Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “febrero, 2012”

Hijos (5)

(Michael Fassbender. Imagen tomada de The seven sees.com)

Los adultos que somos ahora venimos de infancias con distintos trasteros.  Paseamos de vez en cuando, mentalmente o en álbumes de memoria, por esas cajas que amontonamos con anecdotarios diversos, con adornos de pasadas Navidades, con ropita de muñeca cuidadosamente doblada. O queremos, alguna vez, recuperar esa bici que nos ayudó a transitar por algunos límites. A veces, asentados ya en otras décadas, habitando distintas cronologías, cogemos de un cajón la llave que nos abre, por un momento, ese mundo. Lo abrimos y acariciamos de nuevo las rutinas de los que éramos en, por ejemplo, el 73. No creo que seamos olvido de nosotros. Tenemos la llave.

Hay adultos a los que les robaron la infancia. Y, por tanto, no hay dónde guardar la sorpresa, la incertidumbre, el calor y las lágrimas. O sí, mejor dicho, es un trastero lejano,  con una cerradura atascada, poblado por los imposibles monstruos del odio, el dolor, la falta de compasión, la soledad, el miedo. Y no se contentaron con quedarse a vivir tan lejos, agazapados y olvidados.  Se han convertido en una pesada mochila que ese adulto sin infancia, sin tarta de cumpleaños y sin botas de agua para las tormentas, lleva encima pesadamente. Casi como un tercer brazo, el que podemos colocar con disimulo dentro de la chaqueta para que no nos llamen monstruos en el recreo.

Hay adultos, por tanto, que solo pueden mirar al mundo fríamente. Y emprender carreras hacia la nada. Huidas compulsivas hacia adelante. Hacia el sexo, hacia la soledad, a la imposibilidad de soportarse a uno mismo.  Y, de vez en cuando, romperse. Y no mirar alrededor. Nunca. Mirando hacia adelante. Al ademán del chapero apoyado en una puerta discreta. A la prostituta que cuenta el dinero con matemática certeza.  Sepultarse en chats privados.  En soledades grises, diseñadas con trazos certeros. Abrazar la sordidez y el castigo. Intentar expiar una culpa difusa, lejana, ejercida por otros más violentos. O una historia que avergüenza y hay que olvidar, no ha sucedido, no  es, no fue.  Tener, alguna vez, miedo. Y ponerse el disfraz de urbanita educado, aséptico, trendy y sexy, y volver a la caza. Los hay que se anulan y consiguen convivir con su sombra gracias, o a pesar de, el alcohol. Otros,convirtiéndose en depredadores. Y alguna que otra vez se equivocan y muerden su sombra.

Hay adultos que no quieren abrazos, ni recuerdos. Tampoco, quizás, futuros. Ni cuidar o apreciar ciertos vestigios familiares a los que no puedes renunciar, una hermana, por ejemplo.  Esa que era tan inquieta de niña que se hacía daño. La que te dice, un día, que no sufras. Que ni tú ni ella sois malas personas, sino que venís de lugares equivocados. O malos, no recuerdo bien. Lugares que, de vez en cuando, te envían una postal para que no te olvides de ellos.

Película: Shame  Dirigida por Steve McQueen. Protagonizada por Michael Fassbender y Carey Mulligan.

Soma y dopaje

Imagen de x-ray delta one en Flickr cc

Estos días pasados, en otros ámbitos, he escrito y hablado sobre hacer acopio de anestesias. Una se imagina un botellón gigante, en el que, haciendo cola, como en esas fotos de la posguerra y el estraperlo, las que documentan guerras mundiales y civiles,  veríamos una cola gigantesca de hombres, mujeres y niños recogiendo una dosis en probeta de una soma, un elixir, un narcotizante para seguir. Anestesias, mentiras artificiales que ayudasen a enmascarar la nada, el desconcierto y la angustia de esa página escrita por otros en la que se está convirtiendo el día a día. Quizás estemos disueltos ya en algo que comienza a hacer innecesario el cabrearse, el revolverse, el protestar. O no, es cierto, somos la repera reinvindicativa: la semana pasada -¡somos tan ingeniosos!-hicimos circular imágenes que comparaban torres de un lado y del otro, es que nos cabrea tanto que nos digan que nuestros deportistas se dopan- otra soma, vaya-que hay que levantarse a golpe de click y ponerse la chapita de la selección, la que sea, porque hay que rebotarse contra tamaña maldad.

Reivindicar la calefacción y el material escolar hace que te zurren a porrazo limpio, normal, a quién se le ocurre pedir semejantes cosas.  Eres el pedazo de disidente al que la soma no le mola, no le va bien, no le convierte en ese ser dócil y anodino que traga consignas y se las cree.  Pero una empieza a pensar también que, cuando lo están haciendo unos adolescentes que tenían que ir al instituto con mantas para no helarse, es que vamos mal.  Y sí, es verdad que todo, absolutamente todo es manipulable (véanse las galerías de imágenes y los pies de foto de algunos medios, busquen y comparen y si encuentran más realidad, cómprenla).  Pero el frío, el hambre, la pobreza, Haití, los bancos y su pastelera madre, son reales.  Aunque sean  superados, una y otra vez por nuevos retweets. Y nuestro pasotismo de salón también.

