Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “abril, 2013”

En un cuaderno Moleskine (26): murciélagos y pajaritos

Leo en el cuaderno:

“No, lo de hoy no son desvaríos teóricos. Lo de hoy es un poco lo de siempre, lo de nunca. Pocas conclusiones, mucho retazo y apunte, ese calor de la línea que te lleva a seguir hacia adelante, sentirte un poco hamster en tu jaula de círculos viciosamente concéntricos, en esa nada desaprendida, en el devenir plegado como papiroflexia que hace coincidir lunes, martes, la x en el medio, el jueves, el viernes y la tregua de un fin de semana que es más bien una excusa para no rellenar los cacitos de plástico del alpiste y el agua.  Leo cosas, fumo cigarros, tomo autobuses y cambio bombonas de butano.  Dos días a la semana castigo mis grasas con un ejercicio medido y metódico, de cincuenta minutos. Cocino y friego platos. Amo en alto y en silencio. Y, sobre todo, cierro los ojos para escuchar una voz que es para mí la única. Enlato recuerdos y congelo lentejas cocinadas lentamente. Y leo cosas. Sobre todo, leo lo que no leo, lo que no está en algunos textos, están por encima, por debajo o en el post-it de las neveras de otros. Lo que lees de soslayo, lo submarino, hace que entres mucho más de golpe en una casa que es la tuya.

Yo he empezado a leer a Robert Stone, Hijos de la luz. Y me quedo quietecita, como haciendo unos deberes urgentes de melancólico recuerdo angelino, de alcohol y alguna que otra lisergia diferente, pero también de amores sepultados, de un dramatismo vehemente a veces y contenido otros, de olor a habitación cerrada y resacas con sol abrasador afuera (¿hay algo más horriblemente incómodo que estar pasado de vueltas queriendo no salir de tu habitación y saber que el mundo rueda bajo un sol de justicia en un indefinido “ahí afuera”?).  Y amores, y cosas que no cuento porque ojalá leáis esta novela y ojalá os deslicéis por esta prosa. Y llego a un momento en que Walker (que me encanta ese nombre, pardiez) habla del juego de Murciélagos y Pajaritos, al que jugaba con alguien que es, creo, el auténtico personaje de la novela, esta que leo y que aún no he terminado.  Si aguantas con la cabeza intacta, sin derrumbarte, una mala noche hasta que canten los pájaros, eso es Pajaritos. Si no, es Murciélagos. Básicamente es así, aguantar sin que te pete la cabeza. Nosotros, de niños, teníamos un juego al que llamábamos “Lo peor”. Se trataba de ir diciendo barbaridades, una tras otra, a cuál más escatológica y cruel, crueldad infantil, amoralidad baja en calorías y en años, hasta que a alguien le atacaba  no sé si decir la sensatez o el pánico, el susto o el temor a algún improbable castigo divino, o, incluso, el miedo al propio yo. Y esto, el miedo al yo, el reivindicarte como bomba de relojería-pero sin performance Bukowski- es lo que más me gusta de lo que leo de Stone. El saber que uno puede venir ya extraviado de fábrica, que tu capacidad de joderte la vida es autónoma y real, pero que a veces ya has pasado, aceleradísimo,  algo más que una noche viajera.  Yo estoy pasando una época en que pido pajaritos, pero todo a mi alrededor pide murciélagos.  Y casi me dan ganas de balancearme cabeza abajo en una cueva.

Pero hemos comenzado diciendo que leemos un poquito en diagonal y es cierto: somos de paratextos o de cosas que no están dentro. Y mi escasa disciplina como lectora hace que nunca lea antes las reseñas ni nada de nada, me voy al tomate directamente y lo demás ya vendrá en otro momento. Y claro, a mí Stone me recordaba a alguien sin recordármelo. Y esta vaga idea estuvo flotando en mi lectura un rato, sin más, hasta que cierro de golpe el libro y, buscando algo para señalar me digo: la solapa, la solapa siempre está ahí. Y voilà, la música del azar azaroso. Robert Stone fue alumno de Wallace Stegner en Stanford. Stegner, delicado e incisivo como una lámina de cristal, exquisito y melancólico, exacto, certero y con un torbellino contenido en su prosa. Tan diferentes y tan cercanos.  No sé cómo serán las escuelas de escritura creativa. No tengo ni idea de las influencias o de las recetas. Pero es extraordinario que se me parezcan tanto, sin parecerse en nada, dos autores tan diferentes.  Como los murciélagos y los pajaritos, por ejemplo.”

