Anchoas y Tigretones

Ventanas

Edward Hopper Ventanas de noche (1928)

La veía tendiendo la ropa. Una camisa de cuadros, trapos de cocina, sábanas inmensas como mapamundis, tan difíciles de manejar y que siempre acababan con los bordes sucios, oscuros, batiéndose contra la fachada. Los escasos metros de una ventana a otra eran las órbitas imaginarias de planetas distintos.  Un calcetín desparejado, el flequillo cayéndole sobre la cara, el forro polar que te remangas para inclinarte sobre el tendal, un vestido barato de tirantes, de mercadillo, en el verano.  Luego, la veía retirarse y  atravesar en canal el mundo que esconden las barras de pan, abrir la nevera poblada de imanes y prometedoras luces de interior, esas que te alegras tanto de ver cuando quieres beber agua por la noche.  Otras  veces la intuía pelando patatas o cebollas, haciendo filetitos pequeños de pollo,  salpimentando los días y las horas con cucharones y cupones de descuento, estos sí, distinguibles en la puerta de esa nevera con imanes.  Y sonreía pensando en cómo habían crecido los calcetines, las sudaderas,  las camisetas de clase de gimnasia y eran ahora tan enormes que aquella mujer se pasaba el día tendiendo y destendiendo, remangándose su forro polar o su vestido de verano, de esos baratos, de mercadillo.  Y ahora llevaba el pelo cortito y  tenía una televisión muy pequeña encendida todo el día. Una televisión con hombres y mujeres diminutos a esta distancia, con los mismos discursos alentadores y la misma publicidad invasiva.  Desde lejos, a través de los tendales y las sudaderas, parecía casi la misma persona de cualquier piso, de cualquier edificio, de cualquier ciudad. Y sabía que tenía que haber más vida, más y mejor,  ajena a otros ojos en las demás habitaciones de aquella casa, con nuevos personajes, escenografías y guiones.  Todo lo que le faltaba por conocer.

Cuando tendía la ropa, la chica rubia del apartamento de enfrente estaba siempre allí, escondida tras la tapa de un ordenador portátil, con sus auriculares y su mp3, con sus rotuladores y algún cuaderno analógico encima de aquella mesa tan fría, sin ningún mantel, con tanto cristal, con tanta transparencia.  La veía escribir y resoplar,  enroscarse el pelo en los dedos cuando repensaba, parecía, alguna frase, alguna cosa que decir, alguna respuesta a algún desconocido e invisible interlocutor. Desaparecía algunas veces y regresaba con un teléfono móvil y entonces se reía o  con una Coca-Cola en la mano y fruncía el ceño, o movía los labios en lo que parecía un ajeno playback tras subir el volumen de un enorme, grandísimo, equipo de música.  Se acordaba también de cómo una vez la vio llevarse la mano a los ojos sin disimulo, ahogarse en un pañuelo de papel, cerrar aquel ordenador tan plateado de golpe, bajar la persiana que estuvo tanto tiempo así, mediada, con el sol golpeando de frente, haciendo juegos irreales de luz y perspectiva, como en los cuadros de De Chirico.  Le habría gustado saber que estaba bien, espiarla por aquellos cuadraditos obscenos de la persiana, simplemente saber que estaba bien.  Y pensaba en la biología que habita en otras habitaciones que desconocemos, en la pervivencia de algunos ecosistemas, en la necesidad del observador de que nada altere la muestra bajo el microscopio para no tener que intervenir. Para que los personajes sigan evolucionando por sí mismos.

La mujer que tiende la ropa y la chica que escribe en un portátil nunca se conocerán porque ya se han inventado la una a la otra, especialmente en lo que les interesa, que es, muchas veces, lo que se espera de los buenos vecinos.

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4 pensamientos en “Ventanas

  1. Los pensamientos que me provoca el vecino cuando le veo tender su ropa no son tan puros.
    Una vez más, Princesa Sigrid, ¡felicidades!

  2. Ficción pero realidad, cotidianidad pero literatura, sexy pero blanco…

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