de la resignación y no el de la vida.

Quiero un 2014 que destierre, definitivamente, la nostalgia de lo arrebatado. Porque es nuestro y no pueden quitárnoslo. Yo, lo que espero, es poder vivir y contarlo. Yo, lo que quiero, es escribir.

Felices ganas nuevas.

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Una corona de muérdago con un lazo escocés rojo (anticuento de Navidad)

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The Chistmas story by Jim the Photographer on flickr with cc license (attribution)

Como diría la señora Munro, esto no es un cuento, es la vida. Ahí va:

Los veía pocas veces. Ese pequeño descansillo entre los cuatro apartamentos- A,B,C,D-no daba más que para conversaciones de resistencia. Los buenos días, o tardes, la lluvia impenitente, el sol tímido que ya nos visita, qué bien. El sol  y los vecinos, la lluvia y los vecinos, las noticias de ascensor (sin ascensor) y los vecinos. A veces, la extraña geometría del pensamiento al subir unas escaleras te lleva a pensar en cómo sería vivir en el A, en el B, en el C. El azar me había adjudicado el D. “D de Dinamarca”, decía, cuando  daba la dirección de  casa por teléfono y siempre hay que repetir el nombre de la calle, extraño y ajeno para aquellos que no lo llevaban en una línea del DNI. Letra D de Dinamarca. Nunca supe si, de habeme adjudicado ese azar la letra C de casa, o la B de Barcelona, la vida habría sido distinta  con esa diferente perspectiva sobre el río a través de las ventanas, en la disposición simétrica-pero desconocida-de la cocina y la sala. ¿Si yo viviese en el B de Barcelona y viese los árboles del paseo me sentiría mejor o peor esta mañana? ¿Cómo sería el desayuno con la luz del B o el A sobre los muebles, una luz iluminando otros colores, otras pilas de libros, quizás otras horrorosas figuras de regalo de boda, otros dibujos infantiles con imán en la nevera?. Las pocas ocasiones en las que una se asoma al interior de  las “otras letras” del rellano – alguna teja voladora de la que hablar en la reunión de la comunidad, algún problema con la antena de la TDT ( el máximo concepto de solidaridad vecinal) o la maldita cerradura del portal, que no abre y que si alguien le puede dejar hacer una copia de esa llave diabólica; en esas ocasiones, digo, antes que en cualquier ropaje o decorado, la primera impresión era qué distinto olía todo. A comidas desconocidas, a cera de parquet, quizás algún ambientador de botellón. Olores, arquitecturas, diferencias. Un planeta entero en el limitado abecedario que iba de la A a la D multiplicado por cuatro alturas. Un mundo, un planeta, un caleidoscopio. Perec, como casi siempre.

Decía al principio que los veía poco. ¿A quién? A la pareja de enfrente, a los del C. Matrimonio, mediana edad, un niño tímido y sonriente al que, en el curso de los años te has cruzado en la escalera y has visto cómo pasaba de la raya al lado apuntalada con colonia familiar a granel-otro clásico-al peinado un tanto emo y  cazadora de cuero. Que sigue sonriendo pero con menos intensidad. Que dice su buenos días apresurado y casi de vuelta de todo…lo que pasa en los años en los que vas a ser soberbio por la impenitencia de la biología. Un niño ya no niño, hijo único de un señor cortés, fornido y apacible, y una señora discreta y dulce, con un pelo muy cortito y a la que llamábamos “la madre de Mafalda” por lo mucho que se parecían. Saludaban con una sonrisa al verlos por el paseo, siempre del brazo, o al coincidir tomando un vino en uno de los bares del barrio. Juntos y conversando : una buena imagen.

Pero volvamos, en este tercer párrafo, a hablar de las puertas cerradas en los rellanos. Todas iguales por fuera, uniformadas por el presupuesto de un constructor. Solamente cambiaban en un momento del año, el de ahora, el de las comilonas y las nostalgias, el de los anuncios de juguetes y la pagana promesa de un año en blanco, en las que todos pensamos que existen familias Hollister que no se pelean y no sacan lo peor de sí mismas. Donde partimos de la base de que todo el mundo tiene algo que celebrar. En esos días, digo, algunas puertas lucen casitas nevadas colgando, Papanoeles orondos que penden de un hilo (qué contradicción), letreros casi vintage de “Felices fiestas” y “Bo Nadal”. Otros, más sobrios o más escépticos, colgamos una silueta de un árbol de Navidad, casi avergonzados de hacerlo, como si nos rindiésemos a la euforia infantil y negásemos la displicencia.

