Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “enero, 2012”

Hijos (4)

Lo bueno de no ser crítica de cine es que puedes decir lo que te dé absolutamente la gana sobre una película, ser incoherente, no referirse a técnicas ni ajustes,  y quedarse con lo básico: si disfrutaste o no.  Lo malo de no ser crítica de cine es que  no creas canon de ningún tipo, te haya parecido lo que te haya parecido la última de Almodóvar, es un suponer, ni nadie espera con la respiración contenida lo que puedas o no decir.  A nadie le importará si te fascina Von Trier y otros recién llorados directores griegos te parecen un coñazo del trece. Son ejemplos, claro, y opiniones.  Hay un libro de Javier Marías, otro que tal baila haciendo amigos, que se llama “Donde todo ha sucedido: al salir del cine”. Y esa es la idea.  Salir del cine: solos, con alguien a quien hemos asido la mano en la oscuridad, albergando ideas asesinas hacia los adictos al smartphone y a la laconada en tuperguay (ya es lo que les falta por llevar a algunos) y hablar de lo que hemos visto, sufrido, admirado y degustado. Hablar sobre el cine al salir de allí. Eso es.

Hay algo en las películas de Alexander Payne que me envuelve, además de en nostalgia, en algo más intenso: en la sentida complicidad de las ciudades dormitorio, de los lugares sin encanto, de la otra visión de los soñados paraísos californianos o, incluso, hawaianos. (No sé por qué no escribo jaguallanos, todos nos entenderíamos mejor. En fin: más propuestas a la RAE).   El viaje de Entre copas por esa real California de faked paradises, de neones medio fundidos, de ruralidad kitsch tan del Medio Oeste.  Una California vulgar y de KMart, de sandalias y calcetines,  en la que hacer botellón de Pinot Noir y desencanto como parte del menú diario.  Cuando vi  “A propósito de Schmidt” me sentí cómoda al momento  con su ácida ternura. Me gustaba aquella caravana en la que Nicholson  recorre los que fueron en un momento sus lugares comunes, aplaudí el clamoroso desnudo integral de Kathy Bates en el jacuzzi : la naturalidad de los años y los hijos.  Y también un entorno tan kitsch como disparatado, en el que se mezclan las bodas y los niños apadrinados.   En Los descendientes  ese mundo  destartalado de piscinas cubiertas de hojas volanderas, de sillas de jardín oxidadas, de hijas criadas de forma un tanto punk y salvaje, es un decorado para mostrar lo que, a la hora de la verdad,son  los temas clásicos en las relaciones familiares: los desencuentros, los secretos, las vidas paralelas, los saltos generacionales.  Padres que no están o que han estado siempre y no los hemos visto. Madres que quieren, por encima de todo, seguir siendo mujeres. Y parejas que se diluyen en la etiqueta de “somos una familia”.  Y cada uno sigue, como el hamster, rodando en su propia rueda, en su propia jaula. Y nada más.

Quizás la película de Payne me gusta porque es un drama sin drama. Porque hay mucho humor en medio de circunstancias duras. Y Hawaii tiene niebla y George Clooney viste como un paleto integral sin encanto. Con una cuidada vulgaridad. Creo que eso es lo que más me gusta: aquí, a diferencia de otras películas, las hijas siguen siendo tal cual eran.  No hay redenciones ni reeducaciones ni nada por el estilo. Son exactamente las mismas personas con sus tacos y botellones, pero que han añadido a su padre a su círculo de relaciones vitales. Y no sustituye a la madre moribunda en absoluto. Se incorpora. Y me parece un grandísimo ejemplo de educación a la inversa.  Son ellas las que le muestran lo que estaba sucediendo y él no supo ver. Y todos aprenden a intentar, ojo, eso es: aprender a intentar aceptarse. Quizás no lo consigan nunca. Pero, por lo menos, se soportarán como compañeros de viaje. Y esay no otra es la maleta más rentable para  el viaje a la edad adulta : esa en la que ya llevan ventaja los padres cuando nosotros llegamos.

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Mundología y haikus

Una vez le dijeron que se le notaba que tenía mucho mundo. Por más que se miró en los bolsillos no encontró ni rastro de esa bola redonda y gigantesca, que giraba con rapidez sobre un soporte, colores y formas, nombres aprendidos y otros impronunciables, encima de la mesa de alguna profesora.  Se quitó las gafas y observó con cuidado los cristales, para ver si incluían algún invisible resquicio de pasaporte, de sello colorista, de clave de agente secreto que los demás pudiesen ver y ella no.

