Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “enero, 2011”

Proyecciones y simetrías

Hay alguna teoría física que defiende la existencia de más de tres dimensiones. Un universo elegante, según la deliciosa expresión de uno de sus defensores. Yo siempre hago libres interpretaciones de la ciencia divulgativa en voz queda. Me fascina la posibilidad de que existan mundos paralelos, realidades invisibles y unidas por una cuerda imaginaria, que estimamos o desestimamos cambiando para siempre el curso de una historia, la nuestra. Leo con emoción el magnífico artículo  de Craig Patterson titulado "Os eus ex-futuros" sobre esas encrucijadas, esos senderos escogidos en un laberinto borgiano, esas puertas que cerramos como Alicia, bajando por la madriguera persiguiendo a quien llega tarde, y abriendo esas otras que  obviamos de un portazo al descubrir a un monstruo o un Barba Azul. Sí, qué habría sido de nosotros de haber tomado otras decisiones: si hubiésemos llamado (o no) a ese número de teléfono, si, en vez de acojonarnos, hubiésemos seguido adelante con tal o cual proyecto, si no hubiésemos entrado en una cafetería cuando unos ojos envueltos en una gabardina se levantaban de la mesa. Si no hubiese asido tu mano o te hubiese dicho que no en lugar de decirte que sí.

Y una, claro, fantasea sobre esas cosas porque le engancha el concepto de la simetría. Qué le habría sucedido a Rick si se hubiese subido al avión con Elsa o Francesca hubiese abandonado el coche de su esposo para seguir a Robert rodando por el mundo entero. Si pudiésemos disfrutar de dos finales, de dos posibilidades, si pudiésemos conocer el desarrollo improbable de historias en el germen, en qué clase de espectadores, de lectores, de vividores o seres humanos nos convertiríamos. Me llegó hace unas semanas un mensaje por el que me avisaban de que ya habían pasado dos años de la última Itv del coche. ¡Dos años! ¿Qué pensaba yo hace dos años de cómo iban a ser los dos años siguientes, esos que acaban de rematar su plazo esta mañana? ¿Qué soledades, risas, helados y besos pasaron en estos 365 días multiplicados por dos? ¿Cúal era mi sentimiento exacto, mi expectativa ante esa tregua que veía casi infinita,  que se me ofrecía, tan extensa, al salir por aquella puerta?.

 Hoy, en esa cola, mientras me proponía mantener mi dignidad y no engrosar la lista de los chistes de rubias en la Itv, pienso qué sucederá en estos dos años. Quizás, gatopardianamente hablando, demasiadas cosas tengan que cambiar para que todo siga siendo igual. O quizás todas esas posibles mudanzas y acarreos, esas difíciles y queridas metas que hemos escrito juntos en una pizarra virtual, sean ya algo más que futuribles y nebulosas entradas en algún laberinto. De momento, seguimos aquí. Y ya es bastante.

 

Despertares (8)

Le gustaba observar su perfil en silencio, antes de que él despertase. Respiraba acompasadamente, los brazos abandonados, la sábana apenas enrollándose en su cintura, asomando de nuevo por la espalda. Su piel, que la había invadido en noches infinitas; sus ojos, ahora cerrados, pero  que le habían mostrado un nuevo lugar en el mundo, un destino azul, un camino diferente. Sus brazos, con los que quiso ponerse a remar hacia un nuevo puerto y que la habían sostenido para no caerse.  Cogió una tiza y dibujo el espacio de su silueta en la cama. "Así podré recordarte cuando no estés aquí"-le dijo, bajito, aunque él no podía oirla-"déjame quedarme con algo más que el recuerdo." No importaba que se borrase. Cuando él cerró la puerta de entrada, arrastrando su equipaje con ruedas, ella se dio cuenta de que le faltaba un trozo de alma. Era lo primero que él había guardado, cuidadosamente, en la maleta. Y, sin querer pasarse en los límites, se acostó, acurrucada, en el espacio que ya estaba completamente reservado para él.

