Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “diciembre, 2011”

Antes de enero, después de diciembre

On your request, I compile a list
Of my top five resolutions for this year (one!)
I declined ‘cause I decided that I (two!)
Do not believe in the new year anymore (three!)
And you must confess that at times like these
Hopefulness is tantamount to hopelessness (four!)
And I accept that it’s time for a change but not in
Places like this with people like these (five! five! five! five! five!)

My year in lists Los Campesinos!

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Receta para no triunfar en el 2012

El final de cada año me da por hacer antirecetas.  No, no me da por la paradoja ni por la ironía. Creo que la nostalgia, especialmente en épocas de crisis, ya no solamente no  es lo que era, es que es un salvavidas bastardo. Solamente tiro de la hemeroteca mental, ya que este blog me recuerda que llevo haciendo lo mismo en2008, en 2009  y en 2010.   Supongo que a medida que vamos cumpliendo diciembres y estrenando eneros nos hacemos más tradicionales. Y del mismo modo que expiamos culpas, espiamos agendas y aniversarios, entendemos posturas y las adoptamos, sacudimos algún que otro sopapo mental y también  la alfombra del alma. Sí, 2011 intenso y contradictorio. No puedo vengarme de ti ni de tus otoños porque me diste febreros y abriles. Y una pequeña tribuna a la que pude auparme, en la que jugué con mis bolígrafos y teclados. Soñé muchas geografías y visité la tumba de Perec en París.  Tuve fantásticos picnics playeros y construí castillos de naipes y arena, volaron, es verdad, pero qué hermosos fueron y cúanta estela dejaron.  Y los fotografié.

También puse muchas lavadoras y bajé toneladas de papel y vidrios a los contenedores de reciclado.  Abrí ventanas. Cerré puertas. Algunas todavía duelen.  Y aprendí que el espacio y el tiempo son variables importantes. Y eso me ha pasado por llevar demasiadas chuletas a los exámenes de Física. Es algo que debería saber.  Asistí a mis citas con Almodóvar y Woody, me sobrecogí con Franzen,  leí miles de entradas en blogs, en periódicos, en graffitis.  Escuché indignación y ruido, furias y carcajadas.  Y fabulé, inventé, escribí y todo lo demás.  Y tuve toda la música, el vino y la cerveza, el viento y los silencios del mundo entero. Y tu voz, que es un regalo.

Y dado que no soy una diva del cine mudo ni de los otros, que no escribo novelas de amor y lujo, que no puedo quejarme de que los mundos digitales me hayan ido al bolso y me roben, esta es mi ventana. Y espero que lo siga siendo. Sin pasta, claro, si no no sería yo.  Palpando imposibles y fantaseando realidades. Se me ocurre que no soy tampoco una miss para desear paz en el mundo. Vaya. Desearé mucha alegría que, creo, es ya un punto de partida. Que los que duermen solos lo hagan tranquilos y a los que lo hagan acompañados los intranquilicen mucho. No, no voy a hablar de enamoramientos, para eso ya están los fakes de los libros más vendidos.

No voy a pensar demasiado en el futuro. El presente se me está yendo entre los dedos ahora mismo. Feliz 2012.

Mirada navideña e infantil

Vintage postcard children w/snowman  Imagen de chicks57 en Flickrcc

Muchas veces una se sienta aquí, delante de esta pantalla, y no sabe por dónde le van a llevar las teclas. Yo hoy debería escribir algo sobre la Navidad, poner cara de pastorcita de Ferrándiz y hablar de todo eso, del ángel que gana sus alas, de los reencuentros, de nieve artificial y del consumismo  mitigado por las agencias de valoración.  Pero yo, que he sido y sigo siendo de las de pandereta y villancico, siento estas Navidades como de cartón piedra, como si estuviesen subvencionadas. Me parece que el paso y el peso de los años, y también la presbicia, hacen que vea un inmenso parque temático borroso, lejano, como de marca blanca.  Quizás lo que sucede es que, simplemente, estamos desdibujados en este parque infantil. Sí, quizás la Navidad es algo que se celebra y disfruta cuando se es niño, que genera las primeras melancolías, las primeras desilusiones del seis de enero (sigo sin perdonar el juego de Anatomía humana) y que se retroalimenta durante los once meses siguientes. Tengo recuerdos más nítidos de algunas  Nochebuenas lejanas que de, por ejemplo, el desayuno de hoy. ¿Qué pulso  era capaz de detectar que hacía que, ya al despertarme con el soniquete de los niños de san Ildefonso en la vieja radio de la cocina, inaugurase un período de alegría congénita? ¿Cómo es posible que recuerde perfectamente el año que, con el apoyo de mi padre, tiramos más de cincuenta globos por la ventana de mi casa sobre los atribulados transeúntes?  ¿Y el año que le robé caramelos de la saca al rey Mago ? ¿Qué hace que recuerde todas las canciones, casi por orden, de la comilona del 1 de enero en casa de mis tías, rodeada de primos y casi sin poder moverme en aquel diminuto salón? Sí, es cierto, tenía una familia a la que acudir, un lugar al que llegar,  pero  ¿por qué todo esos días me parecía mucho más luminoso?  Hasta los dibujos animados eran mucho más bonitos.  Y algunas películas del cine también. Luego, paradójicamente, llega a tu vida el blanco y negro. Y las vacaciones parecen, son, mucho más cortas. No crees que el turrón sepa tan bien. Te empalaga y da ardor de estómago.Y no le ves sentido a esas bandejas rebosantes de polvorones y de mantecados.  Si es que todavía las hay. O si hay, mejor dicho, alguien que las prepare.