Tener mundo, mundología, se le antojó un tatuaje invisible adquirido en horas extremas. Para alguien era el modo en el que desplegaba naturalidad ante muchos avatares. La empatía forzosa de adaptarse. El tragar, de golpe, sin respirar y sin onza de chocolate de premio, algunos jarabes que no iban a curar pero que eran el impuesto necesario para subir un nivel más del videojuego.  Para otros,  en cambio, era un derroche sereno de buenos datos en la conversación sobre ciudades y lecturas, cócteles y citas al pie.  Esa mundología era, por tanto, un casi enciclopédico conocimiento del medio, esa habilidad, glamurosa y un tanto indolente, snob y poco práctica, de acotar el hilo de las conversaciones.  Seleccionar, cortar y pegar. Y crear un hermoso cadáver exquisito verbal y perecedero. Cúanto mundo.

Realmente la mundología de la que hablamos se sustenta en la paradoja de lo prosaico. Imagino un gigantesco perchero de egos y caracterizaciones,  de disfraces coloristas que tienen sentido sólo en Carnaval. Tras las lentejuelas y la función de noche  veo a las vedettes saliendo por la puerta de atrás del teatro con su barrita de pan para la cena y sus doscientos gramos de jamón york (quizás con un tomate).  Y pienso en los haikus encadenados de los Twitters y los Facebooks, en las boutades agresivas y no tanto de los tertulianos, en las invectivas de los gurús y en la falta de suelo debajo de todo.  Una gigantesca nube de humo virtual y un medio que es, realmente, el mensaje, pero que en aras de cierta  mundología  ya ha mutado en otra cosa.  En un constante “cómo molo” y en, como decía alguien, un síndrome de gratificación inmediata.  La ansiedad por molar más que otros nos hace ser cada vez más más mercaderes de nosotros mismos. Puras estrategias, al fin y al cabo.  O es que, quizás, la nueva mundología sea ese pasaporte necesario para sobrevivir en otros terrenos.  Desplazando el origen, claro.

Ritmo lento

Wide-screen tv (Imagen de x-ray delta one con licencia cc en Flickr)

Grazas a Craig, que falou moito e ben do modo multitarea. E que se non o poño se enfada 😉

Creo que vamos subiendo, pasito a pasito, los escalones torcidos de enero.  Yo los subo como esos niños que comienzan a andar y se apoyan un poco  en la barandilla, enfrentando el reto de  las escaleras agarrados,por un lado, a su  paciente  madre y llevando en  la otra mano un pedazo de pan, un trozo de palmera de chocolate, un quesito de El Caserío.  Quizás los niños subientes de enero, vacilantes, despaciosos, se paren en seco porque hay una fascinante hendidura en la pared,  una mancha de humedad,  un inexplicable mensaje de tiza.  O también contemplar, con ojos como platos, el ballet que sube y baja en la maquinaria  del ascensor,  el capricho enredado en las esquinas de cada piso. Tantas cosas que suceden a la vez.  Nuevas. Como escaparates recién estrenados : un auténtico festín.  Y sin soltar mi quesito El Caserío, mi media palmera de chocolate o mi trozo de pan.

Muchas veces mi rutina es la del niño que descubre, fascinado, todo ese mundo nuevo de sonidos y pequeños detalles.  Pero salto de uno a otro con la facilidad del golpe de click, de la nueva pestaña de navegador, de un reinicio constante.  No sé si los modos y maneras de la vida digital se están apropiando del mundo analógico. Ya he hablado aquí de mi convicción de querer conservar lo mejor de los dos mundos y no creer ciegamente que Internet, por ejemplo, nos esté volviendo estúpidos. O que la “Googlelización” de datos e informaciones nos avasalle con la redicha solicitud del primero de la clase.  Pero sí creo que en la adaptación del modo multitarea, en esa falta de secuencialidad en el aprendizaje también y, por tanto, de disfrute del descubrimiento, estamos sobreviviendo medio sepultados. Un tanto avasallados por la angustia del nuevo suplemento que sustituye al anterior. No sé si estamos perdiendo la idea básica de la curiosidad que es detenerse y aprender.  Tal vez  el concepto de novedad sustituya a nuestros criterios de valoración: es nuevo ergo es mejor. Y convivimos con una obsolescencia, no necesariamente programada sino generada por nosotros mismos y que corremos el riesgo de extrapolar a otros aspectos. Y no, no tengo nada de neoludita. Tampoco alabo el exceso de prudencia. Pero quiero poder sentarme en las escaleras y comer mi quesito o mi manzana con tranquilidad. Mirando esas fascinantes figuras de dibujo animado que están escondidas en la pared entre el primer y el segundo piso. O a lo mejor, simplemente, imaginarles historias que posiblemente olvide.  La curiosidad, creo, tiene que recuperar el espíritu crítico. Si no lo hace, es solamente bulimia tecnológica o cultural.

