Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “agosto, 2013”

Cartas de verano (de todos los veranos)

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Wallpaper descargable tomado de http://www.gdefon.com/

Llega la pirueta  de agosto, esa semana final que obliga, casi, a mirar ya de reojo los días infinitos, la pereza procrastinadora,  la siesta eterna a un sol cada vez más tímido, el verano final de todos los veranos.  Agosto tarda en despedirse, huele a Wert y creo que ya no hay Corticoles, duele la hoja del calendario de setiembre.  Aún queda un poco.  Démonos la vuelta en la tumbona, en la toalla, y cerremos los ojos pidiendo que el tiempo pare algo más.  Y vamos ya palpando en el bolsillo todas las conchas y caracolas, todas las sonrisas de arena regaladas, el hielo derretido en las copas de terraza y nicotina, lo que se iba y era bueno y aún no lo sabíamos.  Presentes que son, tarde, mucho más tarde, finales.  En agosto, las noches son de una desfachatez inaudita e insultante observadas desde un octubre displicente, envuelto en lanas y katiuskas.  Agosto, desde lejos, es un poco cabrón, poco serio y riguroso, una vez que apuras los días alejada ya de Berlín y veraneo, esperando la vuelta a lo normal. Esa imposible normalidad que son meses que no acaban.

Tuve muchos agostos de casa y playa vecina. De manga corta en el mismo paisaje avistado esos meses que reclaman la etiqueta de normales.  De tender el bañador en el mismo tendal, el mismo patio de luces,. Eso sí: la luz del día mucho más larga y lenta, mucho más deliciosa la Coca-Cola de por la tarde. Y las cartas, todas las cartas y postales que llegaban al buzón en forma de colorida sorpresa. Imágenes del Algarve y las Inglaterras, de aprender idioma inglés (y besos, y a fumar, que era a lo que se iba a Inglaterra en verano), el kitsch de los burros de Nerja, algún trocito de Lanzarote  y algo mucho más lejano con consonantes y vocales, un auténtico “far, far away”. Postales apresuradas, cartas de folios cuadriculados, casi todas escritas en  lejanía bajo un rótulo de verano distinto. Yo miraba todas aquellas fotos y me decía que tendría veranos sin tasa llenos de vocales y consonantes, que no podía hacer esperar tanto tiempo al mundo para conocerme. Y pensado y repensado esto, me sentaba otra vez en mi hueco del sillón familiar,a degustar reposiciones televisivas de programas de invierno.

Creo que las cartas de los veranos son un género en sí. Los proyectos, las aventuras, las confidencias no son lo mismo en otros meses. Mi curiosidad y mi pudor, esa bipolaridad un tanto necesaria en los filólogos, me llevan a devorar siempre epistolarios con devoción y distancia, intentando entrever en esas líneas al autor que conozco casi como héroe, disfrutando de algunos detalles de humanidad y prosaísmo.  Otras, como me sucedió con Sylvia Plath, me entristecen y sacuden por igual.

Este verano de 2013 he compartido muchas horas con Dalí y Lorquito.  Y he aprendido más, mucho más.  De la genialidad de ambos, de la juventud exacerbada, del hambre de querer pintar y querer escribir, de las distancias y silencios incómodos, de los finales. De Cadaqués y la Residencia de Estudiantes.   Qué difícil ha de ser la labor de editarlas y cómo me gusta esa foto de la cubierta. Admiro profundamente el trabajo de Víctor Fernández en esta recopilación,  esclarecedor y preciso, tan sugerente como el propio epistolario.   Y, como el año pasado, echo un vistazo al triángulo genial que, en 1926, enmarca la correspondencia entre Rilke,  Pasternak y Tsvietáieva, derrochando admiración y respeto, reflexiones sobre la poesía, lírica expresa también.  Cartas guardadas en sus, imagino, sobres con sellos multicolores, los sellos de una Europa que es un polvorín, alejadas de lo contemporáneo un tiempo razonable. Y, por último, este verano han sido también las cartas de amor del tremendo Dylan Thomas, que gotean alcohol apasionado,  que se enternece en sus iracundas obsesiones.  Todas estas cartas, los corresponsales, lo que no aparece pero intuyo, me han hecho sentirme voyeur y camarada. Menudo festín.  Siendo de cualquier época, de cualquier estación, son ya, para mí, cartas del estío.

