Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “febrero, 2011”

Analógico /Digital (12)


 Imagen tomada de http://www.todocoleccion.net
 
Cuando miré a mi alrededor y vi que todos los comensales eran de distintos colores y razas pero que los entendía perfectamente, pensé que, por fin, había descendido a mí el don de lenguas. También  que la tolerancia producía magníficos puentes de comunicación y, qué leche, dos no se entienden si uno no quiere. Pero no, había algo diferente: me di cuenta de que era el quincuagésimo domingo después de Pascua y me vi inundada por el gozo de protagonizar un nuevo Pentecostés. Animada por el espíritu "Viva la gente" y anuncio de Coca-Cola, decidí ir a contar la buena nueva al mundo tweeteando que es gerundio y añadiendo un TweetPic que siempre mola. Con el  Iphone en la mano, dispuesta a  fotografiar las previsibles lenguas de fuego sobre nuestras cabezas,tuve la constatación de que estábamos abducidos:  lo que teníamos encima cada uno de nosotros era el logo de Google translate.
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Sillón de tres plazas

 

 

No tiene un curriculum de noches silenciosas, dormidas en paz, con la neurona agotada por el horizonte de Gormitis y de porterías de fútbol. Le sorprenden las neveras con Nocillas y jamones York, sobre todo la luz, esa luz rara que tiene la nevera dentro y que no se sabe si siempre está encendida o sólo nos saluda como los relojes de cuco de vez en cuando. También que las lavadoras transformen el chandal heredado  en un esqueleto rígido en la cesta de la ropa. Que quepan tantos platos distintos en una mesa, que las puertas se abran con unas llaves y que en los corazones haya sofás de más de tres plazas. El ha tenido sitio en uno.

Su madre solo lo veía desde la orilla desde donde miran los de los ojos perdidos, los que ya han tirado alguna toalla y maldicen tener que cuidar de una inocencia hecha de lamparones y barras de pan a última hora. Su madre, que ya es  una silueta recortada en su joven memoria, como las fotos de los cantantes que su hermana (él tenía una hermana) pegaba a la pared. Le han dicho que mamá se está poniendo buena y a lo mejor, piensa, ya no duerme con la tele encendida y no se le olvida volver a casa. Y desde sus cinco años, se repite, y lo dice en alto cuando se enfada, que él tiene una mamá que va a ir a buscarle algún día. Aunque no lo hiciese aquellos días, aquellas semanas, aquel año, en fin, que pasó con otros niños en aquella casa tan grande. Aunque fuese otra familia la que se lo llevó un día de mañana a otro planeta que es también imperfecto, pero que es el que corresponde a  la infancia. En la que viven Gormitis y hermanos que dan la brasa porque no apagan la luz y él quiere dormir. O cuando tiene que comerse, sí o sí, las lentejas que tocan hoy y el plátano que toca a media tarde porque, en gran medida, eso es ser niño: preocuparse sólo de abrir la mochila de las meriendas, mirar, reirse con las reglas del juego y empezar a todo constantemente, día tras día. Y ahora ya conjuga los recuerdos con el cuaderno de Coñecemento do Medio, con recreos y con algunos límites. Y con broncas y algún castigo. Y con los premios. Con la normalidad y la sensación de resguardo que da ver luces en una ventana ajena en los días lluviosos.

Y una sigue pensando que es un milagro y un auténtico heroísmo hacer un hueco nuevo, cálido y familiar, en un sillón de tres plazas, al que viene de fuera y que nunca ha tenido uno. Aunque haya que apretujarse y estar incómodos, todo, absolutamente todo, lo compensa el calor dado. Y los ojos sorprendidos, perplejos e inmensos del que recibe.

Charlatanerías

 

 

 Imagen tomada de revelife.com

 

 

 

No sé cómo pudo pasárseme este artículo de Vila-Matas titulado "Entrevistas y charlatanes". No lo sé, porque, a pesar de lo que vamos a hablar aquí, tengo plena devoción por sus palimpsestos literarios. Como toda buena charlatana y pseudofilósofa de café, amén de socióloga aficionada, sustento que siempre hay que mantener un buen grado de impostura, de hecho esta afirmación es un buen ejemplo. Pero vamos a lo que vamos: en el artículo nos cuenta, nos reseña e ilustra, sobre un estudio de una universidad norteamericana acerca de las entrevistas que "The Paris review" realizaba a diferentes escritores y la influencia posterior que ese género, ese modelo, ha tenido en empresas posteriores de la misma índole.

