Anchoas y Tigretones

Ferragosto

MM splashing. Tomada de Pinterest

MM splashing. Tomada de Pinterest

Hay quien pasa parte del año dibujando fronteras sobre un mapa, paladeando lentamente el espacio tan breve de kilómetros imaginados sobre un papel. Portugal tiene nariz, la bota ya sé que es Italia. La zona del Levante español parece también un perfil. Visto así, España y Portugal, juntos en el mapa parecen un matrimonio cansado de años de compartir cama, cada uno mirando para un lado.  Y luego los nombres, claro, algunos tan plagados de consonantes imposibles de pronunciar que ya son, en sí mismos, una geografía propia. Soñar con la lejanía, con la desnudez de un billete solo de ida, todo eso es viaje y no vacación. La voluntad del viajero de dejar de ser turista alguna vez. Pero es agosto y en agosto hay vacaciones.

La mitad de agosto, el ferragosto italiano, es un señor en calzoncillos mirando por una ventana de Nápoles. Es, también, una persiana entornada para evitar el sol a plomo, el silencio abrumador de las colmenas vacías, los carteles de “cerrado”, la abulia despistada de algunos pájaros en el parque. Pero, sobre todo, señores en calzoncillos y camiseta imperio.  A poder ser con bigote. También niños castigados sin playa, haciendo interminables pilas de deberes en una mesa camilla  en un apartamento amueblado en Torrevieja, Alicante.  O señoras enlutadas sabiendo del mundo por la televisión insomne. Es, también, la resaca inoportuna sin pizza en el nevera. El quince de agosto hay que entonar el Hawai Bombay y montárselo en el piso, qué demonios.  Ese día quince  es un día descolocado, impar, raro, un festivo que se celebra de perfil, oliendo asfalto abandonado.  Una celebración del tedio, de envidiar las vacaciones de risas y cervezas, de abrazar los espacios propios como fortalezas inacabadas, como cualquier espacio de Hopper.  De hacer puzzles y crucigramas para pasar el rato. De dormir más siesta de lo razonable.  También puede pillarte deshaciendo maletas, poniendo lavadoras y preparándote para alguna vuelta. Alegrándote de tener a donde volver. Pero llegando a la mitad de algo, como el hijo mediano que no es favorito y tiene que recordarle a alguna tía abuela cómo se llama.   Y me acuerdo del libro genial de Geoff Dyer  Yoga para los que pasan del yoga.  Su magnífica descripción del ferragosto romano : el “estupor del mediodía” llenando una ciudad, un mes entero  plagándose de “péndulos atascados”, de cosas que hacer para no tener que hacerlas.

Agosto tiene ahora un punto mucho más cruel que nunca. Prolongar la vacación porque ya no es vacación: es la vida sin tener un horario de entrada y salida. Esos “péndulos atascados” de los que habla Dyer en días de noviembre y enero, tan lejanos y exóticos ahora, tan imposibles de pensar en sus lanas y guantes.  El sarcasmo inútil de un país en el que  la pregunta “¿Estás de vacaciones?” se ha convertido en esnobismo y no en el resultado de un derecho.

No lo he dicho, pero en la ventana de enfrente  hay un señor en camiseta, fumando.  Esto es muy  The Rear Window. Bajo la persiana.  Guardo mis mapas para el año que viene o, quizás, para soñar con un noviembre centroeuropeo. Pongo Night and Day de Cole Porter y  canto “when the summer showers through/ a voice within me keeps repeating/  you, you, you”. Eso, y no otras mudanzas, ningún otro mantra, es lo que deseo en este ferragosto.

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