Robert Stone Hijos de la luz .Traducción de Inga Pellisa. Libros del Silencio, 2013

Wallace Stegner En lugar seguro .Traducción de Fernando González. Libros del Asteroide, 2009.

To blog or not to blog

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Daria, esa nerdy…
Imagen tomada de nerdcast.net.

Para Fran Lara

Las líneas en un blog puede que no sirvan de nada. ¿Es un blog un auténtico diario? ¿Es un registro de realidades o de imposturas? ¿Hay una ficción coherente, se encuentra una voz, se materializan esos dietarios, ese “diario ínfimo” del que hablaba Umberto Eco? ¿Por qué inauguramos espacios con nombres y fotografías, contestamos comentarios, desperdigamos algún que otro desencuentro, abrimos los grifos de la polémica, el canal de Panamá de la exhibición, la puerta señalada con una equis enorme de los malentendidos? No tengo una respuesta, quizás porque sí, simplemente.  Los juntaletras pueden ser todos narcisistas y autocomplacientes, es posible. Las líneas escritas, sean con una pluma muy decimonónica o con la sintaxis desconocida de los htmls, está ahí para rehacerse en un nueva creación, con recepciones e interpretaciones abiertas, tantas como lectores.  En lo que se escribe dentro de una pantalla, para ser leído allí, lo es quizás también para que se deconstruya con semánticas totalmente ajenas al ser recuperadas, sin contexto y de forma aleatoria, por un buscador de internet.  Una vez que salen de aquí, las palabras, los sentidos, fluyen y se multiplican. O se quedan en nada si no encuentran receptores. Sobrecoge un poco pensar en la orfandad de miles de palabras hiladas sobre un lienzo digital, perdidas en una vorágine extraña, pasando por tamices y embudos, diluyéndose sin remedio, sufriendo las metamorfosis de la reinterpretación y la pérdida de sentido original (el autor, oh, el autor).  Pero es un principio de la teoría literaria, y como ya he dicho muchas veces, los teóricos, qué duda cabe, se ponen más estupendos que los blogueros. Porque ellos lo valen, eso sí.

Cuando una reflexiona sobre estas cuestiones es inevitable, como parte implicada, pretender justificarse o, incluso, defenderse. ¿De qué? ¿Tenemos que establecer baremos de lo más o menos narciso, de lo más o menos autocomplaciente? ¿Más o menos que liarse en una red social a construir un personaje de vida excitante y supercool  casi siempre a partir de lo que no eres tú: tus hijos, tu comida, tu viaje? ¿Es más o menos legítima tal o cuál máscara, esta o aquella construcción? ¿Eres más o menos insegura o necesitas más o menos el refrendo popular que los tuiteros de cabecera, los temidos, los odiados, los venerados, los gurús? ¿Eres una nerdy un poco trapalleira o es que no tienes dónde contar estas chorradas? Pero tú, bonita, ¿quién te crees que eres escribiendo esas cosas y dándolas al mundo? ¡Pero si no te lee nadie, si nadie te conoce! ¿Te merece la pena seguir ahí, ver cómo caen tus visitas, tus comentarios, tus menciones? Y además, si lo hicieses tan bien, escribirías otras cosas, ¿no? ¡Deja de ser una escritora de juguete y escribe una novela de una maldita vez, que te pongan bien a parir y ya verás cómo se te quitan las ganas y la tontería esta de la escriturita digitalita!  (Todo este párrafo anterior yo lo imagino poniendo yo carita de Oliver Twist alargando el cuenco y pidiendo más comida, recibiendo la respuesta que todo el mundo sabe y que no vamos a repetir. Mezclando un poco, conviene poner cara de tontaina pasivo agresivo y decir, también, lo que ya todo el mundo sabe: I would prefer not to. Y sublimar la pastichada, que para eso esto es un blog).