O también puedo adoptar como mantra  la famosa frase escrita por  Yoko a John el día que se conocieron : respira.  Y que alguien a quien quiero me repitió hace poco. Pues eso: respiraré este aire atlántico, frío y brumoso, lejano de algunos afectos, de este mes de enero.

¿Queréis un trozo de palmera de chocolate? 🙂

La mañana del seis

Girl with toy car (josefnovak33,  flickr creative commons)

Siempre soñó con un coche a pedales. Siempre. Se veía a sí mismo recorriendo el camino del parque, entre los parterres, el flequillo saludando al viento. Ese año había sido muy bueno.  Como todos los demás. Los niños solitarios, los hijos menores, o salen mimados de solemnidad o son una sombra tibia y callada. Él era así. Aceptaba, con un ademán sumiso, las reglas de todos los juegos.  “Pandas tú”, le decían jugando al escondite, a la cadena, a huevo-pico-araña.  No le importaba.  Era mucho mejor, pensaba, ser el primero que pringa. Luego, al correr y atrapar a los más envalentonados, le quedaba el placer inmenso de todo un juego por delante con la penitencia ya cumplida.  Tampoco remoloneaba en los recados caseros. Iba al pan, ayudaba a hacer paquetes y  aguantaba la perorata de las clientas de la abuela en el pequeño negocio familiar. “Qué niño tan bueno”. Y él bajaba la mirada, tímidamente, como si no fuese oportuno el estar allí, el reconocimiento a la discreción, al vivir de perfil.  Nunca pedía nada. Pero él quería un coche de pedales.  Y lo dijo una tarde de noviembre, mientras su madre calcetaba una bufanda de color imposible, de esas que haces por hacer, para que el hijo que nunca proteste se la ponga. “Voy a pedir a los Reyes un coche de pedales”.  Su madre lo miró a través de las gafas : “Me parece bien”.

Dedicó muchos días a soñar el regalo. Sería blanco, con unas líneas rojas y hasta tendría bocina.  Pasa diciembre. Y se inicia la cuenta atrás para ser un conductor de juguete. Y ser, razonablemente, un niño bueno con un coche a pedales.   Y recordó muchos, muchos años  lo vivo que se había sentido ante ese deseo. Y se lo contaba a su hija cuando escribía la carta a los Reyes: lo que importa, siempre, es la ilusión.

Esta historia no tiene final, ni feliz ni cruel. El seis de enero, y más en estos tiempos que corren, obligarán a muchos a apretar los dientes ante los no regalos,  ante un árbol mucho más adelgazado que otros años, ante los paquetes consabidos de lo útil y no lo deseado. Y otros gritarán  y se desmelenarán. También habrá quien sublime las carencias de la propia infancia colmando de ansiedades trasnochadas a quien, quizás, solo quiere jugar con la caja.

Lo que definitivamente encontró este niño bueno, tímido, tranquilo, fue un ancla para lanzar al recuerdo,  una práctica tutelada de decepciones, un empujón al mundo de los adultos, donde no dejamos copas de cava bajo el árbol ni comida para los camellos. Y aprender, tristemente, que da igual a veces portarse mal o bien,  que te prometan algo mucho o que te lo garanticen. Simplemente puede no suceder.  Ya lo dice la canción: sin carbón no hay Reyes Magos.  Es el trato. Y a seguir soñando, que, realmente es lo que es gratis. Como  mi padre hace la friolera de setenta años, pongo mi coche a pedales en la carta.  Y pienso que no me lo traen porque, sencillamente, los Reyes están muy ocupados y hay muchos niños en el mundo. Será eso.

Mourir auprès de toi o la vida propia de la literatura

Exterior de la librería Shakespeare and Co, París. Imagen de Hannah Swithinbank (Swiw) con licencia cc en Flickr commons

Yo sí creo que los personajes tienen vida propia. Creo que una vez que se cierra un libro, que terminamos de leer una historia, damos carta de libertad a todo lo que conlleva. Han sido cautivos por un tiempo, los hemos querido y mimado llevándolos en nuestra mochila, dejándolos en la mesilla, en la estantería, o, incluso, apagando la pantalla. Salen de nuestras lecturas, del fragmento de tiempo compartido y son ya de otros.

¿Y qué sucede entre los que todavía habitan en las librerías? Pues podría ser esta maravilla dirigida por Spike Jonze donde la fantasía, la literatura y el humor, un tanto lisérgico, se dan la mano. Y el entorno no puede ser otro que una de las librerías de las librerías: Shakespeare and Co, en París.

Y aún encima se llama To die by your side…si es que hay cosas pensadas para una.

http://www.nowness.com/day/2011/10/17/1640/spike-jonze-mourir-aupres-de-toi

Lo vi por primera vez en Brain Pickings

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