Reivindico la carta de verano. Esa en la que acabas contando mucho más de lo que quieres. Sobre todo si son cartas de amor encendidas, con reproches y desencuentros, con reconciliaciones y manifiestos. Las cartas de amor que van de norte a sur,  que brillan en el cielo de finales de agosto, efímeras en su momento, intensas en la retina como los fuegos artificiales que asustan y emocionan.  Necesitamos todos, creo, que nos escriban más, muchas más, cartas de amor.  Conste que, más que leerlas, a mí me gusta contestarlas.

Bibliografía (sin normalizar, estamos saturadas de reglas de catalogación y citamos tal y como apuntamos en los cuadernos)

Dylan Thomas  Cartas de amor  Traducción de Andrés Barba.  Editorial Siberia, 2013

Querido Salvador, querido Lorquito : epistolario 1925-1936  Edición de Víctor Fernández y Rafael Santos Torroella . Editorial Elba, 2013

Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak, Rainer María Rilke  Cartas del verano de 1926  Traductores, Selma Ancira, Adan Kovacsics, Francisco Segovia. Edición e introducción de Konstantin Azadovski, Evgueni Pasternak, Elena Pasternak  Minúscula, 2012.

Ferragosto

MM splashing. Tomada de Pinterest

MM splashing. Tomada de Pinterest

Hay quien pasa parte del año dibujando fronteras sobre un mapa, paladeando lentamente el espacio tan breve de kilómetros imaginados sobre un papel. Portugal tiene nariz, la bota ya sé que es Italia. La zona del Levante español parece también un perfil. Visto así, España y Portugal, juntos en el mapa parecen un matrimonio cansado de años de compartir cama, cada uno mirando para un lado.  Y luego los nombres, claro, algunos tan plagados de consonantes imposibles de pronunciar que ya son, en sí mismos, una geografía propia. Soñar con la lejanía, con la desnudez de un billete solo de ida, todo eso es viaje y no vacación. La voluntad del viajero de dejar de ser turista alguna vez. Pero es agosto y en agosto hay vacaciones.

La mitad de agosto, el ferragosto italiano, es un señor en calzoncillos mirando por una ventana de Nápoles. Es, también, una persiana entornada para evitar el sol a plomo, el silencio abrumador de las colmenas vacías, los carteles de “cerrado”, la abulia despistada de algunos pájaros en el parque. Pero, sobre todo, señores en calzoncillos y camiseta imperio.  A poder ser con bigote. También niños castigados sin playa, haciendo interminables pilas de deberes en una mesa camilla  en un apartamento amueblado en Torrevieja, Alicante.  O señoras enlutadas sabiendo del mundo por la televisión insomne. Es, también, la resaca inoportuna sin pizza en el nevera. El quince de agosto hay que entonar el Hawai Bombay y montárselo en el piso, qué demonios.  Ese día quince  es un día descolocado, impar, raro, un festivo que se celebra de perfil, oliendo asfalto abandonado.  Una celebración del tedio, de envidiar las vacaciones de risas y cervezas, de abrazar los espacios propios como fortalezas inacabadas, como cualquier espacio de Hopper.  De hacer puzzles y crucigramas para pasar el rato. De dormir más siesta de lo razonable.  También puede pillarte deshaciendo maletas, poniendo lavadoras y preparándote para alguna vuelta. Alegrándote de tener a donde volver. Pero llegando a la mitad de algo, como el hijo mediano que no es favorito y tiene que recordarle a alguna tía abuela cómo se llama.   Y me acuerdo del libro genial de Geoff Dyer  Yoga para los que pasan del yoga.  Su magnífica descripción del ferragosto romano : el “estupor del mediodía” llenando una ciudad, un mes entero  plagándose de “péndulos atascados”, de cosas que hacer para no tener que hacerlas.

