Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “junio, 2011”

Pares y nones (2)

 bye bye love

Llegas a la vida, creces, maduras o como se llame. Entretanto, y siempre entre tanto, nunca antes o después, nunca como resultado de nada, simplemente entretanto, te enamoras. Y empiezas la rueda. El riesgo de convertirse en un yonqui del romance. El de  jugar a las sillas musicales y quedarse de pie, estupefacta, sin saber en qué momento te has quedado así, sin sitio, viendo la cara de satisfacción de los que sí han abrochado y se agarran con fuerza hasta que se les saltan los nudillos,al respaldo, a un espacio extraño entre lo que te apuntan y lo que sí quieres. Ahí. También el de no querer otro aire que no sea el que él comparta con la ciudad o el cascarón en el que habite. Las ganas de hacerse un caracol para ser un permanente nudo. Todo. La extraña mezcla del amor.

Las personas, por fortuna, tenemos equipajes. Más pesados, menos, maletas fashion, otras más burdas. Hay que tenerlas. Pasados y personas que nos hicieron temblar. Con los que quisimos comprar todos los helados de Italia y resguardarnos de las lluvias del domingo. A los que hemos herido sin compasión, otras veces sin querer. O al revés. Morir o matar, ese era, a veces, el juego. Otras, nos sentimos perdidos en una de esas carreteras que salen en las películas de David Lynch. Y remendando la piel o tapando el balazo recién recibido con las dos manos.

Las maletas son, a veces, jodidas de colocar en el trastero. Hay parejas que se traen con ellos muchísimo equipaje: novias delicadas, encantadoras, otras cabronas, que de todo hay en botica. Sombras, siluetas que se pueden hacer reales en una mujer de la que no te sorprende que él haya podido estar enamorado o, todo lo contrario, flipas a colorines de que hubiese estado con semejante mentecata (generalmente está más delgada, eso influye en el jucio, let’s face it). Y también tú tienes que colocar las tuyas. Con los dolores, malos rollos y momentos deliciosos. Es un absoluto patchwork. No sé si es mejor, como hacía Barba Azul, colocar todo eso en un torreón y tirar la llave. O no tener, en una larga temporada, noticias de Gurb. O establecer una competición mental para ver quien, después de una ruptura, arregla antes su vida. Y ante un encuentro casual vomitárselo de forma triunfante, "tomatomaytoma". O hacer que él se entere, como quien  no quiere la cosa, de que, por ejemplo, tienes a medio mundo detrás de ti pero has decidido emprender el vuelo conyugal con un talentoso compositor sin un duro y esperas trillizos. Por ejemplo. 

Me decía alguien el otro día que las noticias sobre los ex son perturbadoras, especialmente cuando uno se siente inferior en esa competición absurda y mental. Espera un hijo, se casa. Le va bien. Aunque todo haya acabado como el rosario de la aurora, mierda, puede sobrevivir sin mí. Pues claro que puede. Y debe. Y quizás muchos deberían aprender a organizar su trastero emocional. Y tirar palante ,coño, que hay muchos peces en el mar. Peces y pezas. Y qué carallo: pensar de vez en cuando que tampoco estaba tan buena ayuda mucho. 

(Tuve que poner ese párrafo final porque estaba abrazando peligrosamente el carriebradshawnismo de fin de semana : a woman under the influence.)

Bibliografía recomendada:

Visionado de la película "Two days in Paris" de Julie Delpy.

Banda sonora: "Fuck you", cualquiera,mismamente la de Lily Allen.

Cóctel: Tequila sunrise. O mejor: Sex on the beach. 

 

 

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Analógico/Digital (13): Some like it hot

Osgood and Daphne 

Antecedentes: Ella pensaba que lo sabía todo y que era más chula que nadie. Pura inseguridad. Él quería saber mucho más. Aunque quizás no era buena idea. Pero él sí se atrevió. Y fue, más o menos, así:

 Ella estaba acojonada cuando sonó el teléfono. Antes de que él pudiese intervenir, así, de sopetón y sin respirar, le soltó:" No te convengo. Tengo un culo enorme y mal genio cuando tengo hambre, digo muchos tacos (ya lo sabes) y bebo como un cosaco. Odio mi pelo por las mañanas, no sé compartir mi espacio y echo de menos todos los días sin tabaco. Dios, vas a pensar que soy un tío".

El, que se había partido de risa al escuchar su voz infantil y pija, le contestó al momento: "Me encantan los culos grandes, sabré entretener tu boca, no ejerzo censura lingüística y quiero beber en compañía. Adoro el pelo enredado mañanero y me gustan los espacios compartimentados. Me alegro de que no fumes. Yo también soy un tío."

Y es que es cierto: nadie es perfecto. 

