Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “junio, 2012”

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  • Imagen tomada de vintagemetalart

    Para Fran, que cocina mucho.

    La conversación siempre empezaba del mismo modo. Ella preguntaba: “¿Comida favorita del día?” . Y él, poniendo todo el interés que se pone en lo que se repite y abre nuevos capítulos, invariablemente contestaba: “la cena”.

    A ella le encantaba el desorden, el caos, lo improvisado.  Abrir la nevera y, como en un caleidoscopio, ir disponiendo los colores y las formas, todo lo que encontraba encima de la mesa. Sin orden ni concierto. Por eso le gustaban tanto la merienda y el desayuno : allí se mezclaba el amarillo de la mantequilla con las pardas aceitunas, el jamón envuelto en papel blanco de charcutería y los patés mimados en sus tarros de cristal. Partir el pan en pedacitos, en cuadrados, en triángulos, en rebanadas de capricho y rareza.  Él se reía porque, en el fondo, pensaba que aquello no era comida. Eran juegos de niños, cacharritos y muñecas,  la fiesta del té de Alicia con peluches  inmóviles en las sillas de juguete. Todo lo que ella disponía sobre el mantel floreado para compartir le recordaba a las comiditas que salen en los episodios de Los Simpson: colorines, formas infantiles,  imposturas deliciosas.  A ella, todo lo que él cocinaba, y que aplaudía como loca, le parecía tan solemne como una ceremonia personal.  Él usaba ollas y cazos, todo tipo de impedimenta:  horneaba pasta, le hacía probar el punto de los arroces, la delicada textura de una salsa, le pintaba bigotes de chocolate avanzando el deseo de la sobremesa.

    Con el tiempo, y sin decidirlo, ella empezó a merendar dos platos y postre. Él, en cambio, comía y cenaba retales de nevera.

    Se entendían tan bien que montaron en su casa un restaurante de horarios anárquicos para dos comensales.

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Cosas que pasaron hace más de veinte años

Hace más de veinte años empezaba otro verano. Uno en el que tuve una fiesta sorpresa de despedida, un sombrero mexicano de regalo y unas gafas de so, un inesperado y anacrónico cumpleaños. Hace más de veinte años yo pensaba, creo que ya lo conté, que la vida de verdad empezaba sintiendo temblar un avión, atravesando un Atlántico nuboso e imposible, un océano de incógnitas, unos lejanos bloques de hielo acostados entre incertidumbre, un sello en el pasaporte, una cola para entrar en lo prometido. Los ojos cerrados para grabarlo todo bien y escribir aquella carta de más de doce folios que recibieron en casa. Hace más de veinte años vi aquellas pantallas de ordenador en la biblioteca Doheny, comprendí la alquimia extraña de los cambios de moneda. Hace esa burrada de años sentía el vacío solitario de la incomprensión en el cine, en las noticias, en los periódicos observando con admiración y devoto respeto aquellas palabras unidas de las que comprendía menos de la mitad, aquellos discursos fascinantes y rápidos a los que querías llegar y aún no podías, e ir descubriendo poco a poco cómo ibas escribiendo tu propia gramática de tiempos, tu léxico absoluto de certezas, la fonética y la fonología de olvidar algunas miradas y empezar a buscar otras. Hace todos esos años, en aquella ciudad tan acogedoramente inhóspita, tan llena de grietas en el suelo y palmeras en las avenidas, de playas televisivas y soles abrasadores, allí, tuve mi pequeño lugar en el mundo. De brunch después de patinar. De aquellas piscinas tan David Hockney. Yo, aquella chica de provincias que  aprendió  que no hay que guardar nunca las maletas, aquella chica que quería ser displicente y leía a Kristeva y a Huizinga, que flipaba con Bakhtin, que aprendió tanto y tanto de aquellos compañeros de Chile, Argentina, Canadá… que hacía fotos de fin de curso a sus alumnos y  viajó  a san Francisco por militancia de diletante criada en suplementos dominicales. Esa chica vio las protestas de la primera guerra del Golfo y pasó un toque de queda en unos disturbios,  se enamoró justo antes de irse y  tuvo una ceremonia de birrete y toga. Todo tan lejos y tan cerca.

