Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “noviembre, 2011”

Batutas

Outside the Cabaret Voltaire. Imagen de cometstarmoon en Flickr Creative Commons 

 

Creo que ya he contado alguna vez lo mucho que me gusta Tom DiCillo. Me costaría mucho escoger una de sus películas. Desde la amargura dulce de Box of moonlight-hasta veo guapo a Turturro-a la mala leche de Living in oblivion donde se regodea en el ombliguismo creativo del cine indie-aquí hasta veo guapo a Buscemi. (Nota mental–> hay un interesante trabajo sin hacer que relacione la mala baba de DiCillo con el Hecht de Los actores son un asco. Tengo que disciplinarme y pasar estas notas mentales a Evernote y de ahí, hacer algo. Sigo). DiCillo me encanta por su falso pijerío, su brillante y estético corte de mangas a lo obvio, su acidez y, desde luego, su habilidad para moverse como una socialité en un mundo que conoce bien y al que retrata con humor disparatado y sin piedad. Será por algo. 

Mi película favorita de DiCillo, no puede haber post sin paradoja de la prota, es The real blonde. Por todo :las reflexiones de Modine sobre actuación, vida, talento artístico y sus patéticos intentos por destacar en el video de Madonna. Me parto con el descubrimiento de Daryl Hannah como real blonde por parte de Maxwell Caudlfield que hace de sí mismo y de todos los personajes que ha interpretado. Pero, sobre todo, sale  mi adorada Catherine Keener soñando con sus superpoderes destructivos. Sí, me encanta esa escena en la que cree que con su mirada dura y extendiendo los brazos se convierte en una superheroína que reduce a guiñapos a dos petardazos machistoides. Siempre me ha parecido terapéutica y redondísima. A mí me encantaría fulminar así, que conste. Tener ese poder oculto bajo una apariencia anodina y normal-bueno, mi Catherine es cualquier cosa menos esos dos adjetivos-y, como un Clark Kent verosímil (de periodista estaba demasiado bueno para que no supiésemos que ahí había algo grande, con perdón) despojarme en un momento de mi cotidianidad y coger la batuta que dé la vuelta a las cosas. Poniendo puntos sobre las íes.

Hablando de batutas… Ayer, en un momento nostálgico, salió a relucir aquel programa de la tele de nuestra infancia llamado "El mundo de la música" (Fran, nos acordábamos de todo, somos muuuuy mayores, tío). Salían unos niños muy repeinados, muy listísimos y de conservatorio que, a los dos compases, sabían hasta la genealogía de la partitura. Esto, obviamente, es una exageración.Bueno, o no. Lo que era verdad es que sus conocimientos musicales eran extraordinarios, la frescura con la que se referían a un mundo de corcheas, pentagramas y claves de sol, para mí desconocido, los hacía dueños poderosos de una nueva sintaxis, de un planeta ignoto y maravilloso que yo no exploraba. Y recibían de premio una batuta. ¡Una batuta! Hoy, con mis ojos de adulta (y creo que también lo pensaba en esa época) la batuta me parecía un poco quiero y no puedo. Creo que Angelines Morales (que era la presentadora, gracias Google) o el maestro Asensio deberían haberse estirado un poco más y regalar, como mínimo, un disquito, digo yo. Pero los críos cogían la batuta con devoción, con cuidado y mimo. Leo también por los internetes que ha habido un intento de recoger esas batutas entregadas hace tantos años. Yo, como ya dije, no fui al programa por lo que no tuve premio. Me dieron una batuta a los dieciocho años que era, como habrán adivinado, el derecho al voto. Debo usarla de vez en cuando y lo hago, no sé ya si con convicción y mimo o con resignación y poca fe. Y luego me la guardo (o más bien me la envaino) hasta la próxima. Y leo resultados de las elecciones y creo que la batuta que yo tengo es un premio de consolación que no refleja muchas cosas. ¿Que por qué empecé hablando de la Keener y de los rayos paralizadores? Pues porque quiero superpoderes, detener el tiempo, que mi voto cuente como lo que es: un voto no perdido. Y, hombre, si puedo usar mis rayos de mala malosa para hacer callar a algunos, mejor. O que vayan de una patada en el culo a la carpeta del spam. Mira qué bien me ha venido Dicillo. Será por algo, ya lo decía yo al principio.

