Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “abril, 2011”

En un cuaderno Moleskine (9)

 

 Imagen tomada de comically vintage

Decidió recuperar algún garabato de los que escribe cuando espera en los aeropuertos. Y copió estas líneas, que aguardaban, tímidas y acuosas, detrás de un horario de Vueling:

"He dejado la puerta de casa abierta. Le di empujones, golpetazos, la emprendí a patadas con ella, pero nada. No se cierra. Imagino que es empatía con esa persiana que no se cierra del todo, con el grifo del baño que gotea aún, poco a poco, con el alma que se va derramando igual que la mantequilla en la sartén al hacer tortitas los domingos, como  ese charquito que rezuman los paraguas abiertos, solitarios y absurdos, secándose fuera de sitio. No puedo cerrar esa puerta porque creo que todo lo que la forma, las bisagras, su cerradura, ese gastado picaporte, tiene una memoria. No quiere encerrar las risas, las discusiones, los planes y las promesas, todo lo que quedó en la parte de dentro. No quiere olvidar. Siempre he creído que los objetos tienen un almacén de recuerdos, un alma informe y escurridiza que les hace permanecer tranquilos,  pero que se rebela cuando los cambiamos de sitio o, en uno de esos arrebatos, los regalamos a alguien que los mira con ojos nuevos. Tengo un montón de libros que ahora tiritan por la corriente de aire que entra la por esa puerta que no cierra y están contentos, creo, de que, por fin, alguien los ventile. Tuvieron momentos de desbordante alegría estos días pasados cuando los alabaron tanto, los cogieron y leyeron. Creo que se reían como los niños a los que enloquecemos al hacer cosquillas. Sí, todo, a veces, se da la vuelta sin querer. Los objetos lo saben y lo sabemos nosotros. Para valorar algo, a veces hay que dejarlo marchar. Aunque miremos el hueco que nos dejan con tanta tristeza como ahora. Pero que todo dé la espalda no quita el que la puerta, a la hora de la verdad, sea terca como una mula y no cierre. Y yo me alegro. Me gusta dejar esa puerta abierta. Así, cuando vuelvas, no vas a necesitar llaves".

 

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Perspectiva (1)

 
 
Se dio cuenta de que, por fin, tenía perspectiva. No tenía tampoco muy claro que era exactamente lo que quería decir eso, pero, desde siempre, escuchaba que había que hacer las cosas con perspectiva. Esa palabra le provocaba la misma sensación de inquietud que, en los exámenes de inglés, el epígrafe "fill in the blanks". Completar, rellenar,escoger lo preciso, eso era lo complicado. Pero ahora tenía perspectiva. Sabía, por ejemplo, que algunas cosas no funcionaban y había que dejarlas al margen,que otras eran incómodos añadidos, que el minimalismo no estaba mal, siempre que no se convirtiese en una filosofía del aislamiento, que hay manos a las que agarrarse y cuerpos en los que perder el norte. Como ya tenía perspectiva, se dijo que  estaba preparada para el gran cometido. Se inclinó sobre la mesa de dibujo y, pertrechada de escuadra y cartabón, con rotring, reglas y paralex, desdeñando el plóter y todo tipo de automatismos, comenzó el gran proyecto :se diseñó una vida. Tampoco importaba que, de vez en cuando, cayese algún borrón. Es posible que la perspectiva, en algún momento, los incorporase como actores a este teatro. Y no creo que quedasen mal del todo. Pero claro, yo eso lo digo porque tengo cierta perspectiva. 

Acenos (deste lado)

Ela habitaba no lugar dos ollares sin perfil. Ollares de frente, baleiros de secretos. Intrépidos, valentes. Cando tomaban unha cervexa nunha terraza, baixo o sol da incerteza de abril, falaban, e ela deixaba pousar os segundos. Collía o tempo con dozura, movéndoo con agarimo  para devolvelo renovado, intenso, cheo de ledicias e mecos. Tamén levaba, agochadas no bolso, unha batería de sonrisas, brincadeiras e afagos. Confianzas tamén. Algunhas veces as espallaba enriba da mesa e agasallaba á outra muller cunha antoloxía de acenos infantís, deses que fan que os que comparten a cervexa, co privilexio de sabelo, non queran nunca que pase ese momento.

Lectura, erudición (VII)

 

 

 

 

A colación tras un breve, brevísimo encuentro en Santiago con Francisca Hernández, Tránsito Ferreras y Xavier Agenjo, con un incierto calor abrileño en una tarde de viernes y  en el que salió, muy por encima, esta extraordinaria novela, así como  la experiencia americana de la que escribe. Llevo más de una semana dándole vueltas a una posible reseña pero soy incapaz, no sé por dónde meterle el diente. Así que, el párrafo en cuestión, lo pongo (si vulnero alguna ley que se sepa que cito religiosamente y que es, más que un homenaje, una admiración de altar por el autor). Ahí vamos:

"En realidad el mundo había empezado a cambiar mucho antes. Antes incluso de que entráramos en la universidad. Pero no nos dimos cuenta. No lo advertimos por ceguera y sobre todo por soberbia: nos sentíamos cómodamente instalados en un saber que no había sido cuestionado en cinco siglos y que iba a seguir vigente, estábamos seguros, al menos otros cinco siglos más. Yo, por ejemplo, quise estudiar literatura porque creía que las Humanidades seguían estando en el centro del conocimiento, y porque pensaba que hombres como Augusto Desmoines no podían estar equivocados. Pero no faltaban indicios de lo contrario. Otros, menos ciegos que yo o más humildes, los vieron y supieron interpretarlos. Lo que nadie imaginó fue la velocidad a la que se produjo aquella revolución. En menos de cinco años el estudio de la literatura, esa tarea a la que habíamos consagrado nuestros años universitarios, pasó de ser una prestigiosa ocupación cuya utilidad nadie cuestionaba a considerarse una disciplina inútil que sólo conducía a la frustración y al paro."

 

                                Antonio Orejudo Un momento de descanso Tusquets, 2011 p.111

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