¿A qué viene todo esto a cuento? Pues a que, pensando mucho sobre el tipo de lectura que hacemos en el mundo digital, un blog sí puede ser muchas cosas además de un pretendido y gratuito autobombo (si es que lo es, que yo, personalmente y en fase expansiva, digo que no). Nace y crece, se reproduce e, inevitablemente, muere: pero cuando a ti te da la gana, no cuando cambia la política de una plataforma o de una red (Lorena Fernández, Honorio Penadés, os devuelvo la pelota aquí :-)). Puede ser un espacio de debate, de conocimiento colectivo, de creación, de diarios y de semanales. También, es cierto, puede ser uno de los múltiples lugares en los que se refugian algunos mamporreros. Pero hay muchos más mamporros, y no gratis, en la prensa tanto del régimen como del movimiento, así, en minúsculas.  Yo es que hago esto, qué le vamos a hacer. Y me paseo por los barrios digitales porque de ellos aprendo mucho, o no, simplemente me divierto, que no me parece ninguna simpleza. Y muchos, muchísimos, cuadernos de la red forman parte de mi historia, no solamente aquí, sino allí y allá, de este lado y del otro, de lo que empieza en la pantalla y en lo que termina.  Y echo de menos-y esto, Fran, sabes que es para ti-la escritura de muchos blogueros a los que he leído con admiración y respeto. Y que, sin duda alguna, forman parte de mi minúscula historia en la red, a los que sigo y añoro. Y que, ojalá, vuelvan.

Hoy es 14 de abril. Viva la República Independiente de los Blogs.

Lectura, erudición (IX) : Eugenides y las llamadas mafias de Yale

derrida

Derrida bodybuilder. Tomada de I love tipography.

Cuando una piensa volver al mundo académico y, para alejar esos fantasmas, esa suerte de suplicio de Tántalo pero al revés, tiene mil novelas encima de la mesa; de repente se enciende una bombilla como en los dibujos animados o, más bien, la divina música del azar me toca en la punta de la nariz. Como me he vuelto huraña (las malas compañías), mucho más selectiva y me satura tanta visión del Apocalipsis y tanto fraseo en diagonal, me da la gana de ponerme todo lo pedante que quiero, que para eso el blog es mío.  Y me apetece regodearme en párrafos y escrituras ajenos- y tan lejanos, qué bien escribe este hombre- que recuerdan y traen párrafos vitales propios.  De decisiones alejadas en el tiempo pero que conformaron el poder leer algunas cosas tronchándose de risa, reconociéndose en el humor y en otras cosas.

Los teóricos de la literatura son (¿somos? ¿éramos?) la repera. Además de ser unos cachondos, su beligerancia no tiene fin. Recuerdo a Terry Eagleton llamando a Derrida & friends “la mafia de Yale” en una conferencia. No voy a entrar en eso porque ya bastante tengo en escapar de las minas antilorena que andan por mi mundo. Pero empezar La trama nupcial de Jeffrey Eugenides , solamente el comienzo, ya es de partirse de risa. Teóricos de la literatura, mírense, por amor de Dios y por el bien de la Humanidad, en el espejo del callejón del Gato.

Primera cita, en la frente, claro:

” Los problemas amorosos de Madeleine habían dado comienzo cuando la teoría francesa que a la sazón estaba estudiando deconstruía la noción misma del amor. “Semiótica 211” era un seminario avanzado impartido por un antiguo renegado del departamento de Lengua.  Michael Zipperstein había llegado a Brown treinta y dos años atrás en calidad de miembro de la Nueva Crítica. Había inculcado el hábito de la lectura minuciosa y de la interpretación al margen de los aspectos biográficos a tres generaciones de estudiantes antes de emprender su Camino de Damasco sabático en París, en 1975, donde había conocido a Roland Barthes en una cena y -mientras daba cuenta de una cassoulet- se había convertido a su fe. Ahora Zipperstein enseñaba  dos cursos en el Programa de Estudios Semióticos que acababa de crearse: Introducción a la Teoría Semiótica (en otoño) y Semiótica 211 (en primavera). (…) Además de todos los grandes-Derrida, Eco, Barthes-, los estudiantes de Semiótica 211 tenían que verse con todo un revoltijo del ecturas de reserva en el que entraba desde Sarrasine de Balzac, a números de Semiotexte y a pasajes fotocopiados de E.M. Cioran, Robert Walser, Claude Lévi-Strauss, Peter Handke y Carl Van Vechten. (…)

