Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “diciembre, 2012”

Un cadáver exquisito del 2012 (y una antirreceta para el 2013)

le petit parisien

Willy Ronis “Le petit parisien”

Paris, 1952  Tomado de deejank.com

Los finales de año siempre traen debajo del brazo un puñado de estadísticas y recuentos, una barra de pan gigante que comenzabas a mordisquear al salir de la tienda a principios del lejano enero y que has ido devorando distraída y medio nerviosa en el camino de vuelta a casa, sosteniendo también en un puñado caliente el dinero de la vuelta para darle a tu madre.  El día 31, y los anteriores del mes de diciembre, son el final del cuaderno emborronado que deseas apurar porque ya tienes otro nuevo esperando y quieres estrenarlo porque ya lo tienes ahí, invitándote a disolver ese estado de no ser aún tuyo hasta que la tinta lo convierta en algo que pudo ser, que todavía es posible pero no, ya lo has comenzado al abrirlo y dejar, quizás, una hoja en blanco al principio para  no estropearlo mucho, pero lo comienzas y no hay camino atrás: es el cuaderno que corresponde y que vas a llenar de equipajes y días.

Yo he tenido la costumbre, no sé si buena,mala o regular, de ir comentando en un cuaderno digital los principios y finales de esas entelequias extrañas que son los años sin estrenar : esos zapatos relucientes que quizás hagan daño pero son nuevos y hermosos, que acaricias con la mirada y ellos te miran invitadores desde su caja en el armario.  Los principios son siempre  una atónita paradoja  de lo que ha caminado hasta el final. Pensando en 2009, en 2010, en 2011  y en 2012 yo hablaba de recetas para no triunfar. Dar recetas no gastronómicas conlleva un punto de soberbia o de voluntarismo optimista, de autopalmadita en el hombro, de no creer en los horóscopos pero cagarte en todo si a Piscis le toca una mala semana o una mala tarde. 2012 ha sido un año de muchas conjuras y griteríos, de expolios y desgracias, de cinturones apretados hasta la extenuación y, para mí, de recuperar disciplinas de estudio y flexo, de saber de muchas cosas que te estabas perdiendo por un objetivo que se ve tan imposible que has de apretar los dientes y repetirte mantras de autoánimo.  De tomar muchos cafés solitarios a media tarde en una mesa rebosante de papeles, de un Dropbox petado de documentos, de teclear y reteclear, de aislarte e intentar mantener la calma. Y de llegar, finalmente, a algunos buenos puertos con el agotamiento mental y físico suficiente como para no querer casi leer ni escribir.  Ha sido un año de medir todo en pequeño, en raciones individuales. Y también de muy buenos momentos saboreados como se merecían: de amigos que te sacan a cenar para que dejes de pensar en los putos metadatos, de los que te han regalado tanta música y cariño como para poder llorarles en el hombro en los momentos de desesperación. De muchos mensajes y guasáps (me encanta escribirlo así, ya sé que está mal, pero qué le vamos a hacer) discretos que  no querían molestarte en tu rutina de estudiante vejestoria pero sí querían que supieses que estaban ahí, con una sonrisa escondida en esos caracteres digitales.

Y también claro, un año de arena y sal en pequeñas dosis, un año tan doméstico que la playa del verano estaba muy cerca de tu casa, pero con grandes amigos y conversaciones divertidísimas en medio de los baños de mar. Y las excursiones al mar de Caión o a las aguas de Guitiriz, no ha habido Parises de la Francia ni glamoures extranjeros: ha habido pulpo y albariño,  cervecitas de viernes, conciertos en gran compañía (Thurston Moore, lo que nos hemos reído contigo, gracias a Rufus por sus botas imposibles y a los Manics  por sacar la pirada que llevo dentro y a Luis y Antonio por ser mis escuderos en esas aventuras). Y en agosto, ya lo he contado, unas amigas me llevaron a recorrer Madrid, queda y estimulante, distinta y llena de vapor caluroso.  Pero, sobre todo, hubo un inicio de proyecto  y un viaje estupendo y breve a Jumilla donde, entre otras cosas, vimos volar una cabra y hablamos en público en un castillo: gracias a mis chicos Durga por contar conmigo y a todos los que nos acompañaron en aquellas magníficos días de setiembre, sobre todo a Pedro por hacerlo posible.