Soy más pesada que un collar de cocos pero es que hay que pensar en Humpty Dumpty y su definición de quién es el que manda. Aunque lo peor es que se declare una crisis mundial en la distribución de soma. Y entonces, a ver qué coño hacemos. Abrir los ojos de una vez, quizás.

En un cuaderno Moleskine (16) : …y la cinta de Möbius

Infinite Loop from warwick on Flickr cc

El cuaderno, esta vez, en tercera persona:

“Nunca lo había sentido tan lejos como estos días. Era extraño: esperaba cualquier señal de su vuelta voluntaria, un atisbo de no sabía bien qué perdones, un indicio de calor. Seguía escribiendo y pensando, en él, para él. Le faltaba su mano que nunca había tenido. También una piel que había gastado sin olerla. Se estremecía de nuevo cuando, periódicamente, escuchaba su voz,brevemente, enzarzada en algunas melodías y pentagramas. No, eso no se iba.. Y después de todo, pensó que las historias eran siempre circulares: empezaban con una comunicación silenciosa, ignorada, desconocida por ambos. Pasaron días enteros enmarcados en líneas alternativas, ella, él, ella, él, en una conversación que se intensificaba, que desgranaba, poco a poco, intimidades y ternuras, tristezas y algún enfado, confidencias a medianoche y a mediodía, recetas de cocina y pedazos de anécdotas en el tiempo. La distancia medida en kilómetros los protegía. Él hacía mucho que tenía otras guerras interiores. Y ella también. Bordeaban, de algún modo, la forma de no mostrarse las heridas. Aunque arrastraban tantas cicatrices que no podían tapárselas, ni aún usando las dos manos.  Y no saben por qué coño se querían tanto y se sentían, sin haberse mirado a los ojos nunca. Pero compartían un aire imposible. Y se adoraban. Y, a veces, se detestaban profundamente. Y todo lo hacían así, sin gramáticas posibles. Un día ella quizás tuvo una falta de ortografía. O él se saturó de una” invisibilidad invasiva”, o de esta aliteración, o de la cacofonía. O sucedieron cosas que nunca, es muy posible, se contasen. Ninguno de los dos, al final, era nadie para dar o pedir explicaciones. Y ella comenzó a pensar que si quería aprender su lengua, tenía que trazar una distancia que le llevase desde él  hacia él y a pesar de él.  Le escribió este texto, como una banda de Möbius, una pirueta verbal, un desahogo inoportuno, sin reproches inmerecidos porque no tenía de qué quejarse. Y antes de darle al enter y enviarlo, sin esperar respuestas ni acuses de recibo, dibujó en el aire  un problema  :el símbolo de un límite cuando tiende a infinito”.

La ficción y sus verdades

Hay días, de verdad, en las que una querría cerrar la tapa del portátil y que se quedasen dentro, en un remolino que enfila un sumidero, millones de cosas: los morros torcidos de toda la mañana y parte de la tarde, la mala leche, la adrenalina, la desazón y las malditas memorias. Bien. Pues dejémoslos ahí porque llevo una temporada como el naúfrago de Forges que le decía al compañero :”Un día me voy a cansar, José María, y entonces…”.  Desestimando la posibilidad de las huidas, de las maletas abrazando suelos de aeropuertos,  de los paisajes infinitos soñados de postales, no queda otra que quedarse y esperar si escampa. Parece que no, de momento, y que las lluvias torrenciales arreciarán, y mucho.

A veces, por puro acojone mental y cobardía, apetece adoptar la actitud del caracol. Hacerse un nudo cómodo en la concha, esperar a que termine de llover, olvidar que nuestro caparazón es tan endeble como algunas biografías. También es cierto que las retiradas a tiempo, al borde de las tormentas, nos dan ese intermedio ganado para la reflexión. Podemos, mentalmente, esparcir las piezas de ajedrez sobre el tablero y pensar. Mucho.

En medio de todas estas estrategias, de estos paquetes de supervivencia de diseño, casi de los que se venden en el coronel Tapioca, están estas líneas.  No sé si creo en la terapia de la escritura, creo, eso sí, en la distancia y el desdoblamiento, en hablar de una misma desde otro lugar que no es el mío, desde otro sillón que no conozco, desde un entorno en el que puedo ser mucho más incisiva, mucho menos insegura-quizás, quien sabe-, pero sí hablar de las realidades y ficciones de quien soy y no soy, de esa a la que veo en el espejo, a la que guiño los ojos y saco la lengua. ¿Hay personajes que superan o se comen a la persona? No lo sé. Hay quien muere creyéndose Tarzán o Drácula, hay quien se cree césar o diva antes que nada, y quien extiende la red de las imposturas en una compleja tela de heteronimias.  La verdad, aquí, tiene sus mentiras. Ya lo dijo hace mucho tiempo un premio Nobel.

