Anchoas y Tigretones

Hijos (5)

(Michael Fassbender. Imagen tomada de The seven sees.com)

Los adultos que somos ahora venimos de infancias con distintos trasteros.  Paseamos de vez en cuando, mentalmente o en álbumes de memoria, por esas cajas que amontonamos con anecdotarios diversos, con adornos de pasadas Navidades, con ropita de muñeca cuidadosamente doblada. O queremos, alguna vez, recuperar esa bici que nos ayudó a transitar por algunos límites. A veces, asentados ya en otras décadas, habitando distintas cronologías, cogemos de un cajón la llave que nos abre, por un momento, ese mundo. Lo abrimos y acariciamos de nuevo las rutinas de los que éramos en, por ejemplo, el 73. No creo que seamos olvido de nosotros. Tenemos la llave.

Hay adultos a los que les robaron la infancia. Y, por tanto, no hay dónde guardar la sorpresa, la incertidumbre, el calor y las lágrimas. O sí, mejor dicho, es un trastero lejano,  con una cerradura atascada, poblado por los imposibles monstruos del odio, el dolor, la falta de compasión, la soledad, el miedo. Y no se contentaron con quedarse a vivir tan lejos, agazapados y olvidados.  Se han convertido en una pesada mochila que ese adulto sin infancia, sin tarta de cumpleaños y sin botas de agua para las tormentas, lleva encima pesadamente. Casi como un tercer brazo, el que podemos colocar con disimulo dentro de la chaqueta para que no nos llamen monstruos en el recreo.

Hay adultos, por tanto, que solo pueden mirar al mundo fríamente. Y emprender carreras hacia la nada. Huidas compulsivas hacia adelante. Hacia el sexo, hacia la soledad, a la imposibilidad de soportarse a uno mismo.  Y, de vez en cuando, romperse. Y no mirar alrededor. Nunca. Mirando hacia adelante. Al ademán del chapero apoyado en una puerta discreta. A la prostituta que cuenta el dinero con matemática certeza.  Sepultarse en chats privados.  En soledades grises, diseñadas con trazos certeros. Abrazar la sordidez y el castigo. Intentar expiar una culpa difusa, lejana, ejercida por otros más violentos. O una historia que avergüenza y hay que olvidar, no ha sucedido, no  es, no fue.  Tener, alguna vez, miedo. Y ponerse el disfraz de urbanita educado, aséptico, trendy y sexy, y volver a la caza. Los hay que se anulan y consiguen convivir con su sombra gracias, o a pesar de, el alcohol. Otros,convirtiéndose en depredadores. Y alguna que otra vez se equivocan y muerden su sombra.

Hay adultos que no quieren abrazos, ni recuerdos. Tampoco, quizás, futuros. Ni cuidar o apreciar ciertos vestigios familiares a los que no puedes renunciar, una hermana, por ejemplo.  Esa que era tan inquieta de niña que se hacía daño. La que te dice, un día, que no sufras. Que ni tú ni ella sois malas personas, sino que venís de lugares equivocados. O malos, no recuerdo bien. Lugares que, de vez en cuando, te envían una postal para que no te olvides de ellos.

Película: Shame  Dirigida por Steve McQueen. Protagonizada por Michael Fassbender y Carey Mulligan.

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3 pensamientos en “Hijos (5)

  1. There’s a darkness on the edge of town. There’s a darkness on the eeeddddgggeee offff towwwwwnnnnn.

  2. Pero sempre temos un despois. Sempre nos queda toda a vida por diante para pór as cousas no seu sitio.
    Despois da conversa que tiven onte, na microcafetaría do hotel San Miguel, cunha marabillosa dama, vexo o mundo fermosísimo.
    Bicos

  3. Pingback: Hijos (7) : la geometría rara y las tartas de cereza | Anchoas y Tigretones

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