 

 

 

Postcards for a young man

 a penny for your thoughts

Imagen tomada de Sundaypostcardart.wordpress.com 

 

Este es un post que podría haber sido inventado, ficticio, guiñado o incluso dictado al oído. Pero no, hay cosas que suceden porque tienen que suceder y no hay que darle más vueltas. Y la historia, o lo que conocemos de ella fue, casi seguro, así:

Paseaba por la vieja ciudad marítima, golpeada por el viento, buscando para él un regalo perfecto. Lo encontró en esas ferias de antigüedades y extrañezas, entre una lámpara Liberty y una historia de las pinups en América. La chica que atendía el puesto le sonrió con complicidad cuando la vio inclinarse sobre aquel cajón en el que se amontonaban papeles, tebeos, carteles. Y las vio. Qué curioso. Eran un conjunto de postales dirigidas a una ciudad también marítima, también lejana, gris y con consonantes dobles, como todos los lugares que están lejos y no se conocen. Cuatro o cinco, con unas hermosas ilustraciones modernistas. Y una perfecta caligrafía vintage, ajena al tiempo. Unas postales que habían atravesado una isla en 1937, que habrían temblado bajo las bombas, que conocieron, quizás, el olor planchado de las sábanas, escondidas y agazapadas en un baúl. Y que mostraban varios personajes y direcciones de otra,creo que ya lo hemos dicho, ciudad marítima, lejana y desconocida,  donde él ahora  vivía. Las compró, se las envió por correo contemporáneo, y a él le gustó recibirlas. Le prometió que algún día, en ese futuro que diseñaban a pares, investigarían quienes eran los protagonistas. Y las postales se guardaron en un cajón.

Pasaron los meses y pasaron mil minutos. Y cayeron los puentes entre las ciudades marítimas. No hubo más llamadas, ni risas al teléfono, ni mensajes ni visitas. Y, por supuesto, nunca hubo esa reconstrucción atemporal  de la ciudad con consonantes dobles hecha entre ellos dos.  Y el mundo, increíblemente, siguió su curso, como si nada hubiese pasado. 

Y varios meses después y muchos puntos de sutura echados a la espalda, ella paseaba de nuevo por su ciudad de mar y viento.  Y, en una feria de antigüedades y chamarilerías, reconoció vagamente el rostro risueño de la chica que vendía, entre otras cosas, postales antiguas. Su puestecillo atestado de hermosas inutilidades,  entre lámparas Liberty, ya lo hemos dicho, y muchos otros tesoros baratos de otras épocas. Vio, de nuevo, cajones con papeles, y algunas, no muchas, postales. No tuvo que darles la vuelta para reconocer destinatarios y aquella caligrafía cuidadosa, temblona y a pluma que en 1937 había puesto a la otra ciudad marítima en un mapa mental. Y claro, las compró. Y se alejó de allí con el corazón temblando y el regocijo de quien ha encontrado la piedra filosofal ante los ojos despistados de muchos testigos.

Llegó a casa y observó de nuevo aquellos retazos, ahora extendidos sobre su tan contemporánea mesa de Ikea del comedor. Y decidió guardarlo todo en un sobre, escribir la dirección de él y ponerles un sello. Está ahí, en el mueble de la entrada, dispuesto a salir en enloquecida carrera a través  de sacas, manos de carteros y barcos para llegar a un lugar que tiene sentido para una persona. Lo que ella no sabe es, si algún día, conseguirá llegar hasta el buzón para echar la carta al correo. 

 

Barra de labios

 Barras de labios que saben a verano

 Imagen tomada de decodog.com

Ya estaba aquí el verano. Vivía en un lugar en el que, sin transiciones de ningún tipo, el invierno hacía mutis por el foro rápidamente. Era un invierno, de todas formas, bastante cabrón. Mientras doblaba camisetas y  apartaba guantes y bufandas, se lo imaginaba como esas vedettes maduras que se niegan a envejecer y salen  al escenario a saludar de vez en cuando, aunque ya no las aplauda nadie, ávidas de protagonismo. Ese invierno se marchaba implacable, camino de otros hemisferios, a dar sus palizas de nieve y botas de agua. El verano llegaba al norte humilde y tímido,  con sus helados y terrazas nocturnas, con las casetas de feria y los globos escapados hacia el cielo. De siestas con baba colgando, tintos de verano y marcas de tirantes en la piel. Era verano.

Como todos los planes que se hacen con los ojos nublados, había hecho agenda en común y paralelo para comerse parte de Europa : dos billetes, dos maletas, dos mochilas, una cama, un nudo de dos cuerpos, pares, nones, par que asomaba y luego, finalmente, non. Y claro, los cambios de planes siempre desconciertan. Tampoco entendía en qué momento había perdido jugando a los dados, a los chinos, a la lotería salvaje y sarcástica que reparte el azar asqueroso cuando se trata de parejas.  Recordó de repente, al rellenar el neceser, que un día de invierno se había pintado los labios con una barra que le supo a verano. Si hubiese leído a Proust, ya tendríamos hecho el final de esta historia, y esta buena mujer estaría pingando el moco sobre el lavabo, pero qué va. Por fortuna era una indocumentada y lo único que recibió con semejante input fueron unas ganas tremendas de devorar el calendario, de patear por fin las calles berlinesas o parisinas, esas calles que en los sueños enamorados siempre tienen adoquines y están alumbradas por una farola coquetona. Y que él estuviese a su lado, claro. Para discutir, troncharse de risa, planear, enredarse en el ya mentado nudo, desenredarse y volver a empezar.  Y siguió, durante el resto del invierno, recordando el sabor del pintalabios, afrutado y fresco.

Ahora, mientras terminaba una maleta y una mochila, el sol de su mes de agosto entraba por la ventana. Y pensó que, quizás, no hay que pensar en el verano en invierno ni en el invierno en verano. Que hay barras de labios que están bien siempre, y otras que hay que guardar para momentos festivos. Que los planes se hacen cuando se tienen que hacer y no antes, porque corren el riesgo de llevarse por delante la propia agenda y el cuidado que hemos puesto en llevarlos a cabo.

Y guardó su barra de labios con sabor a verano en su maleta de verano de viajera inesperada. Por si acaso, claro.

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