Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “mayo, 2011”

Analógico/Digital (12)

 

 

 Fotografía de Elliot Erwitt. Imagen tomada de Frogsmoke.com

 

 

El ya le había escrito en medio de los incendios. Utilizaba un alfabeto plagado de llamas y detonadores, palabras furiosas y encendidas, que siempre querían prender en el abrigo que ella llevaba, protegida de lluvias y viento. No lo sabía, pero llevaba también un chaleco antibalas. Ya hemos contado aquí como, jugando, se les disparó la pistola  que, por una vez, no llevaba esas balas de fogueo de las películas, las que nadie ha visto, porque las balas, las que salen de ese reducto imposible de tripas y deseo, siempre son de verdad. Conste que él, a veces, recorría la cicatriz con los dedos. Y lo mejor de todo es que no habían aprendido nada. Sí, eran niños perdidos en el tiempo, construyendo un puzzle digital de sonrisas adivinadas, de vidas en resumen, de recuerdos garabateados en post-it amarillo en la nevera, como pistas de un tesoro que hay que encontrar en uno de esos juegos prefabricados de las acampadas scout. Ella decidió acercarse a las llamas para tomar calor. Y él rebajó la intensidad de sus disparos. Y aunque cada uno, de algún modo, seguía protegido por una trinchera construida de realidades diferentes, distancias y pantallas de ordenador, dieron una oportunidad a lo imposible y que nunca sucede. En un mundo analógico, claro.

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Lorena & Woody

 

 

 

Fui a mi primera cita con Woody oliendo a colonia "Eau Jeune", que era la que más molaba, y un jersey prestado. Al cine Equitativa. E iba yo poco predispuesta a ver una película, porque lo que en realidad quería era que el chico de ojos color Coca-Cola que me invitó a verla me mirase a mí intensamente, como hacían en otras películas. Pero claro, fui a ver a Woody. Y empezó aquella tarde, en ese cine de ciudad del norte, una fidelidad como pocas he tenido en mi vida. Al chico no, lógicamente, porque no se puede ser fiel al amor de los quince o dieciséis años, que es un atraso. Fiel a Woody : me hice adicta a su cine, que posiblemente no es cine, a muchas de sus películas, incluso a las mediocres, pero que siempre, en cualquier momento, me salvan y las salvo yo. Y todos los años tengo una cita con él.

En mi vida, es verdad, hay mucho Woody. La última noche de Boris Grushenko fue la primera que vi, con el chico de los ojos color Coca-Cola. Después esquivé balas en Broadway, pienso que la ciencia no avanzará hasta que no se descubra y patente el orgasmatrón, deseé investigar asesinatos en la Gran Manzana y prestarme voluntaria a los trucos de un mago mediocre. Le he perdonado hasta sus ansias bergmanianas (qué me importa a mí que la de gafas de esa película no tenga talento artístico, qué pesadez), quise llevar chaleco y corbata como Annie Hall (quiero ser Annie Hall, qué leche), convertirme en todo lo que observo mimetizándolo y, desde luego, que gracias a una de sus películas conocí al hombre de mi vida. Y vi bailar a unos Grouchos enloquecidos y me emocioné con e.e. cummings.  Y sí, me gustan también muchos de sus libros, acabar con la cultura y todo lo demás. Pero sobre todo, me regaló una gran joya en forma de rosa púrpura del Cairo. Y hoy, vuelve a hacerlo. Quizás Medianoche en París no sea la mejor película de Allen. Es más, puede que sea hasta mala. Pero es el contrapunto adecuado de aquella que vi hace tantos años y en la que sucedió lo que todos los que soñamos en el cine queremos que suceda alguna vez: poder entrar en la película y verla desde dentro. Como Alicia cayendo en la madriguera, como Gulliver viajando a distintos lugares. Siendo nosotros, pero distintos. Y cuando suenan las doce de la noche en París es imposible no querer conocer a Scott Fitzgerald, o a Dalí y sus rinocerontes, polemizar con Gertrude y beber absenta con Ernest. Cómo no. Aunque luego, y sin que suenen de nuevo las doce, los caballos vuelvan a ser ratones. Y es posible, casi seguro, que muchos espectadores se revuelvan en su butaca o piensen en el Alan Rudolph de Los modernos. Y es que la mitomanía es lo que tiene: que podemos caer en bucle. E idealizar siempre lo que no vivimos, lo que no tenemos, las vidas de los otros, incluso cuando son ficticias. Y a lo mejor es verdad: era mejor el París de la Belle Epoque que el que vivió la generación perdida. O no: el caso es que no es nuestra vida, nuestro momento, nuestra acción. Porque la nuestra, nuestra pobre vida, siempre será insatisfactoria. Y la fantasía, el sueño y la ficción la redimen porque suspenden ese hastío y lo convierten en algo pasajero, en algo soportable. Ya lo decía Flaubert: sumergirse en la literatura como en una orgía perpetua. O en el cine, incluso en el malo. Y ya lo sabía, hace muchos años también, la tímida Cecilia de La rosa púrpura de El Cairo. Y lo sabe Gil en un París mágico. Y también yo, espectadora de Woody, que acude a su cita con él como quien va a una fiesta. La misma fiesta que me enseñó ayer, en una butaca de cine, nuevamente, llevándome a París. 

