Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “agosto, 2011”

Contradictoria y fielmente

Para dormir o no 

 

Para el chico de la radio, porque él empezó este post. 

 

Querido Y:

 

He doblado cuidadosamente todos los papeles y, como tantas otras veces con tantos otros documentos, los he guardado en una carpeta nueva. Ya sabes lo organizada que soy para todo, así que diseñé una nueva etiqueta : no me servía ninguna de las que tenía en el ordenador. Le he puesto de título "pasados y futuros". En el medio, sepultada entre toda esa literatura jurídica, estoy yo. Y lo que tú y yo fuimos, sin querer saberlo. Hablas en tu carta, que he leído y luego arrugado, de noches sin dormir y de miradas perdidas, de escuetas excusas telefónicas y de vidas malgastadas. Yo hablaría del vacío en el estómago, de las veces que ahogué mis gritos de angustia en el albornoz, encerrada en el baño y con la música bien alta. Aprendiendo a aprender que cuando alguien no te quiere, no te quiere y ya está, da igual el nido que diseñes ni lo blanda que sea la hipoteca en la que una pareja flota. Eramos, como en la canción de Pink Floyd, dos peces nadando alrededor de una pecera. Nuestro mundo eran esos castillos de mentira, esos tesoros de miniatura que se sumergen en los acuarios para demostrar y convencer a los que observan que los peces son felices en un mundo construido a la escala y medida de otros.Y sí, claro que notaba tu respiración a mi lado por la noche. Y quería creer que estaba, al fin, en casa. Pero también cómo te estremecías cuando yo intentaba abrazarte, tus ojos sin brillo al verme desnuda, la mecánica gimnasia sexual cuando ya no hay nada entre dos. Comprendí que, quizás, habíamos naufragado y que tú no querías un salvavidas. Creo que las fechas de caducidad deberían venir tatuadas en las partidas de nacimiento. Una sabría a qué atenerse.

Siempre he sido honesta y tú deberías hacer ese ejercicio. El amor, es verdad, comprende lo cotidiano. Los lugares que fueron en plural, los souvenirs y los supermercados, la poética de los segundos. O el crucigrama en domingo, los pasos en la escalera, las llaves que un día perdiste. Y sí, eramos nosotros. Pero apelar ahora a según qué recuerdos  me hace pensar en el miedo que tenemos a no ser como los demás. A que la compañía y los juegos de sábanas no sean más que un conjuro barato contra la soledad. Y eso no tiene nada que ver con el amor.  Solo con la supervivencia. Y podemos hacerlo cada uno en su rincón del mundo. No se puede querer a quien no se quiere a sí mismo,créeme. Sé de lo que hablo.

 

Te quiere, todavía, contradictoria y fielmente

 

X

 

Anuncios

En un cuaderno Moleskine (13)

Viejas agendas

El cuaderno reflexiona sobre sí mismo. 

"A veces un cuaderno puede escribirse dentro de otro. Hay cosas que aparecen grapadas como anexo,anotadas y al margen como un grafitti infinito, como un post-it que ha perdido esa primera acción de recordar y se convierte él en el mensaje y crea, así, a lo tonto, un nuevo espacio, otro contexto, otro mundo. Es un hermoso y terrible ejercicio para la nostalgia y el cabreo coger agendas antiguas. Por mucho que ahora nos fiemos de la débil firmeza (análisis del tropos aquí en este espacio) de las tarjetas sim, lo único de lo que dan fe es de que, en efecto, la memoria es volandera (" ¿quién será este J. que tengo aquí "?) los montoncitos de hojas escritas primorosa o apresuradamente, ordenadas de la A a la Z, con algunas letras mucho más cargadas que otras, con sus borrones, con sus tipex, dan un poco de vértigo. Guardamos teléfonos "por si acaso". Creamos extrañas reglas de alfabetización y anarquía (regla de anarquía, toma ya)  : tuve durante años en la "s" al "señor de las cortinas" que nunca supe cómo se llamaba. Por si acaso, claro. Compañeros del colegio que no he vuelto a ver, amigos de la universidad, direcciones de casas en las que estuve como huésped en otras Europas y Américas, en otros ámbitos y otras voces (cita manipulada aquí). Teléfonos que, tantos años después, quizás sean de otros o de nadie, pasando a habitar  ese limbo de los números olvidadizos y coreográficos,  esa combinación que tuvo, alguna vez, un sentido y una respuesta. Y las direcciones…¿quién vivirá ahora en aquella casa de otro país en la que me instalé casi dos años ? Donde seguí rutinas cotidianas, donde pasé aspiradores y soñé otras vidas, en la que construí un pequeño nido emocionándome al entender las noticias, terribles aquellos años, (¿y cúando no?) en otra lengua. Las casas donde vivimos, los números y direcciones de todos aquellos que fueron una vez parte de ese cuaderno gigante. Esas hojas en la vida.