Pero resulta que la ficción puede tener sus verdades, aunque sean impostadas, aunque no puedan palparse. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando el más famoso detective de ficción-con permiso de Mr. Poirot y otros más-es trasladado, dentro de otra ficción mucho más cercana, a nuestras snobs vidas de smartphones , apps y búsquedas en internet.  Veo Sherlock en la tele y me atrapa, además de su encanto tan contemporáneamente nerd,  su elegante abrigo largo sustitutivo del Macferlán,  sus parches de nicotina (cómo te comprendo, cariño) aparcando la cuasioficial pipa.  Y no hablaré de ese Watson que es mi máxima debilidad televisiva.  Gensantísima bendita.

Hasta aquí,creo, el guiño va en una sola dirección. Pero qué difícil es hoy sustraerse a comprobar en Google o en la Wikipedia el origen, características o, incluso, la existencia (en la red, otra impostura) de algunas cosas. Y cuando Watson en un episodio se congratula de las visitas a su blog, una abre de nuevo ese netbook rojo cereza que ha cerrado para no seguir sufriendo y encuentra esto:

The personal blog of Dr. John H. Watson  Oh. Dios mío. Es blogger. No lo puedo querer ya más a este jombre. Un momento: es el blog real de un personaje ficticio. ¿A qué jugamos guionistas o expertos de marketing? A la paradoja, claro. Y, mientras leo las escasas líneas, empiezo a deducir que la verdad, la mentira, los caracoles y las conchas actúan, realmente, como les salen de las mismísmas o de los mismísimos. ¿A que no sabéis cómo lo he comprobado?. Bingo: claro que sí, Sherlock tiene su propia página, a la que ha aludido en varias ocasiones:

The science of deduction  Sus casos, sus pensamientos, sus cosas, qué chiquillo.

Es triste que la realidad nos putee, claro que sí. Pero cómo mola, pero cómo, que lo haga la ficción. Cualquiera de ellas. Cómo comprendo a Irene Adler. I’m Sherlocked!

(Gracias a los enlaces en la página de Facebook de Pequod Llibres de la que debéis ser fans inmediatamente si no lo sóis ya)

Bibliotecas, otra vez

Una vez escribí aquí sobre la primera biblioteca que visité. No vamos a volver sobre el recuerdo de los tebeos, de los primeros libros llevados como objetos de culto, protegiéndolos de la lluvia en dobladísimas bolsas de plástico que mi madre me hacía llevar. Los libros eran de todos, eran algo público: había que cuidarlos.  Pero tiene razón Ruth López Zazo en este post: muchos de los que nos dedicamos a “algo”, lo que sea, relacionado con las bibliotecas lo vinculamos, casi por ósmosis, con un primer recuerdo de carnets rosas a mano, de contemplar con admiración y respeto tooooodas aquellas filas de libros tejuelados, ordenados, solemnes y que nos miraban con la displicencia del veterano de colegio mayor. En bibliotecas se lee, se proporciona información, alegría, diversión, en algunas silencio, a otras vamos solamente a recoger “la dosis” de lectura voluntaria.  También se liga mucho. Se usa internet e incluso te enseñan a manejar herramientas digitales.  Te puedes apalancar a leer el periódico, revistas, libros en acceso directo. Si tú quieres. Porque son algo de todos y para todos. Una casa compartida.

Tengo un amigo inglés que habla de cómo leyó a Tolkien   en la biblioteca pública de su ciudad y siempre envidio ese concepto de respetabilidad y servicio público, social, que tienen las bibliotecas en los países anglosajones.  Donde no se habla de gastos, sino de inversiones de futuro.  ¿O ya no? : campañas como Save our libraries en el Reino Unido o Save the libraries en Estados Unidos ponen de manifiesto la necesidad de proteger algo tan sumamente imbricado en la sociedad como ese primer lugar de acceso al conocimiento y la fantasía. Y no hablemos de nosotros : con tanto y tanto que hemos avanzado en ese aspecto en los últimos años, gracias muchas veces al entusiasmo de los profesionales más que a las facilidades administrativas, pues resulta que no, que ya no vale, que las bibliotecas públicas no son tan necesarias. O lo son menos. O casi nada.

Es verdad que muchos servicios son mejorables, y, por tanto, las bibliotecas también.  Y para seguir ofreciendo puertas abiertas a la información, a la lectura y a  otros valores que consideramos tan necesarios, es imprescindible defenderlas como parte de nosotros mismos, del patrimonio vital, ese que se transmite y no puede ser expurgado.

El sábado día 4 de febrero (National Libraries Day)habrá una “marea amarilla” en Madrid : se abrazará a la Biblioteca Nacional,se defenderá el valor de la lectura para todos en las personas de lectores y bibliotecarios. Estaré muy lejos ese día, pero me abrazaré a todas las bibliotecas que me encuentre por el camino.

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