 

En un cuaderno Moleskine (10)

 
 
 
 
Encuentro esta hoja suelta, en el cuaderno, detrás de una lista de la compra para asistir a una concentración en algún sitio : 
 
 
"(…) supongo que lo has visto en los periódicos, en la tele, en Twitter no, que no te gusta, pero sí en Facebook : muchos agraviados, indignados, cabreados con el estado que nos desgobierna, salen a la calle y protestan, se manifestan, quieren reunirse, acampar, ser visibles y resistir. Gente harta, despojada, decepcionada, que ve en las listas de las municipales auténticas barbaridades en un decorado de esperpento. Veo fotos que me emocionan, leo algún que otro manifiesto de la indiferencia, he visto algún ejemplar del libro de Hessel, que no dice nada nuevo pero que nos recuerda lo que hay que recordar. Veo mucha etiqueta, mucha precipitación, muchas ganas, furia, acción. Y con el corazón palpitando fuerte, esperando que no quede todo en nada, que un viral sume a otros virales. Y ¿sabes? (ya sé, ya sé que repito esto muchas veces y que, como siempre, tú me contestarás "pues no lo sé, pero me lo vas a contar") Quiero coger parte de esta ilusión, de esta rabia, de esta furia, de este ímpetu positivo y guardarlo en la nevera. De vez en cuando me asomaré para ver si sigue allí, que no caduca, que me sonríe misteriosamente dentro de un tarro de cristal. Al lado de una mermelada francesa de moras y una tableta de chocolate inglés. Lo hacemos algunas veces, incluso sin proponérnoslo: saber que no es el momento para algunas cosas, pero que quizás y como algún vino, en el futuro puede que sean mejores o que, por lo menos, nos apetezca probar sin miedo al empacho. Y, al cerrar la puerta de la nevera, espiar el calendario con mirada furtiva y calcular, rápidamente, el tiempo que falta para ver de nuevo tus ojos sobre estas líneas, sobre mis manos y  acariciando el instante que compartes conmigo".
 
Quizás debería haberle puesto por título "Receta para elaborar congelados". 

