Anchoas y Tigretones

Idas, vueltas y regresos

"Paris, 1966" de Robert Doisneau

“Paris, 1966” de Robert Doisneau

 

Hay veranos que no son veranos reales. No solamente porque sean prolongaciones imposibles de otoños en momentos que no cuadran, a los que falta esa pieza mágica del Tetris para ser otra cosa. Para escribirlos con mezclas de salitre y tebeo, con helados de premio y cervezas tardías. No, hay veranos diferentes. En los que, por ejemplo, puedes pasear por una ciudad europea y sentirte, a partes iguales, viajera y turista. En los que, pese a la lluvia, piensas que es verdad que París no se acaba nunca. En los que pierdes una chaqueta en el cementerio de Pere Lachaise pero encuentras una amiga. En los que constatas que muchos encuentros casuales son para siempre, que otros se derriten como bombones de chocolate blanco al sol y otros, simplemente, pasan por delante de la ventana de una cafetería y salen de tu vida. Veranos en los que no haces muchas fotos porque querrías radiografiarte a ti, o a los demás, o a todos a la vez, e intentar entender si es que realmente te está pasando algo de lo que eres consciente o toda esa antología de momentos es, de verdad, un entorno sin usar. Como aquellos marcos de fotos que, cuando se compran o te los regalan, tienen recortes de revistas con parejas guapísimas o mujeres tan sensuales que hacen que te sientas tremendamente desaliñada, más de lo habitual, solo con verlas. Paseas, ríes, comes crepes deliciosas, te emocionas al toparte de frente con los nombres de unas calles, con los edificios, con los jardines.  Los reconoces como familiares de tanto que los has visto y soñado en los viejos libros de arte o de fotografías, te produce un poco de sonrojo a estas alturas de tu vida que sigan trastornándote así, al verlas de cerca, de piedra y sólidas, con el alma que tú les pones y que quizás no tengan. O tengan esa mezcla que será siempre onírica, siempre una construcción nuestra, siempre una posibilidad mayor de lo que realmente son.

Sería genial, a veces, dejarse ciertas emociones en el trastero y poder volver a por ellas de vez en cuando, abrirlas y respirar proustianamente, llenándonos de ese entusiasmo . Volver a sentir el descoloque previo a la partida, la preparación del viaje, la espera de un taxi, las tarjetas de embarque, llegar al hotel, ver todos los cacharritos que hay en el baño. Ser, de nuevo, una niña que prepara su primera acampada, su primera subida en avión, el fin de semana en casa de una amiga. Y que no asomen ciertas heridas de realidad que acaban por zumbar alrededor.

Hay viajes que deberían poder guardarse en un lugar diferente de la memoria. Ese en el que habitan, de algún modo, los salvavidas.

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3 pensamientos en “Idas, vueltas y regresos

  1. Hay detalles deliciosos de cotidianedad. Me quedo con ellos, y va directamente a mis blogs recomendados, señorita🙂
    Descubrimiento!!

  2. Princesa Sigrid en dijo:

    @David C y @su perfecto caballero británico: Bienvenidos y espero que para quedarse.

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