Se abre la veda

 Imagen tomada de fotos.org

Con la que está cayendo por todas partes y, a la hora de la verdad, la culpa de todo la tienen los fumadores. No estoy segura de haber matado a Kennedy cuando era fumadora (era, sí, era, genio y figura al carajo) pero seguro que ahumé sin recato y permiso a muchos de mis amigos, vecinos, personas sanas e incautas que tuvieron a bien compartir, voluntariamente o por azar, espacio y tiempo sin jugar al ajedrez. He fumado en ascensores, salas de espera, despachos, exámenes de la facultad y aeropuertos. No me gustaba fumar en espacios abiertos, creo que no tiene mérito y es una ordinariez. No sé si mi salud mejorará, perdonen mi cinismo y frivolidad, pero me alegro de no estar en el bando de los malos. Me alegro porque perteneciendo a algunos colectivos que ya son vapuleados sin más-bibliotecarias con gato y toquilla, funcionarios que roncan encima del teclado, señoras que se tiñen sin tasa-mi deserción del colectivo de los culpables me hace sentirme, como ciudadana, mucho mejor.

Amarguras típicas del mono de la exfumadora aparte, sí que es posible que hubiese que hacer algo con el tabaquismo. Hoy pienso en los cienes y cienes de cajetillas fumadas en los lugares mencionados anteriormente y me hago cruces.  También flipo con las cacas de los perros, con que la gente escupa por la calle , con niños de dos añitos hechos polvo y adormilados encima de un plato en un mesón a las tantas de la noche, con la música impuesta en muchos bares y cafeterías, con la vulgaridad generalizada en tantas y tantas transacciones humanas. Quizás lo que tengamos es una falta clamorosa de civismo. Y de convivencia. Estoy de acuerdo con que no se fume en los bares, pero no entiendo por qué no puede haber bares solo de fumadores. Y me sobrecoge esa ansia denunciadora del ciudadano puteado por millones de cosas que se molesta en rellenar un formulario electrónico de Facua y no lo hace para intentar mejorar el penoso servicio de trenes, compañías de telefonía móvil o seguros obligatorios. Facua es el nuevo confesionario pero sin penitencia. Denuncias, vomitas tu ira y entonces tu hipoteca te parece más pequeña, tu reducción de salario más llevadera y el futuro ERE de tu empresa más lejano.

La ley es la ley y no queda más remedio que acatarla, nos guste o no. Puede tocarnos las narices que el estado nos eduque en la abstinencia del tabaco y no en otras cosas igualmente necesarias. Se ha abierto una veda que, creo, será difícil cerrar si no miramos a nuestro alrededor y somos conscientes de los millones de cosas que tenemos que mejorar. Con o sin cigarrillos. Snif.

Analógico/digital (11)

Imagen tomada de compradicción.com

Le gustaba nadar en sus ojos. Y gastar las horas. El hablaba muchísimo y ella más. El avanzaba directamente. Ella le siguió. Sabiendo que todo aquello podía dar la vuelta a un mundo, intentó buscar un modo realista de no tener miedo. De no  pensar, como siempre, que la felicidad tenía puesto un cronómetro y que había que apurarse. Con todo esto en la cabeza, se abrió la camisa y pulsó en el borde de su corazón "CTRL+ALT+SUP". Pero se colgó igual. Y aquello le gustó.

La reina maga

 

Empezó desempaquetando el más grande, con la ansiedad idéntica de los ocho años y la ilusión de coronar una cima a golpe de pedal. No era, claro está, la vieja aspiración de la bici rosa con cestita, pero era un precioso estuche de maquillaje con espejo. Abriendo el segundo paquete, el que contenía los cuentos completos de Cheever y el complejo mundo de Amy Hempel, haciendo compañía a una agenda vintage, ya esbozó la sonrisa de quien tiene un trío de ases. Los apartó cuidadosamente y rasgó el papel tornasolado del siguiente regalo. El flamante mp3 con su promesa de gigas y compañías diversas en las sesiones de bus y de gimnasio, tampoco decepcionó.  Ni lo hizo la bufanda gris de ochos, a juego con el coquetón gorrito y los guantes, ni las gafas de aviadora, ni los discos relucientes, conocidos y deseados, escogidos con mimo a primeros de diciembre. Nada podía decepcionar porque todo era familiar y sabido. El último mes se había empeñado en  tener una mañana de seis de enero como las de antes, con promesas de roscón y chocolate de desayuno, con proyecciones de estrenos e ilusiones de segunda mano. Lo de  menos, claro está, era aquella hilera de objetos que se había ido comprando poco a poco, que colocó con mimo en un árbol pequeñito en una sala de estar diminuta, lógica en un apartado apartamento individual. Y mientras extendía el mantel  para desayunar un roscón que, tal vez, ya no tuviese sorpresa, se dio cuenta de que ya se había hecho a sí misma el mejor regalo no dejándose llevar por la tristeza que, como todo el mundo sabe y alguien se esforzó en recordarnos, puede llegar a ser un atavismo.

 

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