Poema de Lois Pereiro no día das Letras

 

  Fotografía de Elliot Erwitt

X

 

"Tristemente convivo coa túa ausencia

sobrevivo á distancia que nos nega

mentres bordeo a fronteira entre dous mundos

sen decidir cal deles pode darme

a calma que me esixo para amarte

sen sufrir pola túa indiferencia

á miña retirada preventiva

dunha batalla que xa sei perdida

resolto a non entrar xamais en ti

pero non a tortura de evitarte"

                                 Lois Pereiro  Poesía última de amor e enfermidade 1992-1995

Dolores y ritmos

Hay que esperar a que salga el sol

Hace algún tiempo, antes de estos días pasados en medio de tormentas, leía una entrevista a Rosa Montero en la que hablaba del dolor, inmenso y caníbal, de la pérdida. Perder a un compañero, como fue su caso, y esa orfandad inmerecida, absurda e injusta, de que la vida siga, como si tal cosa, con sus rutinas de telediarios y rebajas, de horarios y ofertas de vacaciones, supermercados y lavadoras. Como si nada hubiera pasado. De cómo un mundo se para así, en seco, sin nada más, y otro sigue vivo aunque lo desconozcamos, sin verlo. Decía, en medio de la emoción, lo sorprendente que le resultaba la facilidad con la que los médicos ofrecían santos griales para mitigar esa "no-sed" de vida que se te queda cuando te amputan parte del amor. Para continuar con la rueda que incluye sentarse a desayunar sin derrumbarse ante los espacios vacíos, ante las nadas, de abrazar la química y no abordar ese sentimiento como algo propio y parte de los cromos que tenemos que cambiar con la vida. 

Puede ser que algunos sean más fuertes que otros. También que, y viva Perogrullo, no hay una felicidad constante ni tampoco mal que cien años dure. Pero no sé si atravesar el desierto con víveres lo hace menos desierto. Si ayudarse para superar el día a día con algo que remede al  bálsamo de Fierabrás (con receta de la seguridad social) convierte al que lo hace en alguien con menos mérito. No lo creo. También que los procesos son inevitables y que hay que pasarlos. Como podamos, claro : con muleta o sin ella. Ya hubo quien dijo aquello de que la felicidad de hoy era parte del dolor de mañana, C.S. Lewis, aunque siempre pienso en Anthony Hopkins. Lo que sí sería muy de agradecer es que la memoria no fuese canina, que el tránsito entre el daño y el recuerdo que emociona pero no hiere se pudiese hacer así, de golpe, moviendo el ratón del ordenador y creando carpetas y directorios: tus fotos conmigo, para acá, los días aquellos de risas, pacullá, las discusiones y lo mal que nos lo hicimos pasar, pa la papelera del reciclaje. También las resacas post ruptura tienen su doloroso reseteo: encontrar su camiseta, aquella que le quedaba tan bien, o darle vueltas y más vueltas al pensar si él, en el fondo, estará pensando tanto en ti y con tanto dolor como tú. O si, simplemente, te ha borrado de un plumazo de su vida. Y es cuando te das cuenta de que todo aquello quizás le ha pasado a otra persona, a la que era feliz en esa circunstancia, y que es una de las muchas que habitan en ti. Y que tampoco tiene la piedra filosofal, el amuleto mágico, la gracia perfecta de poder saber cómo situar todo rápidamente en su sitio y mirar hacia adelante. Que tampoco fue capaz de avisarte de que aquello era efímero, quizás, y que iba a dolerte, y mucho, acordarte de pequeñas bobadas. Pero es así.

Y qué jodidos y lentos son algunos procesos para extirpar dolores. Y es que ese, sin más, es el trato. 

Digitalismos e influencias

Metrópolis

Está el mundo inmerso en esta desconcertante primavera del 2011, en este toma y daca convulso y desencantado, en  un paisaje extraño que presagia tormentas mayores. Un paisaje muy a la Giorgione, con fogonazos de luces mentirosas, como un juego infantil de cacharritos y vestidos de muñeca a escala menor, reproducciones cínicas de un mundo que ni siquiera a nosotros nos gusta. Parece una fiesta de cumpleaños:  algunos reparten alcaldías en lugar de Sugus, prometen comisiones en lugar de Gormittis de cinco de enero. Otros seguimos leyendo sueltos de periódico evitando ver cadáveres que son de mentira y asesinatos que son de verdad. Nos daría miedo encontrar una fotografía en la que reconozcamos un contexto, un lugar, un latido. Y sentirnos nosotros en alguna sonrisa lejana, desvaída en píxeles pero intensa, dando cuenta de un hallazgo científico o presentando nuestra novela, esa que siempre quisimos escribir. Esta última línea, que es un banal e incierto homenaje a Auster, me hace pensar en simetrías, en ese lugar ajeno pero que reconocemos como propio, en algunas creaciones. Incluso en las nuestras. Si es que existen, claro.

