Anchoas y Tigretones

Solamente distinto

gemelas el resplandor

Fotograma de “The shinning”. Tomado de http://intramuros.es

Alguna vez, no recuerda cuándo ni siquiera dónde, leyó un cuento extraño, dentro de la extrañeza que contienen todos los relatos breves.  Sobre rutinas, rituales, sobre la capacidad de los actos repetitivos para llenar de de extraordinario todo aquello que el ojo observa y en lo que no repara porque es el marco de lo doméstico. El edificio de enfrente bañado por la luz de las ocho de la mañana, todos los días, la misma hora, su silueta recortada contra lo eterno, la voluntad de lo efímero por diluirse y la necesidad de entomólogo de capturarlo, de pincharlo con un alfiler contra el álbum de lo recreado. Sí, esto era lo que hacía Auggie Wren. Y encontrar así la diferencia de la similitud y la construida dignidad de lo cotidiano.  Auggie, por lo tanto, creaba su propio álbum de repeticiones en las que el observador tendría que buscar aquellas diferencias que, si existen, justificarían la obra por su propia singularidad. O no, a la Warhol, cambian los colores pero no los objetos : ¿esto los hace diferentes? ¿o en el arte, o en la voluntad del artista-el reino de libertad más ácrata y completo- entra la paranoia de repetirse hasta el infinito? . Si alguien está leyendo aquí-rayando peligrosamente con la paja mental- o no, que para eso es un territorio- o reino, o república independiente de mi casa- pensará que a dónde vamos con este razonamiento tan peregrino (me encanta utilizarlo como adjetivo, ya saben, sintaxis y semántica propias, qué coño).

Dice el diccionario que un plagio es copiar en lo sustancial obras ajenas dándolas como propias. Me gustaría saber qué es lo sustancial. ¿Plot, history, trama, argumento? Venga, vayamos a Perogrullo: la historia de la literatura es un constante y onanista plagio de sí misma.  Una reutilización de modelos, sublimación de mitos, ampliación de territorios y horizontes. Lo decía Genette hablando de palimpsestos, lo hace-en cierto modo-Harold Bloom hablando más del descubrimiento de trazas y rastreos (y del pánico a que podamos negar nuestra unicidad) y otros hablarán de un common ground.  Entre el “ctrl+c-ctrl+v” de los nativos digitales en el territorio comanche de internet hasta negar la posibilidad de un doppelgänger. Huevos y gallinas. Y, también, hijos que superan a padres.  No sé si el hecho de que un escritor sea ya alguien reconocido y consagrado lo exime de ciertas sospechas. Sé que sí hay muchas ganas de mamporreo ante quien detenta éxito, o un cierto tipo de éxito. Y a todos se nos pone un poco de cara de Salieri de vez en cuando. O de ganas de blandir una extraña vara de medir originalidades: ¿puedo contarte lo mismo y que sea diferente? ¿qué límite hay entre un homenaje y fotocopiarse una idea con otra caligrafía? Y yo qué sé. Dejemos a los muertos que entierren a sus muertos.

La copia, el plagio, hay veces que es una bendición. Y piensa, otra vez, en las rutinas que se copian a sí mismas y en la paradoja de que sean diferentes a su vez. En que alguien quiera, porque sí, preparar sus buenos días y buenas noches para ti, tan similares pero distintos. En escogerte las músicas que te acunan y te despiertan.  O en las ganas que descansan en una piel ya conocida, tan diferente a otras ganas de otros momentos y tan iguales, tan únicas porque son familiarmente distintas.  Y en lo difícil que es, a veces, en una trayectoria y construcción de años, significarse, fotografiar las mismas paredes, las mismas luces a la misma hora, lo difícil que es que lo que se repite no canse. Y se  pregunta cuántos hombres y  mujeres estarán creando estos álbumes cada día, esa recolección valerosa de croquetas hechas con sobras de nevera, de crear una nueva camiseta para tu hija quinceañera de algo que ya tienes en casa pero que coses, agregas, redimes. Avanzando los días, tan iguales, tan domingos de Jean Dezert, tan cuesta arriba.  Pararse a mirar, un día tonto de semana, los ojos que llevan mirándote tantos años y encontrarles las arrugas y los deseos, algo así, tan raro y distinto. Ese es el plagio que interesa: el que te mira y te reinventa la hormona adolescente. Nada más. Lo otro, son señores académicos tirándose los currículums, las comas y los puntos a la cabeza.

Y en una pirueta final, resulta que ella ya ha escrito sobre esto.  Y otra vez. Y otra más. La ansiedad de la propia influencia, forma sofisticada de onanismo.

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Un pensamiento en “Solamente distinto

  1. Samizdat en dijo:

    Escribir es releer. Lo que ocurre es que algunos releen sin haber vivido nada más y otros lo hacen después de haber sufrido una multitud de mutaciones. Leí El árbol de la ciencia cuando era adolescente y me impresionó por su “angustia existencial”, trending topic en mi carácter en ese momento, y por ser un relato que camina hacia el futuro; volví a leerlo con treinta años y descubrí pistas para vivir la vida -pistas muy positivas, por otra parte- que no había sospechado en mi primera lectura; finalmente lo leí el año pasado y me pareció sublime, pero por razones casi contrarias a las que me impactaron en la primera vez aunque comprendía muy bien lo que pensé a los 15 y lo que pensé a los 30, esta vez lo leí después de 45 años de lecturas y vivencias. No escribo pero si lo hiciera esas formas de leer habrían sido paralelas a mi forma de escribir y, por supuesto, El árbol de la ciencia y mil obras más habrían tenido algo que reclamar de mis relatos.

    PD: “Pararse a mirar, un día tonto de semana, los ojos que llevan mirándote tantos años y encontrarles las arrugas y los deseos, algo así, tan raro y distinto.” Muy cierto y muy hermoso.

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