Anchoas y Tigretones

Hijos (4)

Lo bueno de no ser crítica de cine es que puedes decir lo que te dé absolutamente la gana sobre una película, ser incoherente, no referirse a técnicas ni ajustes,  y quedarse con lo básico: si disfrutaste o no.  Lo malo de no ser crítica de cine es que  no creas canon de ningún tipo, te haya parecido lo que te haya parecido la última de Almodóvar, es un suponer, ni nadie espera con la respiración contenida lo que puedas o no decir.  A nadie le importará si te fascina Von Trier y otros recién llorados directores griegos te parecen un coñazo del trece. Son ejemplos, claro, y opiniones.  Hay un libro de Javier Marías, otro que tal baila haciendo amigos, que se llama “Donde todo ha sucedido: al salir del cine”. Y esa es la idea.  Salir del cine: solos, con alguien a quien hemos asido la mano en la oscuridad, albergando ideas asesinas hacia los adictos al smartphone y a la laconada en tuperguay (ya es lo que les falta por llevar a algunos) y hablar de lo que hemos visto, sufrido, admirado y degustado. Hablar sobre el cine al salir de allí. Eso es.

Hay algo en las películas de Alexander Payne que me envuelve, además de en nostalgia, en algo más intenso: en la sentida complicidad de las ciudades dormitorio, de los lugares sin encanto, de la otra visión de los soñados paraísos californianos o, incluso, hawaianos. (No sé por qué no escribo jaguallanos, todos nos entenderíamos mejor. En fin: más propuestas a la RAE).   El viaje de Entre copas por esa real California de faked paradises, de neones medio fundidos, de ruralidad kitsch tan del Medio Oeste.  Una California vulgar y de KMart, de sandalias y calcetines,  en la que hacer botellón de Pinot Noir y desencanto como parte del menú diario.  Cuando vi  “A propósito de Schmidt” me sentí cómoda al momento  con su ácida ternura. Me gustaba aquella caravana en la que Nicholson  recorre los que fueron en un momento sus lugares comunes, aplaudí el clamoroso desnudo integral de Kathy Bates en el jacuzzi : la naturalidad de los años y los hijos.  Y también un entorno tan kitsch como disparatado, en el que se mezclan las bodas y los niños apadrinados.   En Los descendientes  ese mundo  destartalado de piscinas cubiertas de hojas volanderas, de sillas de jardín oxidadas, de hijas criadas de forma un tanto punk y salvaje, es un decorado para mostrar lo que, a la hora de la verdad,son  los temas clásicos en las relaciones familiares: los desencuentros, los secretos, las vidas paralelas, los saltos generacionales.  Padres que no están o que han estado siempre y no los hemos visto. Madres que quieren, por encima de todo, seguir siendo mujeres. Y parejas que se diluyen en la etiqueta de “somos una familia”.  Y cada uno sigue, como el hamster, rodando en su propia rueda, en su propia jaula. Y nada más.

Quizás la película de Payne me gusta porque es un drama sin drama. Porque hay mucho humor en medio de circunstancias duras. Y Hawaii tiene niebla y George Clooney viste como un paleto integral sin encanto. Con una cuidada vulgaridad. Creo que eso es lo que más me gusta: aquí, a diferencia de otras películas, las hijas siguen siendo tal cual eran.  No hay redenciones ni reeducaciones ni nada por el estilo. Son exactamente las mismas personas con sus tacos y botellones, pero que han añadido a su padre a su círculo de relaciones vitales. Y no sustituye a la madre moribunda en absoluto. Se incorpora. Y me parece un grandísimo ejemplo de educación a la inversa.  Son ellas las que le muestran lo que estaba sucediendo y él no supo ver. Y todos aprenden a intentar, ojo, eso es: aprender a intentar aceptarse. Quizás no lo consigan nunca. Pero, por lo menos, se soportarán como compañeros de viaje. Y esay no otra es la maleta más rentable para  el viaje a la edad adulta : esa en la que ya llevan ventaja los padres cuando nosotros llegamos.

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6 pensamientos en “Hijos (4)

  1. Me ha gustado mucho pero tengo que pensar…

  2. Sigrid, como uno no es crítico de cine y, por supuesto, tampoco de literatura, te ruego que me perdones si traigo el morlaco a mi terreno que es el de la opinión personal, es más, el de la vida privada. La frase del artículo que más me ha impactado ha sido:

    “Padres que no están o que han estado siempre y no los hemos visto. Madres que quieren, por encima de todo, seguir siendo mujeres. Y parejas que se diluyen en la etiqueta de “somos una familia”. ”

    No sé si es que ves fallos en estas tres circunstancias. Yo, por el contrario, no veo más que lo correcto: los padres debemos estar siempre ahí y parecer que no estamos, si se nos nota es que algo va mal; es fantástico que las madres quieran seguir siendo mujeres y hasta personas (lo digo por amargas experiencias de dependencia y culpa que me rodean aunque, afortunadamente, no con la que es mi mujer); y, por último, la “disolución” en la familia, claro, nosotros también somos una familia, que es lo que queremos transmitir a nuestros hijos, es decir, una entidad de apoyo mutuo con lazos muy fuertes, pero a solas somos una pareja y cada uno por su lado es una persona con vida propia. Es difícil compaginar todo eso pero es divertido y, además, es la vida.

    • ¿Fallo? En absoluto. No veo fallo ninguno. Las familias son lo que son, ni más ni menos, muchas de ellas, como decía el otro “infelices a su manera”. Yo, de todas formas, creo siempre antes en las personas que en los lazos que establecen, por voluntad propia o por azar (la pareja es voluntaria, los hijos los buscas y los quieres pero apechugas con lo que viene, digámoslo así). No creo ni en las familias Hollister ni tampoco en el modelo tópico de disfuncionalidad. Creo que hay de todo en todas partes y es ese cóctel o la búsqueda del equilibrio lo que lo hace divertido. Y difícil.

      • Bueno, yo creo en las personas y también en los lazos que establecen porque eso forma parte de la persona. También te digo que las familias Hollister no existen, son los padres, digo, no. Son sencillamente mentira, seguramente un ejercicio absurdo o doloroso para algunos miembros de hipocresía y, en ocasiones, hasta de violencia.

  3. “Hablar sobre el cine al salir de allí. Eso es.”

    Por eso no me gusta ir sola al cine, porque al salir necesito hablar. Y si es posible con una copita de vino en la mano.

    Me encantó este post. Fue como hablar al salir del cine. Pero no digo nada, porque aún no he visto la película.
    Intentaré verla en casa, aunque ahora que nos han cortado el megavideo…

  4. Pingback: Hijos (7) : la geometría rara y las tartas de cereza | Anchoas y Tigretones

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