Ojalá fuese tan fácil pasar páginas como pulsar un "delete" . Yo, que siempre guardo cosas por si acaso, hasta soy dubitativa para prescindir de personas (o iconos)  que no reconozco o con las que no interactúo  en redes sociales, por ejemplo. Creo que el click positivo puede darse en cualquier momento. Los mundos virtuales tienen la contrapartida de que tu limpieza de agenda es pública. Y te parece increíble, en algunas ocasiones, desaparecer así, de un golpe certero. Pero, en cualquier caso, ese no es el asunto que nos ocupa. De lo que hablábamos es de que pasar esas hojas que quiero ver amarillas (tópico literario aquí) y que no lo son, te permite recolocarte en la persona que fuiste, la que eres, incluso la que habrías sido. Y saber que hay datos que, se quedan para siempre. Y van pasando, de agenda en agenda porque son parte de tu libro, de ese libro construido a partir de numerologías y alfabetos, de circunstancias y  anexos. Y otros, difíciles de alfabetizar y también imposibles de marcar, asoman de vez en cuando, juguetones, perversos, con sonrisa misteriosa de gato de Cheshire. Pero para mí los mejores son aquellos nombres que vuelven con número nuevo, casi sin excusas, recuperando su espacio entre renglones, emergiendo de un letargo de papeles y silencios de siesta. Después de un tiempo, claro."

 

Imposibilidades

beso rubio bajo el sol

Imagen de Elvgren tomada de Thepinupdictionary.wordpress.com 

Quería empezar este post diciendo algo así como que "el verano me pone el cerebro en remojo". Oh, las trampas del lenguaje. Si corto la frase por el principio, me queda algo así como "el verano me pone" que, además de ser un gran eslogan para Durex, por ejemplo (de nada, community manager aburrido que caigas por aquí, no lo creo, pero por si acaso) es también dar una información que es como poco poética y tal y cual. Sí, el verano, además de los michelines pertinentes pone el cerebro en orsay para algunas cosas, o te lo sitúa en modo surreal y expectante, o te dota de una creatividad pasiva, qué gracia, de esas reflexiones como las de Felipe el de Mafalda. Pensar, por ejemplo, qué bien quedaría algo en un post, o no, pero qué pereza y qué ganas de perder el tiempo. Un tiempo que se va sin primas de riesgo ni hipotecado a la baja, se va y nada más. Como siempre, claro.

En vacaciones desarrollo sin querer una voluntad surreal de letrista aficionada. Más bien de letrista en paralelo. Me entero, por ejemplo, de que llevo escuchando, no me queda otro remedio, una canción de Vetusta Morla dándole otra intención totalmente distinta. Yo he escuchado "como un gato en un ventilador" en lugar de "como un lazo en un ventilador". Un gato en un ventilador es una imagen mucho más cruel y punk, donde va a parar. Un lazo en un ventilador es hermoso, es verano y es tristeza. Pero yo pensaba que el gato en el ventilador era consecuencia, también, de que una de mis partes preferidas en los episodios de los Simpson eran esos entremeses animados de "Rasca y Pica". Y me imaginaba al gato allí, en una crueldad muy de comic, muy subvertida y muy Tarantino y no sé si me hacía gracia, pero me gustaba, caramba. Pero acabo pensando en el mundo así, saltando entre las aspas, intentando esquivar el mordisco a golpe de miedo. Y claro, ya he cerrado de golpe el libro y he vuelto al zumo de periódicos, de noticias lejanas que tienen que importarme más allá de los primeros cinco minutos de indignación (otra palabra que se ha convertido en trampa) y que  obligan a cierto tipo de acción. Acciones para las que no vale la excusa del "bello verano". Ni la complaciente procrastinación. Ni "dejar para setiembre".