Esa chica de hace veinte años es ahora esta mujer veinte años después.

En un cuaderno Moleskine (21) : territorios

 
Quizás la única manera de llamar su atención era escribirle un cuento. O algo semejante. La verdad, ya se conocían todos los recursos, las trampas, el cajón de guardar los lugares comunes. Pero luego era todo distinto: él siempre la sorprendía llevándola de copiloto, sobrevolando países de viñetas y melodías. Ella diseñaba laberintos y tendía un hilo de Ariadna, conduciéndole por senderos que, como en la novela, se bifurcaban y tenían un castillo. Y recorrían Samarkanda y Katmandú, el mundo artificial de robots plateados y enormes, armas blancas y verbales. La ficción y los vinilos. Y una cinta métrica que se comía los kilómetros que, entre ellos, eran un cielo protector, un mar pletórico de sargazos, una distancia que se salvaba en el mapa con un dedo en diagonal, que computaba el lugar de la memoria. De vez en cuando, pero solo de vez en cuando, como intentando un nuevo juego de mesa, uno de los dos arrugaba un poco las esquinas del mapa que usaban  como mantel para, inconscientemente, acercarse.Y se quedaban los dos así unos segundos, perdidos en un abrazo de melancolías infinitas, separados por un ajedrez sin peones ni tablero.
Y, a veces, pero solo a veces también, uno de los dos retrocedía, solo para dejar avanzar al otro. Y volvían a los robots y la semiótica, a la tinta enredada y a jugar a leerse los silencios.
Todo esto lo escribió ella de un tirón, una noche en que le echaba más de menos que de costumbre. Y le pidió que pusiese un párrafo que no fuese un final. Y él, asomándose a la ventana de estas letras, absorbiendo el sol de una pantalla, escribió…

Feliz o normal

Little girl reading. Imagen tomada de culturedchaos.wordpress.com

La infancia es un territorio bastante amplio, desesperado, fugaz y a la vez persistente, para hacer de él literatura.  Hay ajustes de cuentas muy lejos de la cerveza de jengibre, de los cortaplumas y de los escondites, de esos niños adultos que hacian reuniones en cobertizos y hablablan, ayudados por la pomposa solenmidad de algunas traducciones, con total naturalidad y desparpajo, con policías y tenderos, niños indagadores y peregrinos, personajes, sin más.  Los hay  que, claro, caen por madrigueras, otros que se pierden en territorios de reivindicación absoluta de una infancia difusa y sin definir, un Nunca Jamás de piratas y hadas traidoras. Niños que recorren palacios destartalados como ellos mismos,  que tienen sobre la alfombra todas las piezas de Lego del futuro, que se asoman a los trampantojos de la adolescencia..  Pero hasta aquí yo no he contado nada nuevo. Todas estas líneas podrían ser, más o menos,  algo que ya se haya contado sobre Barrie, Blyton, Donoso, Carroll, posts perdidos en blogs que pocos leen. Por eso, no vamos a hablar hoy de lugares comunes en las infancias literarias comunes o en los adultos Cebolletas o nostálgicos. Hablemos hoy de los niños equivocados, de los que, un buen día, recopilan todas las notas a pie de página para intentar comprender esa novela que ya casi han terminado.

