Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “septiembre, 2013”

¡Viva Caitlin Moran!

Imagen tomada de versindaba.co.za. (sin créditos)

Imagen tomada de versindaba.co.za. (sin créditos)

Ya dije hace mucho tiempo que no sé hacer reseñas. Quiero decir, no sé hacer reseñas como hacen los reseñistas profesionales: tragarse cualquier cosa, explicar o enumerar una serie de valores (se supone) implícitos, diseccionar párrafos, poéticas y estilos. O a lo mejor eso es de lo que se trata: escribir una reseña es situar un artefacto literario debajo del microscopio, observarlo con distancia y curiosidad de entomólogo, no sé si me entienden. A mí, en realidad, lo que me interesa es hablar de lo que me gusta y de lo que no, lo demás son penas relativas a la filología y no a la lectura. Pero del riesgo de la empatía, de los polisistemas y demás, hablaremos en otros blogs, otras voces o ámbitos, otros niveles cero de la escritura. Otras zarandajas.

Una está enamorada completamente de Caitlin Moran. Si dan una vuelta o googlelean estos mundos digitales, encontrarán un montón de referencias a Cómo ser mujer. Y todas, desde luego, infinitamente más sesudas que lo que yo voy a comentar. Me gusta la señora Moran por miles de razones, pero la fundamental es que me he reído un rato largo leyendo su libro. Y no, no estoy viendo un mal programa de chistes de los que proliferan en la TDT. No. Estoy leyendo a una mujer que, simplemente, se parte no solamente de sí misma, sino de la grandilocuencia de algunos discursos sobre cuestiones de género (no el gramatical, ese es otro) a partir de la anécdota, de tomarse tan en serio lo que dice que lo cubre de la intrascendencia necesaria como para que te haga reflexionar una y mil veces sobre cuestiones que sí son denigrantes. El capítulo dedicado a la industria montada alrededor de la entronización de la juventud que hace que miles, millones de mujeres se vean a sí mismas como unas perdedoras en lucha constante contra la edad es contundente: se hace por miedo, y todo ello hace que parezcamos unas cobardes. Y eso, como ella dice, es lo ultimísimo que somos (lean, por favor, la comparación entre esto y la dignidad que tiene una drag). Señala también  lo gratuito de las críticas al cabaret  que ella adora (LA QUIERO POR ESTO AÚN MÁS), aunque sí  hay críticas, duras y legítimas, hacia los clubs de streptease,  y un discurso interesante, de dos orillas y con  dos capítulos complementarios “Por qué debes tener hijos” y “Por qué no debes tener hijos”, porque vivir la maternidad (o no) no te hace ni más ni menos mujer. El retrato que pinta de su familia y de sus años de adolescencia en un suburbio inglés hace que los Freak Brothers parezcan un post de The sartorialist. Es todo muy lumpen, disfuncional y a la vez normal, de una clarísima vocación autodidacta (¡esas bibliotecas públicas británicas, madre mía, qué monumento merecen!), muy grunge y también muy brit.  Pero, sobre todo y por encima de todo: muy divertido, muy disparatado y sin gramo de sofisticación ni de drama. No es Las cenizas de Angela a lo feminista : me recuerda más a la mítica The young ones. Pero lo bueno de la lectura del libro de Caitlin Moran  es que es cero televisiva pese a ser crítica de televisión:  me explico, no podríamos encontrar ningún perfil “a la Dunham” o, mucho menos, ” a la Bradshaw” (no me la imagino, ni de coña, poniendo carita de zapato abandonado). Está lejos de un icono para, quizás, convertirse con el tiempo en uno. Pero no: no es una mujer que odia a las demás. Todo lo contrario.