No estoy hablando de la fotocopia, ni tampoco del collage o los acólitos a escuelas que permiten el piercing (mañana hablo sobre el plagio en un periódico, eso sí, que he venido aquí a hablar de mis artículos). Hablo de ese íntimo regocijo, de esa "llegada a casa" que es suponer que, en algún momento, Michon sabía que yo lo leería, otro se sonreiría pensando en que yo reconocería esos remolinos y esos agujeros oscuros, algo mío. Ese devenir, ese devagar. Y también, claro, el resoplido y la frustración de saber que ya lo han dicho, que hemos llegado tarde y que, además, lo han hecho mejor. En ese desánimo, en ese desinflarse ante lo reconocido, pierden muchos autores el tiempo. Y la voluntad de alejarse, de perfilar una individualidad, les puede llevar a transitar selvas tan pobladas que devoran hasta galeones. Eso, desde luego, en el mejor de los casos. En otros, a veces peores, a abandonar el camino, expulsándose a sí mismos de un paraíso que solamente conocen por los anuncios por palabras. Harold Bloom habla de todo esto en The anxiety of influence (de esto y de mucho más, como casi siempre). Y yo creo que esa negación,ese tipex enarbolado por un intento de crear una voluntad de estilo unívoca, es a veces un esfuerzo baldío. No sé aún lo que dice Nicholas Carr al respecto, pero yo sí pienso que si la lectura en la era digital ha cambiado, también la literatura. Y la influencia. Y que aunque el medio cambie, nuestra memoria de lectores sigue absorbiendo e intentando lo que nos conmueve : desde un haiku a un microrrelato, adaptamos y adoptamos. Por medio de la transformación, de aquello que seleccionamos y creamos. Lo que ya hemos dicho tantas veces : un enorme palimpsesto. Con alguna que otra parcela propia. 

Hay  interesantes vueltas de tuerca. Y en  la madeja textual de la red aparecen textos compartidos en Facebook, en enlaces a blogs, en notas, en retuiteos. Ojo, digo compartidos (inciso para recomendar la lectura del site sobre creative commons). Por eso una se sorprende cuando ve cosas suyas que no sabe cómo han llegado a según qué sitios. Y me siento como el que recoge una botella con un mensaje muchos años después, en un lugar distinto y siendo ya casi otro. Otro que, quizás y en una última pirueta, ha querido ser el que lanza la botella de nuevo. Que en esto de los cortas y pega, de verdad, nunca se sabe si fue antes el huevo o la gallina. 

Fragmentos de un diario futuro (6)

Temporal system failure

 

"No había pensado nunca en tener que despedirme. Por eso no he desarrollado ninguna competencia informacional al respecto: no supe evaluar la información que transmitían tus ojos, tampoco soy capaz de dar un uso adecuado a mis técnicas de indagación, he navegado ciega y sin criterios, y no he sabido tranformar en conocimiento. Quizás fue y sea culpa mía : acostumbrada como estaba a que me formasen como usuaria, me ha quedado un poco grande esta alfabetización a la que me has sometido, en la que me sumergiste como a una principiante, para, luego, negarme los resultados de las búsquedas. No, quizás no he sabido aprovechar todo el input. Pero, la verdad, no pude ni modificar parámetros. Cuando quise repetir, volver a hacer, preguntar y reparar errores, tú habías cortado la conexión, quizás atendiendo a ciertos requisitos del sistema. Ahora, y solo ahora, con los últimos meses guardados en un usb, creo que ambos, cada uno en su propio puesto y con un ordenador por alumno, necesitamos reiniciar. Y reinstalar absolutamente todo. Lo que pase después no lo sabemos y será objeto de otra remesa de diarios futuros. A lo mejor con las mismas firmas. Quizás con otras, no se sabe. Pero lo que sí está claro es que hemos los dos desarrollado destrezas para mirar hacia adelante."

