Anchoas y Tigretones

Lectura, erudición (IX) : Eugenides y las llamadas mafias de Yale

derrida

Derrida bodybuilder. Tomada de I love tipography.

Cuando una piensa volver al mundo académico y, para alejar esos fantasmas, esa suerte de suplicio de Tántalo pero al revés, tiene mil novelas encima de la mesa; de repente se enciende una bombilla como en los dibujos animados o, más bien, la divina música del azar me toca en la punta de la nariz. Como me he vuelto huraña (las malas compañías), mucho más selectiva y me satura tanta visión del Apocalipsis y tanto fraseo en diagonal, me da la gana de ponerme todo lo pedante que quiero, que para eso el blog es mío.  Y me apetece regodearme en párrafos y escrituras ajenos- y tan lejanos, qué bien escribe este hombre- que recuerdan y traen párrafos vitales propios.  De decisiones alejadas en el tiempo pero que conformaron el poder leer algunas cosas tronchándose de risa, reconociéndose en el humor y en otras cosas.

Los teóricos de la literatura son (¿somos? ¿éramos?) la repera. Además de ser unos cachondos, su beligerancia no tiene fin. Recuerdo a Terry Eagleton llamando a Derrida & friends “la mafia de Yale” en una conferencia. No voy a entrar en eso porque ya bastante tengo en escapar de las minas antilorena que andan por mi mundo. Pero empezar La trama nupcial de Jeffrey Eugenides , solamente el comienzo, ya es de partirse de risa. Teóricos de la literatura, mírense, por amor de Dios y por el bien de la Humanidad, en el espejo del callejón del Gato.

Primera cita, en la frente, claro:

” Los problemas amorosos de Madeleine habían dado comienzo cuando la teoría francesa que a la sazón estaba estudiando deconstruía la noción misma del amor. “Semiótica 211” era un seminario avanzado impartido por un antiguo renegado del departamento de Lengua.  Michael Zipperstein había llegado a Brown treinta y dos años atrás en calidad de miembro de la Nueva Crítica. Había inculcado el hábito de la lectura minuciosa y de la interpretación al margen de los aspectos biográficos a tres generaciones de estudiantes antes de emprender su Camino de Damasco sabático en París, en 1975, donde había conocido a Roland Barthes en una cena y -mientras daba cuenta de una cassoulet- se había convertido a su fe. Ahora Zipperstein enseñaba  dos cursos en el Programa de Estudios Semióticos que acababa de crearse: Introducción a la Teoría Semiótica (en otoño) y Semiótica 211 (en primavera). (…) Además de todos los grandes-Derrida, Eco, Barthes-, los estudiantes de Semiótica 211 tenían que verse con todo un revoltijo del ecturas de reserva en el que entraba desde Sarrasine de Balzac, a números de Semiotexte y a pasajes fotocopiados de E.M. Cioran, Robert Walser, Claude Lévi-Strauss, Peter Handke y Carl Van Vechten. (…)

Segunda cita, de derechazo:

“Su catalogación de las posesiones de la familia era tan exhaustiva que habría podido competir con el sistema Dewey de clasificación bibliotecaria”.

Tercera, para remitir a las autobiografías pertinentes:

“La universidad no era como el mundo real. En el mundo real la gente mencionaba nombres en razón de su celebridad. En la universidad se mencionaban nombres en función de su oscuridad. Así, en las semanas que siguieron a su encuentro en la cocina con Whitney, Madeleine empezó a oir mencionar a “Derrida”. A oír mencionar a “Lyotard” y  a “Foucault” y a “Deleuze” y a “Baudrillard”. El hecho de que la mayoría de quienes los mencionaban fueran el tipo de gente que a Madeleine instintivamente le disgustaba- jovencitos de clase media alta que calzaban Doc Martens y exhibían símbolos anarquistas-hizo que Madeleine dudara del valor de tales entusiasmos. ”

Cuarta, para un recuerdo de sufrimientos y el inicio de muchas pasiones:

“Zipperstein asignaba cada semana un libro de teoría (intimidador) y una pieza literaria.. Los emparejamientos eran extraños, si no abiertamente arbitrarios. (¿Qué tenía que ver, por ejemplo, Escritos sobre lingüística general, de Saussure, con La subasta del lote 49 de Pynchon”)?

Podría seguir hasta el infinito, pero solamente voy por la página 50 y ya es un festín. Inolvidables las descripciones de los alumnos, de la sublimación de la fascinación por lo lóbrego y deprimente (ese Thurston, por favor, que sea un personaje principal, es flipante).Y oh, no, no pondré el número de página donde está cada cita ni nada por el estilo.  Porque como dice uno de los personajes, con la mala baba del autor implícito, “yo sostengo, como Barthes, que el acto de escribir es, en sí mismo una ficcionalización, por mucho que utilice hechos reales”.

Todo esto y mucho más en La trama nupcial de Jeffrey Eugenides. Anagrama, 2013.

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4 pensamientos en “Lectura, erudición (IX) : Eugenides y las llamadas mafias de Yale

  1. Algunos artículos son, como dijo David Bowie, como colocar una rosa blanca sobre un piano de cola blanco. Siempre temes arañar el lacado con sus espinas. Son porciones perfectas en sí mismas y cualquier cosa que se intente añadir se ve ínfima a su lado.

  2. El de en medio de los Panero en dijo:

    Mi error fue leer en la tormenta al segundo Wittgenstein, tirar el paraguas y regresar hasta el Russell real y, finalmente y ya a cuerpo, abominar de Wittgenstein, releer a Kant y calarme hasta los huesos con Popper, resultado: incapacitado para comprender textos de este tipo ya de por vida, lo siento princesa S. Ah, la vida… Qué densa, oye.

    • Llevo un buen rato riéndome con el seudónimo…el del medio de los Panero, es una buena ida de olla, sí. Tanto como empaparse de según qué textos en según qué momentos. No sé, supongo que es vicio confesable, pero la teoría literaria, además de una buena paja mental en muchos casos, no deja de ser el refugio de hipsters de medio pelo, especialmente ahora. A mí me hace mucha gracia en esta novela lo intimidada que se siente Madeleine al entrar en esta clase, intentar participar sin desentonar de ningún modo, descubrir el postureo, tomar notas, pensar que no eres digna, descubrir que sí lo eres. ¡Es que a la hora de la verdad todo está en Barthes, coño! 🙂

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