Es una señora que cuenta cómo las mujeres hemos cometido, (sí, en plural, hemos cometido) errores garrafales en nuestro histórico camino conjunto, cómo, también, ella ha tenido que superar injusticias y machismo omnipresente en sus primeros años de vida laboral: ese machismo sesgado y lento, tan conocido por desgracia, alimentado en muchos corrillos y tan participativo alrededor de fotocopiadoras, máquinas de café y grupitos de fumadores y fumadoras. Y también metió el zueco. No es una heroína. Y lo mejor de todo: no me da la charla ni me culpabiliza por seguir según qué modelos de belleza (ay, Naomi Wolf, cuántos crímenes se cometen en tu nombre). Yo, qué quieren que les diga, me imagino a  Catilin escribiendo y a la vez comiendo galletas de queso y siendo feliz con lo que hace o, al menos, intentándolo. Porque, prescindiendo de algunos discursos presentes en el libro y que ustedes descubrirán, nos alejamos por completo de las “señoras graciosas que escriben libritos de risa o hacen cositas graciosas, qué majas ellas” (véase este artículo Señoras que hacen ja ja).  Es una mujer  divertida e inteligente y que no tiene que ver, tampoco, con ese discursito pseudoprogre de la maternidad “über alles”, del ascenso en el trabajo “über alles”, de la hipermilitancia “über alles” (el chapurreo germano es mío). No: se sube a una silla y como ella dice: “Hay que gritar soy feminista” (lean el capítulo 4, por su bien).  La Moran es deslenguada pero no pretende escandalizar a nadie, (¿o sí), a no ser que no hayas mirado a tu alrededor y hayas variado un poquito de registro. Es caústica y tierna a la vez (Dios de mi vida: Puso “Ask” de los Smiths en su boda, isn´t she ADORABLE?). Esta tía te dice, mirándote a los ojos, que estar buena está muy bien y mola, pero que si te aprovechas de ello estás haciendo el juego a los “über alles” machistas y te conviertes en un “gobierno de Vichy con tetas” (sic). Porque, eso sí: tetas, culos, masturbación, cuerpo, hay a punta pala. Y amor. Y sexo. Y entrevistados interesantes a los que tuvo ocasión de conocer de los que ofrece un punto de vista distinto.Reflexiones realistas y exentas de victimismo, aunque leamos cosas realmente dramáticas. Mucha cultura trash, muchísima, mucha cultura musical, mucha tele y mucho leído y por leer. Referencias que demuestran que conoce, y bien,al feminismo “comme il faut”, y no solamente por pasar de largo frente a ese anaquel de la biblioteca o ponerse alguna chapita en la solapa.  Hay, también, una reivindicación de otra forma de  porno, que yo leí inmediatamente después de haber leído este artículo de María LLopis  El porno que nos merecemos y que recomiendo encarecidamente, porque les dará qué pensar, especialmente si discrepan :-).

Claro que el libro tiene resbalones. Descúbranlos. Pero yo creo que una se lo pasa bien. Y no, no caigo en la trampa de decir que me siento identificada ni nada por el estilo. De eso ya se ocupan los hagiógrafos de Almodóvar (para que  a algunas se nos abran las carnes, claro). Pero estemos o no de acuerdo, es un agradable tirón de orejas, una cerveza de viernes después del trabajo, una llamada de atención, una pintada en tu portal. Y es que, es verdad, hay cuestiones que tienen que ser  abordadas remangándose. Aunque, a la hora de la verdad, seamos una pandilla de pijas occidentales que no tengamos en cuenta la situación de otras mujeres en el mundo, o en la oficina de al lado, o en la cola del INEM o aletargadas en su casa o, también, en eventos multitudinarios en los que seguimos siendo muy pocas.  ¿O sí lo tenemos en cuenta y no hacemos o decimos nada?.

Caitlin Moran Cómo ser mujer Anagrama, 2013.  Traducción de  Marta Salís. Recomiendo también que  sigan a la señora Moran en Twitter.

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La construcción de los entusiasmos

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Hanna y Adam

Del lado de acá:

Los viajes están lejos de la constatación del tópico.  No puede una, por ejemplo, guardarse el folleto turístico y esperar, una por una, que se resuelvan todas las expectativas sin sorprendernos: la simpatía y los tórridos romances en Italia, la perfecta caja de bombones parisina, la niebla circunspecta y tan british, el jazz desgastado de Nueva Orleans. No. UN viaje debe desprenderse de toda aquella construcción proporcionada por el cine, la literatura, la imaginería colectiva. Borrarse de opiniones y contrastes, lanzarse a la piscina de lo propio, aguardar con la mente virgen.