Y muchas más cosas : novelas que se amontonaban en estanterías y en un Kindle viajero, músicas tan personalizadas como semanales, discusiones y cuadernos regalados, catarros y resacas.  Tampoco he triunfado en la pasarela ni lo pretendía, no he ganado ningún premio literario ni  me presenté, ya me he resignado a ser la única persona del mundo mundial que no acierta un solo número de la Primitiva cuando se acuerda de sellarla. También se me siguen caducando los yogures y siempre encuentro algo mejor que hacer que seguir la rutina del gimnasio.  Ha habido ausencias dolorosas y pérdidas para siempre que hacen, claro, que quieras quedarte un buen rato a disfrutar de lo que te toca y persigues.  Quiero que 2013 me permita pedir y desear que  devuelva la salud a quien tanto quiero, que recuperemos todo lo que públicamente nos arrebatan o, al menos, luchemos por ello: que nuestra sanidad sea nuestra y la educación también.  Y que sigamos plantando batalla en casa y en la calle. Y entender, o que entiendan, que el trabajo es remunerado. Y dejémonos ya de performance al respecto.

Y, espero, como tantos otros años, seguir teniendo tus ojos sobre mis líneas. Porque aunque nos echemos de más, como decía la canción, a veces también te echo de menos. Y ningún año sería completo si tú no pasas por aquí.

Scroogismo sin querer

scrooge and marley

Imagen tomada de lastexittonowhere.com

Una deja de escribir en su blog por muchos motivos: falta de tiempo y de ganas, hastío y desidia, poca fe en lo que sale en las líneas temblonas, hay, como digo, muchos motivos.  También, como es el caso, que la vida se dé la vuelta y te enseñe el culo por no darte un corte de mangas: te levantas y el calendario te hace un calvo envidiable, de esos que te molaría hacer en muchas ocasiones.  Pensabas en que la Navidad de la gran crisis sería solamente eso: una Navidad más austera, mucho más soñada que la  que ya llevas toda tu vida imaginando porque, no nos engañemos, la “gran Navidad” es la que lees, la que recuerdas entre sueños, la que te devuelve esas ganas y la ilusión del Scalextric y la muñeca Leslie que le caía a tu prima, en la que no pensaban en futuros futuribles y, zas, en toda la boca, te viene una Navidad muy adulta y guerrera, en la que los anuncios y luces son una extraña comparsa a la angustia que tú tienes, a la que vives más perdida que Chencho en la Plaza Mayor, en la que quieres desterrar a Scrooge porque un día es un día y qué carallo, pero no, te toca vivir, como a tanta gente en la que nunca has pensado, el sarcasmo infinito de estar perdido en un Corte Inglés de eterno estreno, de asistir a ochenteras fiestas de maniquíes de transeúntes y árboles, de luces y belenes. Y tú vas por esa calle de la impostada alegría con un vestido hecho de titulares de periódicos o de diagnósticos médicos, y tu escasa vacación no lo es, es, lisa y llanamente, un kilométrico pasillo de hospital.  Pero es también un montón de mensajes de ánimo, es la sonrisa confiada de un paciente al que quieres mucho, es compartir, por primera vez en muchos años, un menú colegial de dos platos y postre con tu padre, es ver alrededor a muchas personas a las que les han hecho un calvo también.  Ves el cansancio de lo tan aséptico y limpio,y, aunque todo vaya bien, te das cuenta, y ya era hora, de todas esas Navidades que son reales  y que mientras vivías subida a un carrusel de alegrías solo eran una piedra de toque y un pequeño nubarrón en un estado plagado de felicidades. Un fin de diciembre sin fin del mundo, con un recién comenzado soniquete de san Ildefonso, con menos actores secundarios y de bulto en todas las calles, un mes de diciembre más, señalado en las otras cronologías, en los aniversarios de lo que se borra, de lo que no quieres dar por existido.

Y te acuerdas, una vez más, de los diciembres de Truman Capote, de Dylan Thomas y de la señora Munro, de tantas y variadas siluetas entre las líneas de lo que lees.  Y hace un año, exactamente un año, escribías sobre una mirada navideña e infantil. Y lo dejas pasar antes de irte de nuevo a los pasillos largos e inmaculados, de volver a un día lento de horas interrumpidas solamente por la entrada y la salida de leves y sonrientes enfermeras. Y quizás tu deseo y no otro, sea, nuevamente, que todo cambie de golpe para que vuelva a ser lo que era.  Y te pones, tomando un café apresurado, un poco gatopárdica.

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