Agosto tiene ahora un punto mucho más cruel que nunca. Prolongar la vacación porque ya no es vacación: es la vida sin tener un horario de entrada y salida. Esos “péndulos atascados” de los que habla Dyer en días de noviembre y enero, tan lejanos y exóticos ahora, tan imposibles de pensar en sus lanas y guantes.  El sarcasmo inútil de un país en el que  la pregunta “¿Estás de vacaciones?” se ha convertido en esnobismo y no en el resultado de un derecho.

No lo he dicho, pero en la ventana de enfrente  hay un señor en camiseta, fumando.  Esto es muy  The Rear Window. Bajo la persiana.  Guardo mis mapas para el año que viene o, quizás, para soñar con un noviembre centroeuropeo. Pongo Night and Day de Cole Porter y  canto “when the summer showers through/ a voice within me keeps repeating/  you, you, you”. Eso, y no otras mudanzas, ningún otro mantra, es lo que deseo en este ferragosto.

Empatía y olvido

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Texto de John Donne en el Pinelawn Memorial. Imagen tomada de http://www.shunammite.com/idea/?p=510

En los años de la soberbia, llevabas una lista de lecturas  que tenías que ver, al menos que hojear, que saber que existían. Volúmenes que palpabas en la biblioteca con cierto nerviosismo, con la buena o mala idea de que la literatura-cualquiera que habitase en un canon universal escrito por un teórico- tenía que ser leída en diagonal, olisqueada, al menos intuida.  O poder hablar de ella.  Llegabas a Hemingway, por ejemplo. Y todo lo que rodeaba, o había rodeado al escritor de jersey de cuello alto y barba redonda, de señor suicida cantando el “Pobre de mí” y abuelo de esplendorosas modelos,  era al inicio de una novela, una cita  que hablaba de islas y pedazos de continente, de que somos parte de algo, que las campanas no doblan solamente por uno sino por todos.  Daba igual que no leyeses al americano, por mucho que un personaje de Javier Cercas se empeñe en convencernos de que la displicencia con Hemingway es un gran detector de idiotas. No lo sé: lo que sí sé es que era grande escogiendo paratextos.

A mí aquella cita de John Donne, aquel redoble de campanas, siempre me ha hecho pensar en la empatía.  Dice el diccionario de la RAE que la empatía es “la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”.  Sentirse parte del dolor de otros, por ejemplo, me parecen palabras mayores. Sucede una desgracia mayúscula y nos aterra ese desgarro al que asistimos como espectadores u oyentes. Un tren descarrila, empieza una cifra mortal, confusión infinita, lo vemos en la televisión y la pantalla nos protege, somos empáticos por minutos, somos buena gente porque lloramos el dolor de los otros, porque valoramos nuestras lágrimas como el que más, somos buena gente que lloramos y nos compadecemos.  Nos emociona conocer detalles de las vidas de los fallecidos, sus nombres propios, a qué se dedicaban, a dónde iban.  Paso de puntillas por las fotografías innecesarias, por la justificación informativa absolutamente banal y ofensiva, por la guerra para poner rostro a un verdugo o verdugos. Encendemos velas, guardamos silencios de respeto, escribimos cositas en las redes sociales.  Las intervenciones afortunadas, aquellas que lo son menos.  Me quedo, única y exclusivamente, con el dolor. Ese  dolor de los otros : familias, parejas, amigos.  Dolor cercano y de lejos.  Las cámaras, los periodistas se van.  Se queda, para siempre, la toponimia que da escalofríos al mentarla, las sillas vacías en el comedor familiar, el drama, también, de los que sobreviven.  Y de los que habitan en aquel lugar, los que pusieron sus manos, sus mantas y su tiempo. Los que fueron porque quisieron ayudar de cualquier modo.

Han pasado días, dos semanas, creo.  Escucharemos mucho más sobre seguridad, sobre tristezas, sobre las culpas. Se hablará de ogros y de política.  Seguiremos con  el oxymoron de las biografías anónimas : todas tienen autoría.  Las flores se marchitan, las velas van apagándose.  Y nos vamos disolviendo pacíficamente, cada uno en una dirección, camino de nuestras propias muertes. Los escalofríos son efímeros porque nos han tocado de lejos a los observadores.

La empatía tiene fecha de caducidad. La solidaridad, no. O no debe tenerla. El tiempo es lo que convierte una en otra.  Eso creo que quería decir John Donne.

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