Y mientras escribo estas líneas escucho una canción deliciosa y estremecedora  que habla de mensaje desde el más allá. Y, entiendo "un masaje desde el más allá". Y, joder, me parece perfecto. 

Mujer en el mundo

Lee Miller. Imagen tomada de la web de Caixa Galicia

Lee Miller. Imagen tomada de la web de Caixa Galicia

 

Lee Miller. Imagen tomada de la web de Fundación Caixa Galicia. 

Agosto es el mes Pavese, por lo menos para mí. Así, se solapan minutos mágicos y extraños. Por ejemplo, llevas a tus padres al aeropuerto y casi les dices  que se porten bien y que no olviden llamar de vez en cuando. Y ataca, de golpe, una imagen inversa de hace más de veinte años, cuando tú emprendías tu aventura americana y ellos te miraban, orgullosos y tensos, desde el otro lado del cristal de la sala de embarque. Y pensabas, entonces, que la vida empezaba de verdad ahí, en ese avión que iba a sobrevolar el Atlántico, en el que viste por primera vez en el menú los diminutos tomates cherry y proyectaron una película de Woody Allen. Donde empezaste a anotar en cuadernos frases sueltas e inconexas y superaste la vergüenza de no saber abrocharte el cinturón de seguridad.  La ingenuidad de pensar que esa era la vergüenza, así, única y total. Y los días que vendrían después. Pero eso es, definitivamente, un apunte para otra historia. Decía que agosto era Pavese, como también es “Los tres mosqueteros” y sonrojantes canciones de moda en los ochenta. Y los pasos lentos y pausados de las ciudades que siguen, paralelas a las fiestas y las ferias, con sus tiendas y fábricas, con sus recibos en el buzón y con la fruta en la nevera. Por mucho que nosotros queramos, es un mes en el año y un momento en la vida. Como tantos más.

Y veo las fotografías de Lee Miller en una exposición. Y al ritmo de mis pasos, también lentos y pausados, con la emoción contenida por lo que veo y ansiosos por seguir viendo más, en la sala van asomando, implacables y mágicas, esas piezas y retazos de esa vida intensa y apasionada que plasmó como testigo y también protagonista. Una mujer de extraordinaria belleza, rebelde y esnob, que retrata a Man Ray afeitándose, que hace que aquellos surrealistas objetos imposibles puedan ser vistos hoy con sorpresa y regocijo. Que nos enseña la libertad radical y absoluta de la creación. Veo a Chaplin, a Picasso, a Miró, a Cocteau. Y viajo también al Egipto que ella conoce. Y cómo cambia su mirada ante el horror de la guerra, cómo fue testigo inesperada y consciente de la barbarie de los campos de concentración, de lo que llegaría después. Y el objetivo se va haciendo más fotorreportaje. Y ese autorretrato en la bañera del apartamento de Hitler. Y también Magritte intentando encender una estufa. Y pienso en todo este arte que permaneció muchos años oculto en un desván de su granja inglesa, el atribulado siglo, el intenso tiempo que ella detuvo con el click de su cámara y al que dio la espalda después, saturada de tanta locura, decepcionada de que nada hubiese servido para cambiarlo todo, de verdad. Y que sintió esa vergüenza de la que hablaba al principio.

Y aún así, quiero cerrar los ojos y recordar una imagen perfecta: la de un picnic en el campo, en la sonrisa enamorada de Penrose que sería su marido mirando de soslayo, las botellas ya apuradas, los restos de comida sobre el mantel. Otra vez, el pulso lento y sensual del estío. Y pensar en esos momentos plácidos y desconocidos, por inmediatos,que vivimos y que pasan de largo solo para que algún día los recordemos y les pongamos banda sonora. Y vuelvan a la memoria de algunos, como la imagen difusa de aquella chica que salió un día de agosto, de un aeropuerto, en busca de la vida real.

Más información aquí y aquí. Y recomendar, a los que puedan acercarse, la visita guiada.

Navegador de artículos