Del lado de allá:

Sí, ma non troppo: queremos que Viena tenga noria y la música de El tercer hombre, también a  Sissi y Francisco José en su imperio de tarta con nata.  Roma puede ser aperta y Pina corre desesperada o es, también y ya puestos, un paseo  por el alucinado Bomarzo. O la llegada a Ostia de Nanni Moretti tras las huellas de Pasolini.  Venezia es Mahler y Dirk Bogarde. También queremos  el Berlín de Isherwood , el Chicago de los Intocables y la Philadelphia de Katherine y Cary. Por no hablar de la tele y sus Sopranos, el mar bañado de alcohol bajo el ceño de Buscemi a orillas de Atlantic City (que es muy Burt Lancaster). O meterse una carrera imposible, arf, arf, tras Ewan McGregor, quién lo pillara, por Princess Street  por Edimburgo adelante, escuchando a Iggy Pop de fondo, y con la declaración de principios más nihilista del mundo. Qué grunge me suena :” Choose life, choose a job…”.

¿Qué queremos al viajar? ¿Comprobar nuestras intuiciones y verificarlas o bien asumir la posible sorpresa? ¿Qué equipaje hemos incluido de antemano además del inevitable chubasquero: expectativas, posibles decepciones, optimismo a priori? Un viajero, lo sabemos, tiene siempre abierto el billete de vuelta. El turista cierra todo. ¿A qué viene todo esto? A que después de los viajes del verano, hablamos y hablamos, de vuelta en nuestras ciudades provincianas-más grises que antes, mucho menos asumibles- de lo que esperábamos y lo que encontramos. Lo que esperamos, siempre, es una mezcla alucinada de literaturas y cines, de las opiniones de los otros, una papilla audiovisual y escrita de  tantas citas e imágenes.  La ciudad de las filias y fobias, de la fascinación y la mueca displicente es Nueva York.  Hay tanto de ella en nosotros, tanto fotograma y tanto Woody, que es imposible no reconocerla, si no palmo a palmo,sí en gran medida. Ese y no otro es el “problema”: las ciudades, los lugares que son ya tuyos antes de conocerlos, que son la  propia construcción de tu entusiasmo, víctimas, sin pretenderlo, de una suerte de “cinematrografismo literaturizado”.   A lo mejor, aunque quieras encontrarte con Lena Dunham o flipes tanto como yo con algunas escenas de Erase una vez en América, a lo mejor, y sólo a lo mejor, no necesitas ir.  Y no porque te decepcione en un sentido estricto de la palabra sino porque quizás veas un parque temático y no una ciudad. No es mi caso, repito, no he tenido esa sensación nunca. Pero construir el propio entusiasmo, como digo, es una tarea privada e independiente.  Y que depende del baremo que queramos utilizar.

Creo que es legítimo ser dueño y señor de los lugares que magnificas o que, incluso, borras de tu barra de favoritos. Vas cambiando también con los años, como en todo, aunque lo que te sorprende una vez puede seguir haciéndolo más veces. San Francisco me ha fascinado siempre  y bajar en coche por la calle Lombard una obligación que, ojalá, pueda repetir alguna vez.  Y, qué demonios, me encantaría bañarme en la Fontana di Trevi mientras Marcello me observa fascinado.  Y acepto, como espectadora, como viajera, el final del espectáculo como lo que es: una salida del cine, guardar una entrada de la película , hacer álbumes y coleccionar recuerdos.  Un pacto de principio a fin, tan valioso como el de la ficción, tan sobrio como un acuerdo entre partes.

Mientras sueño con nuevas mochilas y aeropuertos, paseo por la ciudad que visito a diario.  Donde la piedra se viste de lluvia, recóndita y amable, triste e introspectiva, que es a veces parque temático y otras un castillo propio en un mundo  que lleva mi nombre. Y, como dice un buen amigo, entrar en un bar y observar las vidas de otros es una forma de viaje. A partir de ahí se construye la literatura.  Desde el primer párrafo a este último, creo que hemos recorrido un curioso viaje de ida y vuelta. Abrir los ojos, encontrarme con los tuyos, la forma más hermosa de salir de casa.

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