Segunda cita, de derechazo:

“Su catalogación de las posesiones de la familia era tan exhaustiva que habría podido competir con el sistema Dewey de clasificación bibliotecaria”.

Tercera, para remitir a las autobiografías pertinentes:

“La universidad no era como el mundo real. En el mundo real la gente mencionaba nombres en razón de su celebridad. En la universidad se mencionaban nombres en función de su oscuridad. Así, en las semanas que siguieron a su encuentro en la cocina con Whitney, Madeleine empezó a oir mencionar a “Derrida”. A oír mencionar a “Lyotard” y  a “Foucault” y a “Deleuze” y a “Baudrillard”. El hecho de que la mayoría de quienes los mencionaban fueran el tipo de gente que a Madeleine instintivamente le disgustaba- jovencitos de clase media alta que calzaban Doc Martens y exhibían símbolos anarquistas-hizo que Madeleine dudara del valor de tales entusiasmos. ”

Cuarta, para un recuerdo de sufrimientos y el inicio de muchas pasiones:

“Zipperstein asignaba cada semana un libro de teoría (intimidador) y una pieza literaria.. Los emparejamientos eran extraños, si no abiertamente arbitrarios. (¿Qué tenía que ver, por ejemplo, Escritos sobre lingüística general, de Saussure, con La subasta del lote 49 de Pynchon”)?

Podría seguir hasta el infinito, pero solamente voy por la página 50 y ya es un festín. Inolvidables las descripciones de los alumnos, de la sublimación de la fascinación por lo lóbrego y deprimente (ese Thurston, por favor, que sea un personaje principal, es flipante).Y oh, no, no pondré el número de página donde está cada cita ni nada por el estilo.  Porque como dice uno de los personajes, con la mala baba del autor implícito, “yo sostengo, como Barthes, que el acto de escribir es, en sí mismo una ficcionalización, por mucho que utilice hechos reales”.

Todo esto y mucho más en La trama nupcial de Jeffrey Eugenides. Anagrama, 2013.

Mayúsculas /minúsculas

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MAYÚSCULAS (escrito en minúsculas): el resbalón de los mil principios, el viento en tu flequillo, la piel, el nudo, el caracol desperezándose, la salsa de tomate en la nevera, los círculos de fuego, abrirse en canal, guardarse las reservas, gastarse sin tasa las ganas, ser responsable y no ser insípido, ser atolondrada y no pensar, las anclas en el fondo del mar, las carcajadas y las protestas, los labios hundidos en los cristales del tiempo, las ecuaciones sin solución, la mentira de la matemática, la  paradoja de la filología, el hambre y la sed, los otros horizontes, la escuadra y el cartabón que delimitan el territorio, los carteles de “no pasar”, el miedo y la confianza, el querer y el acojonarse, la vida, la luz, la lámpara rota, las dos vidas, la una vida, las voces y algunos ámbitos, la cerveza en primavera y el chocolate en invierno, las mantas casi nunca, las pieles boca arriba, ser piel roja, ser tu piel, ser ambigua y poco clara, ser infinito y no quedarse, ser novelas y ser cine, concebir pentagramas que nadan a mariposa en la piscina, las groupies y los moscones, las voces, los ecos, las ampollas del futuro, los rencores del presente, los miedos y las valentías desde el trampolín, desahuciarme de de tu biografía, despedirme sin inventarios, escrachearte y tatuar alguna verdad sin importancia.

Minúsculas (escrito en pequeñito) : todo lo demás.

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