 

Preparados, listos…y la madre de Ranganathan

Fuera malos rollos

Imagen de Gil Elvgren

Quizás este post consiga que yo siga haciendo amigos, ironic mode on. O quizás, simplemente, no sirva, como muchas otras cosas, para nada. Pero como esta tribuna es libre y gratuita, pues ahí va.

Muchos de los que puedan leer esto habrán pasado por procesos de selección. No me refiero únicamente a leer los síes en unos ojos hermosos o a que te den la banda de la mejor de la clase. Hay selecciones que, como todos sabemos, son duras y crueles, cainitas y deslenguadas. Hacer exámenes, jugarte mucho a una única carta, competir, colgar tu idea del talento de un clavo ardiendo, es difícil y amargo. Ayer alguien me dijo, comentando una lista de notas de oposiciones (¿por qué coño hay  gente a la que le mola tanto hacer eso? ¿Es que no pueden leer novelas o periódicos?) que estaba claro quién era inteligente y quién no: los que tenían de x nota hacia arriba, supongo, entraban dentro de este concepto de pequeña mirada, territorio limitado y amplitud cuestionable. A mí directamente, es que hay planteamientos ante los que me da mucha pereza ya no discutir, sino conversar. Me temo que no tengo nada que ver. Y, caramba, no sé si me sitúa en mejor lugar. Simplemente, me coloca en otro.

Servidora se ha presentado a alguna que otra oposición. Habrá estudiado más o menos, algunas las ha aprobado (tres, si no recuerdo mal) sin obtener plaza. Otras veces fue de paseo y salieron mejor o peor, también dependiendo de las circunstancias en la vida, de la autocompasión del momento o de la mayor o menor pericia. Y muchas, muchas veces se ha autoboicoteado. O ha dejado que la convenzan de que no "era para ella", que había "mucha gente" y que no "valía la pena". Cuando uno no está precisamente en el limbo, es decir, que se interesa por temas profesionales y no solamente por los baremos de un concurso de méritos o por sacar la lengua a paseo, hay ciertas maneras que le dejan con cara de idiota. Influye también el ser poco competitiva y dispersa, qué le vamos a hacer : me interesan muchas cosas, desde escribir este blog al teatro o el cine. Eso no me hace mejor persona. Pero sí creo que las conspiratrices, los maledicentes, los que interrogan y malmeten, deberían dejar a los muertos que entierren a sus muertos. Y dado que no queda más remedio que intentar hacerlo muy bien, lo cual no es garantía de éxito,hay que entender, como dice un buen amigo, que esto es una carrera de fondo (de armario). Y que va a durar meses, con sus correspondientes semanas y días en los que tendremos que vernos las caras en muchas ocasiones. Pues ponedla buena, coño. Que lo que esté para ti estará para ti. Y ni los interinos llevan la letra escarlata tatuada ni las señoras mayores lo hacen tan mal. Lo que es necesario, desde luego, es estar tranquilo y estudiar mucho. Y los que quieran subterfugios y rarezas que me dejen en paz o utilicen los cauces pertinentes para reinvindicarse. Yo seguiré pensando en la madre de Ranganathan y en todo lo que me queda por trabajar. Y me alegraré, con la boca más o menos pequeña, tampoco soy tan buena tía, de que pasen algunas personas que me caen especialmente bien. Y, mientras tanto, manos a la obra. 

 

 

Inventarios (4)

sitting naughty

Para Pilarinking, que me regala tantas líneas. 

Un buen día, ella decidió hacer inventario de escondites. Pensó que, quizás, ahora que ya no los necesitaba, podía regalar ese Avalon particular. Quizás era buena idea dibujar un mapa. Abrió una botella de champán y así, a morro, comenzó a brindar por ellos mentalmente. Estaba el rincón del gimnasio, tan esquivo de la luz, tan acogedor de la timidez de la camiseta y el pantalón corto. Aquel otro ángulo, lejos de la elasticidad de las melenas rubias y los pantalones pitillo, un país sin conquistar en aquella discoteca que tanto molaba. También fue su territorio, su dorada medianía, el siempre coqueto y protector penúltimo pupitre de la fila. Ese que, como los hermanos a medio camino entre la primogenitura y el resultado de una siesta tardía, campan por sus respetos ante la la indiferencia familiar. Se acordó también, cómo no, de la nunca bien ponderada fila cuatro del cine, esa en la que podías alimentar tu frikismo cinéfilo tapada hasta el cuello con la trenka y la bufanda. Hizo su particular homenaje a todos aquellos probadores, baldas de biblioteca, mesas de cafetería y cabinas telefónicas que le habían permitido ser invisible cuando lo había querido. Aquel don del miedo, o de la prudencia, que le regaló tiempo para observar, para crecer y para alimentarse de ruido ajeno. Y claro, un buen día, los rincones se le quedaron pequeños. Y oscuros. Pensó que no estaría mal salir de los refugios invernales para sentir la nieve derretida bajo las botas. Y se adelantó en la fila de clase. También saltó al potro en gimnasia. Y se aventuró a ocupar el asiento de las más populares en el autobús. Lo de la discoteca fue más complicado porque en realidad le quitaron el sitio. Decidió que no estaría mal conservar lo mejor de los dos mundos y establecer un equilibrio entre singulares y plurales. Salió a la calle, tiró la botella al contenedor del vidrio y contestó sus llamadas perdidas de móvil. 