El género cotilleo literario siempre ha dado grandes frutos y tiene innumerables seguidores. Saber si un escritor tiene horario y cúal es-la pregunta más repetida según el estudio-, saber si hay alguna manía personal (escuché alguna entrevista con un autor español que sólo escribe a mano con bolis de propaganda) o, incluso, como le pasó al propio VM, saber cómo se visten para la ocasión. Personalmente me importa un pimiento si Hemingway se vestía de lagarterana, si para escribir grandes párrafos y novelas se levantaban con las gallinas o si lo hacían después de ir a pilates. Me gustó siempre lo que decía Faulkner de ser gerente de un burdel como lugar idóneo para un escritor (tranquilidad de día, acción de noche), y  recuerdo la perplejidad de Cela cuando le preguntaron si Pascual Duarte era autobiográfica. Otra cosa son las luces y sombras de las biografías o hagiografías literarias, que de todo hay, y una acaba enterándose de grescas matrimoniales y de impudicias un tanto ruines, que convierten la pretendida biografía en cuestión en una sesión de soft porno.¿O es que a estas alturas alguien no sabe el "gran sentido de la familia" (palabras textuales y propias) que tiene el flamante Nobel de Literatura?.

Volviendo a los hábitos de escritura, al contexto en el que se produce la creación literaria y sus aditamentos, a los estímulos y a las manías,  lo interesante viene en la posibilidad de mentir y crear una impostura que se vaya modificando, que se amplíe, que anide y se extienda casi como un lugar común en el género de la entrevista.  O para la performance personal. El rey era, y sigue siendo al menos para mí, Hunter S. Thompson que, según dicen, sembraba el salón de su casa de muñecas hinchables cuando iban a entrevistarlo, aunque todo en él ya era exceso. Decía  Pessoa que el poeta era un fingidor, y creo que, para quien acaba de rematar una novela, el momento en el que le preguntan por cuestiones tan íntimas y tan ajenas a la obra en sí, propicia paradójicamente el acto más libre de toda creación, que es el de la mentira sustentada o la autobiografía ficticia. El del cuentista de toda la vida, vaya.  A mí, que acudo a la lectura y a los textos prescidiendo de miradas felinas en la portada o  que no hiperventilo con maduritos interesantes o con malditiños a medio cocer a los que les faltan unas cuantas ferveduras, la frase que más me gusta es la del gran Jean Echenoz cuando dice algo así que "un libro se escribe precisamente para no tener que hablar de él". Y siempre me acuerdo de mi adoradísima Esther Tusquets cuando en "Confesiones de una editora poco mentirosa" (atención al título) se refiere al papel que los agentes literarios, alguno en concreto, han tenido y tienen en la visibilidad o exposición excesiva a los medios de algunos escritores. Supongo que ahí está el quid de la cuestión: las entrevistas "literarias" ahora ya no son, salvo en algunos casos, un alarde de ingenio que nos alerte a jugar sobre dónde empieza la ficción de ese nuevo personaje, antes creador, o  admirar la pericia de quien pregunta. Suelen ser escaparates de novedades, "yo he venido a hablar de mi libro "y poco más. Quizás no esté mal, pero me hace echar mucho de menos a Soler Serrano y, por ejemplo, aquella magnífica entrevista a Cortázar, sólo por citar una. Ahí se podía entrar en un laberinto y salir con un hambre de ficción, de recorrer el París de la Maga, de aprender a escuchar y a preguntar.

Y a lo mejor, los escritores de verdad escriben realmente para que no se hable de ellos. Y los que crean una ficción en torno a sí mismos, los que se convierten en personajes de folletín, escriban, simplemente, para que se hable de sus personas. O de sus siluetas, ficticias, nada más.

 

Despertares (9)

 

 

 

La promesa del café recién hecho era el reto para levantarse de la cama. Tener frío, como casi todas las mañanas vacías desde hacía un mes, la obligó a abrir el armario para abrigarse con un imposible refugio de ausencias. Y cuando vio colgada su camisa en una percha, se dio cuenta de que ahora él sí que tenía una razón para volver. Aunque sólo fuese porque la puta crisis no le dejase pasta para comprarse otra. Se dio la vuelta sonriendo, respiró hondo, y decidió que era un buen día para volver a fumar.

Conjuntos disjuntos

 Roberto Begnini en La vita é bella (imagen tomada de senagroquindio.blogspot.com)

 

Lleva una varios días pensando si Vigalondo se equivocó. No con lo que dijo que, parece obvio, era un chiste de patio de cole que nunca debió de salir, o al menos de ese modo,  de una imposible intimidad twittera.  Me recuerda a la Reina de Corazones de Alicia, que era una parodia  en sí misma, pidiendo la cabeza de todos…¿estoy hablando de Vigalondo o del periódico que, hasta que se produjo el "incidente" lo tenía como imagen y creador de una campaña de promoción de nuevos contenidos?  ¿O es más difícil matar a un fantasma que a una  realidad como aseguraba la escritora Virginia?