La puerta del C me encantaba a partir del puente de la Constitución o de la Inmaculada, que eso va en gustos. Me encantaba porque colgaban algo muy sobrio pero hermoso: una pequeña corona de muérdago con un lazo rojo escocés. Nada más. Ya sé que no es excesivamente original, pero tenía el tamaño perfecto, los colores vivos, era concisa y elegante, era, en resumidas cuentas, una buena corona de muérdago con un lazo escocés rojo. Ese era su cometido en el mundo.  Y cuando mis casi invisibles vecinos colgaban su corona, yo abría la veda y empezaba con mis velas y Nacimientos en casa, con toda la horterada kistsch que me acompaña desde niña y que adoro. Pero siempre envidié esa corona, vaya por Dios, no he visto y eso que he buscado, mirado y remirado, una corona igual. Es imposible: es la de ellos, no hay otra. Y pasaba el día de Reyes y desaparecía. Recogíamos todos la impedimenta y nos marchábamos a nuestra cuesta de enero y a nuestras decepciones posibles.

Pasaban los meses, y una veía, sin ver, la puerta de enfrente. Yo estaba entonces envuelta en la tiranía del horario del opositor, en la cuerda floja del que trabaja y estudia, del que se ha impuesto una disciplina aislada, fuera de la toxicidad de competitivos y agoreros. Pasaban, como digo, los meses sin más, con mis estudios y mis escrituras, con mis madrugones y mis amigos, con mi amor lejos y cerca. Y pasaban cosas, claro.  De repente, se iba la luz en una zona del edificio. O cambiaban, sin avisar, la llave de los trasteros. Y llamé,en una de estas, a la puerta de los vecinos amables y sencillos. Me abrió la puerta una mujer que se parecía, a distancia, a aquella madre de Mafalda que yo veía  pasear del brazo de su marido. Desmejorada, muy delgada y débil, pero sonriendo. Y con un pañuelo de colores, a modo de turbante, en la cabeza. No soy capaz de recordar lo que dije, pero sí lo que no le dije. No dije, y me siento una cobarde de mierda, que estaba enfrente para lo que necesitase. Que sabía hacer recados y que sabía lo que era esto. Que se sale. Y que no era invisible. No fui capaz, creo. Balbuceé tonterías torpes y tópicos y me fui.  La vi varias veces en el paseo, acerté a musitar un “¿Cómo estás?” banal y absurdo.  Y, pasando los días y las noches, empecé a echarlos de menos cuando veía el felpudo de la puerta levantado  tras la limpieza semanal de las escaleras, levantado y sin colocar de nuevo en horizontal, como hacemos al volver a casa los habitantes de este hormiguero-dormitorio.

Terminé mis encierros, exámenes, celebré cumpleaños,viajes y aventuras, cambié muebles de casa. La puerta de enfrente permanecía con su felpudo levantado, con su silencio plomizo, con la tristeza propia del egoísmo de la chica de enfrente, que no fue capaz de decir algo más que “¿cómo estás?”. Y casi quieres olvidar que eres una cretina cuando te piden que cambies tu estatus en el Facebook, por ejemplo, para apoyar a los enfermos de esto y de lo otro, cuando denuncias la soledad e incomunicación, cuando hablas del vacío solitario. Ni que decir tiene que llegó otro puente de la Inmaculada o Constitución- repito, esto va en gustos-y nada se movió en aquella casa. Eché de menos la corona de tantos años, la imagen de la familia saliendo con maletas antes de fin de año como les había visto alguna vez, el niño “ya no niño” sonriente, con su carpeta de chico de instituto e Ipod en las orejas. Todo seguía igual.

En la última reunión de la comunidad me encontré al hombre fornido y amable. Solo. Ya imagináis. Se habían ido a vivir fuera con la esperanza de un tratamiento. No hubo suerte y él volvía a esta casa ,antes compartida,viudo, con un hijo ahora huraño y melancólico, con sus ojos llenos de lágrimas pero enfrentando la rutina. Lo abracé y le dije que lo sentía muchísimo.  Miraba hacia abajo con la resignación y la tristeza de la pérdida de la compañera, de la visión del sufrimiento inútil, de la desolación. Yo, que soy tan absurda en casi todo lo que hago, siempre imagino el paso del tiempo como un Sísifo capullo y cabrón que te devuelve a veces al punto de partida, pero que llevas algo en los bolsillos. Quise pensar ese futuro para este hombre fuertote y para su hijo dulce y melancólico, quizás para sentirme mejor, quizás porque mi deseo es auténtico y legítimo.  Ese tiempo que pasa con lentitud cuando intentamos salir de la pérdida y del recuerdo, que es tan rápido en los helados del verano, que no sentimos de ningún modo cuando nos bloquea la incertidumbre. El paso del tiempo, tan necesario, tan de naftalina y jerseys que quedan pequeños, tan decepcionante y tan sorprendente.

Hoy he vuelto a ver la corona de muérdago con un lazo escocés rojo colgada de la puerta de mis vecinos. Me siento bien y en casa.

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