Y te das cuenta, quizás, que lo que sucede es que hay que volver a la Navidad fijada en la memoria, o en la memoria de otros, para volver a sentirla.  Buscando material para escribir un post sobre literatura navideña me encontré con este magnífico artículo que os enlazo aquí, de Alicia Guerrero Yeste en Koult! sobre Libros de Navidad. Yo no puedo escribir nada mejor que ese párrafo final (casi como el tamborilero: “nada mejor hay que te pueda ofreceeer…”).  La Navidad, es cierto, fue alguna vez. Y quizás sea, no lo sé. Y volvamos a la realidad de todos los días buscando a esos niños tiernos, desamparados, dulces y melancólicos que pueblan su literatura. Sintiendo esos hilos empáticos, invisibles y salvadores que nos recuerdan todo aquello que sentimos en algún momento. Antes de hacernos viejos y tener que dar explicaciones al espíritu de las Navidades futuras.

Galletas sin chocolate

Imagen tomada de Dyingforchocolate.blogspot.com

 

Lleva aquí la perpetradora de este blog, antes conocida y comentada como Sigrid, una temporada un tanto mohína y con pequeña pesadumbre. No es spleen, ni siquiera me puedo permitir ese lujo. Los que gozamos o sobrevivimos en cierto contexto “low cost”  somos como los vulcanianos con la risa: no podemos permitirnos dejarnos llevar por esa posible  forma de  atavismo  que, dicen, es la tristeza.  Conseguimos apartarla, mal que bien,  como a las anodinas galletas sin chocolate y colorines que vienen siempre de relleno, para completar, en los surtidos galleteros de marca blanca. Y se van quedando, cada vez más blandas y menos apetecibles, con la convicción absurda de que alguna vez nos las comeremos, mientras damos cuenta de las nuevas, frescas y exhibicionistas que aparecen en la nueva caja.  Pero siguen ahí. Y no las tiramos, quizás rebuscando mentalmente alguna justificación, o intentando perdonarnos nuestra frivolidad, nuestra nula ética, la poca conciencia solidaria con esas galletas que habitan en su caja. Seremos insensibles…

Me pregunto dónde guardan los demás esas galletas de tristeza.Y también por qué el afán por conservarlas.  Tener un motivo para el posible regodeo ¿nos humaniza o nos convierte en unos gilipollas importantes? No hablo de la curación, del sano lenitivo del paso del tiempo. Hablo de tener a mano, aunque escondido, una forma de fustigarse, de encontrar un automático punto de partida para las lágrimas, para la mala baba, para la ira torrencial, para mascar. La que convierte a mucha gente sensata en energúmenos anónimos en foros de internet, en comentarios en periódicos, en amenazadores de la diferencia, en los Jekyll & Hyde contemporáneos, en lo que no deberían ser.

Hoy el texto es “pretexto para hablar del contexto” que, la verdad, no ayuda nada : esa nube de etiquetas  poblada por sinónimos de crisis, desempleo, recortes, corrupción, yernos, hambre. Todo eso  aquí, en el planeta pitufo en el que se ha acabado la fiesta.  Y una piensa que a los que ya hemos sido etiquetados como “low cost” por no sabemos muy bien quien (¿alguien conoce a Standard & Poor’s?) somos como esas galletas que yo pensaba que eran solamente tristeza y que se podían arrinconar. Iguales a tantas otras. Y que da igual que seamos cinco millones que seis. Nadie nos verá.

 

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