Anchoas y Tigretones

Lectura, erudición (VII)

 

 

 

 

A colación tras un breve, brevísimo encuentro en Santiago con Francisca Hernández, Tránsito Ferreras y Xavier Agenjo, con un incierto calor abrileño en una tarde de viernes y  en el que salió, muy por encima, esta extraordinaria novela, así como  la experiencia americana de la que escribe. Llevo más de una semana dándole vueltas a una posible reseña pero soy incapaz, no sé por dónde meterle el diente. Así que, el párrafo en cuestión, lo pongo (si vulnero alguna ley que se sepa que cito religiosamente y que es, más que un homenaje, una admiración de altar por el autor). Ahí vamos:

"En realidad el mundo había empezado a cambiar mucho antes. Antes incluso de que entráramos en la universidad. Pero no nos dimos cuenta. No lo advertimos por ceguera y sobre todo por soberbia: nos sentíamos cómodamente instalados en un saber que no había sido cuestionado en cinco siglos y que iba a seguir vigente, estábamos seguros, al menos otros cinco siglos más. Yo, por ejemplo, quise estudiar literatura porque creía que las Humanidades seguían estando en el centro del conocimiento, y porque pensaba que hombres como Augusto Desmoines no podían estar equivocados. Pero no faltaban indicios de lo contrario. Otros, menos ciegos que yo o más humildes, los vieron y supieron interpretarlos. Lo que nadie imaginó fue la velocidad a la que se produjo aquella revolución. En menos de cinco años el estudio de la literatura, esa tarea a la que habíamos consagrado nuestros años universitarios, pasó de ser una prestigiosa ocupación cuya utilidad nadie cuestionaba a considerarse una disciplina inútil que sólo conducía a la frustración y al paro."

 

                                Antonio Orejudo Un momento de descanso Tusquets, 2011 p.111

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Un pensamiento en “Lectura, erudición (VII)

  1. Joer la foto parece sacada de alguna revista de los Testigos de Jehová. Imagino que será la versión e-book de la Biblia😛😛
    En cuanto al texto, yo recuerdo que, de niño, en la aldea, cuando se decía de alguien que estudiaba o había estudiado “Filosofía y Letras”, era revestido de una aura de superioridad que hacía ridículos a médicos, abogados e ingenieros. Auque muchos veían esa carrera “demasiado perfecta” para sus propios hijos.

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