Inventarios, madres y cuadernos Moleskines

Dream on 

Imagen tomada de Comically vintage.com 

Encuentro esto en el cuaderno Moleskine que, esta vez, transcribo de una escritura apresurada y dividida en varias partes: 

"Del lado de acá: La risa del domingo a la mañana, las patatas fritas y la cerveza, los calendarios, las rosas rojas en un frío despacho, las líneas de blog, las ganas de vivir, las planificaciones, las geografías que no existieron, el lugar que habitas, tu sillón nuevo. También los paseos y las compras a media tarde, los pescados que no caben en el horno, las botellas de sidra con amigos, el invierno en la Alameda, los enfados y la hipersensibilidad, el aeropuerto, mi coche abollado, las maletas y los vasos de agua. El calor. Querer y no esperar nada, pintar un mundo en el que parece que solo caben  dos personas que se aman. Palabras, discursos, hablar mucho, constantemente, escuchar, parar, tus ojos enamorados, ojos que me persiguen. Que me cubren del todo, como el edredón con el que nos tapábamos para ver películas. Mi bolso con aspirinas y el móvil olvidado, la postal de cumpleaños con el Gordo y el Flaco, mi foto en un periódico, el boicot a los bares que no dan tapa, el autobús, las conferencias, tú, leyendo y riéndote, en fin, todo lo que eres, lo que quiero y lo que soy.

 

Del lado de allá: Tú y una mano, la que estaba tendida, la que yo cogí y de la que me solté sin querer, en algún momento, sin darme cuenta. Las nubes en el horizonte, los catarros y las prisas, la muerte de todo en un instante, el parabrisas fijo de mi coche abollado y que me sé de memoria, el hueco vacío, los silencios de quien solamente quiere irse pero que también quiere quedarse, quien promete el mundo y luego no sabe si puede dártelo, como aquellos primos segundos a los que nos obligaban a prestar nuestros juguetes en comidas familiares y luego no querían devolverlos. El miedo a ser solamente dos, aunque éramos ya "amor, cómplices y todo", la velocidad de los sentimientos que nos estallaron encima. Tu espalda alejándose y queriendo rebobinar los días, dar vuelta atrás. Y mi voz que se marchó cuando más la necesitaba y que no me sirvió para gritar lo mucho que te quiero."

 Esta vez creo que va a necesitar tiempo, sí, un poco de tiempo. Vamos a dejarla y retomemos un poco lo que es este blog. Hoy debería estar escribiendo sobre mi madre, que me entendió cuando le conté mi interés por estos cuadernos Moleskines y, por una vez, no hizo preguntas. Mi madre,  que me compra cosas inútiles en los chinos, que me enseñó a mirar hacia adelante en cualquier mala circunstancia, que me riñe y que se mete en todo, que saca conclusiones precipitadas y que casi siempre acaba teniendo razón la jodía, que me daría un cachete en la boca si me oye decir que "esto es una mierda". Que me regaló mis primeros libros de Elena Fortún, en los que ella aprendió a leer, a quien supongo haber herido y decepcionado muchas más veces de las que yo quisiera. Que me sigue cuidando y que me hizo disfraces de carnaval, me pintaba nubecitas y casitas con mercromina cuando me caía en el parque, que me chantajea y me quiere a la vez. Que me dejaba ir de acampada y que no le importó que no estudiase Medicina. Que fumaba en el balcón de casa y que me llama a las diez de la mañana los domingos. Por tantas cosas, por tanta discusión, tanto daño, tanto cariño. Mamá, va por ti.

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