Be punk, my girl

 

 Imagen tomada de http://shadowness.com/ Children of the revolution

 

 Para Nelson Quinteiro y las chicas de Femme Fatale, que nos regalaron al público del Teatro Rosalía de Castro un espectáculo maravilloso: "As nenas perdidas"

Perdidas son algunas llamadas, algunas vidas, algún esbozo arrugado en el bolsillo de posibilidades. Para perderse antes hay que encontrar, y también al revés. Como para escuchar y callar, para tomar la voz y articular autobiografías, antes hay que haber habitado las tormentas. Es un equilibrio difícil. Como lo es el no tener miedo al abrir los baúles del desván y eso que antes hay que subir las escaleras a oscuras. Baúles con cuadernos sin estrenar y con libros escolares ya inútiles, con los camisones que se convierten en trajes de noche y con  el tiempo abrazado a la fantasía. Con las horas que, armadas de espadas de madera y vocabularios imposibles, arrinconan los relojes y la oscuridad, castigándolos al viejo cuarto de las escobas. Y querer seguir jugando, con otras reglas, con otros equipos, es el pequeño futuro. Y para eso, claro, hay que salir de Kensington Gardens, hay que haberse asomado a muchas madrigueras y tomado muchos tés con un Sombrerero Loco. Incluso, y ya si alguien me apura, haberle dado un buen corte de mangas al lobo y decirle que que le den y que espere sentado en el bosque. Que tú eso de ir derechita a casa de la abuelita y un huevo, que pasarás a decir "hola" pero que luego te vas con tus colegas. Por ejemplo. O a donde te salga de la línea de flotación. 

Es verdad: Barrie se pudo olvidar de las Niñas Perdidas cuando diseñó ese permanente día de la Marmota que es Nunca Jamás.  A Wendy, previa conciliación laboral, se le adjudicó el papel de sufridora en casa. Y se perdió lo mejor : decidir. Porque para volar (a Nunca Jamás, a París, o, insisto, a donde te salga de la línea de flotación) tienes que haber tenido muchos aterrizajes forzosos. Y volver la vista atrás, a ese camino de baldosas amarillas y ponerle un "post-it" de mapas y brújulas para, acto seguido, mirar hacia adelante. Y diseñar, por ti misma, las reglas de tu propio juego que durarán lo que tú quieras que duren. Peter Pan, que en el fondo era un "Ni-Ni" que quería que se lo tuviesen todo hecho y que le den más que al lobo, solo sabía el camino de ida. Las Niñas Perdidas están de ida, de vuelta y de lo que les dé la realísima: para aprender hay que ser curioso y para eso hay que estar en el mundo, en el propio y en el de los demás, en el que puedes ser karateka, antidisturbios o física nuclear, madre y amiga, hija y hermana. Y punk, coño. Lo que tú quieras. Con tu equipaje de sueños y vida, con una buena botella de tequila o Coca-Cola Light, con tus kilos, con tus huesos, con tu voz cascada y con tu tabaco o tu yoga. Con remiendos en el alma y  sonrisa en el espejo. Y seguir siendo una niña que se pierde porque quiere, que encuentra muchas cosas y que habite aún en el desconcierto. Ese que hace que la infancia nos fascine. Tanto como para dejarla atrás y llevarla a la vez de maleta. Porque como dijo alguien alguna vez, hay que ser tierno y a la vez subversivo. Vivan las contradicciones. Be punk, my girl. 

O espectáculo "As nenas perdidas" da compañía Femme Fatale estreouse o pasado sábado, 29 de outobro, no Teatro Rosalía de Castro na Coruña, como colofón do Festival Galego de Cabaré.

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