Jeanette Winterson cuenta, en primera persona o en la mejor de las máscaras narrativas, lo que fue ser niña única en una cuna equivocada. Alguien dijo alguna vez que todo aquello que no era autobiografía era plagio.  Pero no, voy a corregir: habla de crearse una voluntad para salir adelante en un entorno de enfermizo fanatismo. De reconocer su identidad sexual. De leer en la biblioteca pública de Accrington, por orden en la balda y de la A a la Z,la literatura inglesa a su alcance. De hacer el amor en un coche con la chica que le gustaba.  De llegar a Oxford y seguir autoeducándose, de buscar la biología ausente y, para ella, necesaria del auténtico origen. Y de algunos naufragios. Pero hasta aquí  nada sería diferente a las novelas o autobiografías noveladas de escritoras o gente que se autocomplace de ver cómo molan y lo lejos que han llegado a pesar de haberles dado hasta en el carnet de identidad (y eso que los ingleses, creo, no tienen DNI).   Esta verdad de las mentiras o mentiras de las verdades, está, en mi opinión, lejos de todo eso.  Es, y lo mejor de todo es que quizás no lo pretenda, una declaración completísima de amor al aprendizaje, a la bulimia por el conocimiento, a la escritura como demonio domesticado y a adoptar la subversión más allá de los lemas serigrafiados en camisetas o  las pegatinas de las manifestaciones . Si tuviese alguna vez que definir bien ese concepto tan de moda de edupunk hablaría de Winterson. Si tuviese que escoger algún párrafo de defensa de la necesidad de las bibliotecas públicas, hablaría de ella de nuevo. Y si tuviese que animar a alguien, que tengo que hacerlo, a seguir adelante a pesar de los incendios, recordaría a la protagonista viendo los restos aún humeantes de sus libros quemados por su madre y diciendo: “A la mierda. Puedo escribir yo”.

La normalidad puede que sea una entelequia inventada, tan incomprensible o más que las primas de riesgo.  Y la escritura puede que no lleve a nadie a la felicidad.  Y su arquitectura, por mucho que digan los filósofos mediáticos, es interminable. Como la voluntad de escribir, a pesar de todo y de todos.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?  Jeanette Winterson  Lumen,2012

Sobre niños en la literatura:  No se lo cuentes a los mayores :Literatura infantil, espacio subversivo de Alison Lurie  FGSR, 1998

Analógico/Digital (16): principios

Imagen tomada de stylelemon.com

Valía la pena escoger bien el principio.  Él dijo : “Me gusta el de Arquímedes. Por acuático y por sensual”.  Ella sonrió y recordaba que parte de las mejores conversaciones las habían tenido sumergidos ante aquellos azulejos tan setenteros, aquella bañera desconchada que llenaban de agua hasta arriba, atascándola con perlas de aceite y confidencias extremas. Les gustaba así, hasta la llegada de esa tiritona que precede a la toalla, antes de tener que desasirse y encarar el mundo de cenas sin hacer, picnics improvisados sobre la alfombra de Ikea del salón, los ojos vacíos de las sardinas en lata, el estallido de las patatas fritas luchando por salir las primeras de la bolsa. Ellos eran esto: la compañía en albornoz,  la melena mojada y comer sin etiqueta, atrincherados de cervezas y escalofríos, reservando el calor para más tarde en la noche. Fue en una de esas escenas tan “desayuno sobre la hierba de ciudad dormitorio” cuando empezaron a reflexionar, en alto, sobre los principios. Por eso él dijo lo de Arquímedes.  Ella, que parecía tan sensata, pensaba en el principio de Pareto : en los “pocos de mucho”, en los “muchos de poco”, en cómo perdía a veces energía y maneras con algunas estadísticas, cuando los borrones escritos, que ya eran de otros al navegar en universos digitales, pasaban desapercibidos, tanto como esos asesinos normales y corrientes que conviven en la misma escalera que  señoras entrevistadas en programas de por la tarde.  Era cierto : no podían articularse comportamientos, tampoco saber si las líneas temblonas iban a seguir un riguroso itinerario,el que comienza al sur de fibras ópticas y tecnologías.  Él sabía que ella se enfurruñaba mucho con todo esto y, por eso, ofreciéndole una cucharada de helado, mirando fijamente aquellos ojos de tristeza desilusionada, le dijo, esbozando la penúltima sonrisa:

-“Creo que vamos a poner punto y final a las decepciones. Todo tiene que ser así, como si tal cosa, como que no nos importa. Yo escribiré para ti. Y tú para mí. Y eso, solo eso, tiene que bastarnos. Será un ecosistema perfecto.”

Ella lo miró con admiración y glotonería. No hay nada mejor para levantarle a alguien el ánimo que establecer, como fondo de armario, el principio de incertidumbre.

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