Todos hemos leído ya las consecuencias que determinadas actitudes o manifestaciones plasmadas en redes sociales han tenido en el carisma  de algunos personajes más o menos conocidos. A mí me puede importar medio huevo saber si Bisbal es listo como un allo o que sea un zote de mil pares de narices: eso posiblemente no cambie mis ansias de Nocilla, producto del que es imagen. A la hora de la verdad, Vigalondo no fue consciente de que su Twitter ya no era su Twitter, del mismo modo que un comentario en algún blog puede encumbrarte o llevarte a la ruina. Y esto nos lleva a la autocensura, a la contextualización o no del humor y de los límites que ciertas cosas deben o no tener, amén de reflexionar sobre si el medio es el mensaje (leche,cacao, avellanas y azúcar me parece un emblema precioso para una vida) y si el feirón global de las redes sociales tiene una netiquette libre o propiciada por la pailanada mental que hace que todo nos acojone y que no podamos decir que una rosa es una rosa sin que los herederos de Gertrude Stein te denuncien por plagio y la Asociación de Claveles Españoles proteste por discriminación. 

Por supuesto que hay páginas dolorosas en la historia y  personas que la han sufrido. Pero una tiene la sensación de que vivimos en un mundo en el que algunos colectivos viven con el hacha levantada exhibiendo la bandera de la posible ofensa, aprovechando también cierto grado de tolerancia a favor del demandante por parte de los medios (a ver quien es el guapo que dice que el chiste de Vigalondo es gracioso). El medio es el mensaje, claro que sí y el contexto es el que lo construye. Aquellas ingenuas matemáticas que aprendíamos en parvulitos vienen al pelo: los conjuntos disjuntos, los diagramas de Venn, la unión, la intersección.  Mezclar humor con lo grave y hacerlo con éxito es signo de genialidad, pero también tiene que darse la tormenta perfecta entre la intersección de públicos y momentos. Y que la mayoría comprendan el punto de partida y comulguen con él, teniendo en cuenta lo malintencionado que puede ser un retweet o, como decía la defensora del lector del periódico en cuestion, el mensaje "una vez lanzado, vuela libre y crece y se transforma, sin que el emisor pueda ya controlarlo" (sic). Lo que es absurdo es pretender que ese  empático momento perfecto, ese punto de partida suceda con más de mil seguidores en una red social, con ese componente de wiki colaborativo, malintencionado en ocasiones, insisto, que tiene.  A no ser, claro está, que sean fans fatales como los de Ashton y Demi y traguen hasta con delirantes intercambios de tweets sobre cuestiones domésticas.  Pero claro, es que ellos no hablan de según qué cosas. Quizás fuese bueno que algunos referentes nos quedasen ya un poquito lejos…incluso más allá de las fronteras que pretenden imponernos algunos.

 

 

Voz y palabra

 Imagen de Thepunch.com

Había una vez un rey que, parece, no podía hablar bien. Recrean su historia, su historieta mejor dicho, en una película bastante simplona, pero agradable.  Además de congratularme del hecho de que Helena Bonham-Carter vaya vestida de persona humana y de que Geoffrey Rush siga siendo uno de mis actores favoritos, vuelven, de forma difusa, los años, ya lejanos, de estudio de trastornos del lenguaje y de la comunicación.  Recuerdo vagamente el área de Broca y de Wernicke, el homúnculo de Peinfield y los espectogramas.  Y claro, en el cole todos teníamos algún amigo que tartamudeaba o con dificultades para comunicarse. O con problemas de lectoescritura.  Y empezaban desde pequeños a perfilarse cuestiones como la dislexia o la disgrafía. Y ver la frustración de quien llevaba todas aquellas palabras dentro y no salían, de quien quería volcar "P" y escribía "R". Y la crueldad infantil, claro.

El discurso está dentro de nosotros, latente. La lengua que uso para expresarlo es mi piel, como dijo alguien una vez. Yo, que hablo muchísimo y a veces a velocidades supersónicas, he tenido que aprender a ralentizar lo que digo. Y también a  ejercitar el oído. En la película, amén de pasar de refilón por  circunstancias históricas paralelas al aspirante a orador, vemos a un rey que jamás escucha. Sólo se preocupa de poder hablar.  Y de oirse a sí mismo en un puro ejercicio de onanismo auditivo. Y una acaba pensando en esa pobreza, tanto emocional como intelectual, que hace que queramos hablar los unos por encima de los otros, en una permanente "aulularia" que sedimenta y neutraliza buenas ideas, olvida matices, hace que algunos salten como hienas ante cualquier cosa y que, al final, todo quede en una especie de extraño sueño diluido. 

A mí, que me gustan tanto las lenguas y los diccionarios, las declinaciones y los verbos deponentes, el subjuntivo y el genitivo sajón, me encantaría escuchar los matices, las diferencias, los tonos y los argumentos en un mismo mapa. Que lo importante sea la lógica de lo que fluye y no el pinganillo. Porque la lengua, la piel, es una realidad. Y afirmar la lengua propia debe hacerse sin titubeos. Y sin malos discursos.  

 

 

 

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