Anchoas y Tigretones

Hijos (2)

 

 Para C. que quiere a sus padres y busca una manera de que se note su amor

Hablaba con alguien ayer de lo extraña que es la relación con los padres cuando nos hacemos adultos. Siempre hemos convivido, con mayor o menor grado de diálogo, de buen rollito o de conflicto, con su figura  como referente, para bien o para mal. Les contabas lo que convenía, lo que no te lo callabas o hacías una pueril labor de maquillaje (daba igual: siempre ibas a oler a tabaco, siempre te vería alguien saliendo de la Jarra Melada en la Ciudad Vieja o desasiéndote del abrazo del Romeo de turno). Lo difícil es ahora, que ya hemos llegado ¡y superado! la edad en la que ellos nos tuvieron y vamos de visita, como la incierta parentela que aparece una vez al año y por verano con caja de bombones, incluso si eres diabético y no lo saben. Es raro adaptarse en comidas de domingo a costumbres que antes tenías tan asumidas, como la forma que tiene tu madre de partir la tortilla de patata haciendo una cruz en el aire, o la constante pregunta de tu padre de si no prefieres vino blanco. ¿Yo antes vivía aquí? ¿Esto pasaba siempre? Nos crispan cosas que antes ni tendríamos en cuenta, prescindiendo de los rigores de la adolescencia y la edad del odio permantente. Nos conmueven detalles de los que no tendríamos consciencia hace años. Un padre que te cepilla un abrigo antes de irte para que vayas bien. Tu madre que te sigue comprando tuppers y guardando comida para siempre. Los padres, desconocidos e íntimos, a los que ya hemos rebasado en etapas de la vida. Generosos y chantajistas. Ese es el trato. 

Es difícil también cuando no tienes hijos, cuando no hay una continuación. No puedes arrojar niños a su regazo nada más entrar por la puerta y que ellos asuman el rol de abuelos, que es el que, naturalmente, corresponde. Sigues ahí,mirando desde fuera, en una casa que alguna vez fue tuya, de la que cambiarías casi todo ahora pero que fue el paisaje de tus primeros amores, lecturas, castigos, estudios. Lo ves desde lejos, como en segundo plano. Infantilizado y adulto, como un imposible y cuarentón Peter Pan.  A veces ellos hablan entre sí y, por momentos, se olvidan de que estás delante. Ya eres casi un extraño y lo sabes. Y es difícil articular la convivencia temporal, asimétrica de algún festivo, cuando ya no eres niño y ellos ya no son jóvenes. Sabes que los quieres aunque no vivan en tu mundo. Ese mundo, que, de alguna forma, crearon para ti. 

Lectura recomendada : Hijos sin hijos Vila-Matas 

 

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6 pensamientos en “Hijos (2)

  1. ¡¡¡Qué bonito y qué identificada me siento!!! Lo estaba leyendo y se me encogía el corazón. Gracias Lorena.

  2. Me ha encantado esta entrada. Me siento exactamente igual!

  3. A min paréceme máis natural non ser avó cando non tes netos, ou non dar nenos para o colo cando non es nai ou pai. Paréceme igual de digno, e seino porque a miña primeira filla chegoume con 46 anos.
    Desde logo, as cuestións non solucionadas non llas podemos cargar a un bebé, que encima non existe.
    Un bico grande

  4. Que sorte teño de ter un neto para meus pais e así estar en segundoplano.

  5. Ay, cuánto me gustó leer esto.

    A mí también me preocupa lo fragmentaria que es realmente nuestra memoria, eso que forma nuestro yo, que creemos tan sólido. ¿Cómo escogemos lo que recordamos? Siempre que pienso en mi madre, en lo mucho que me quiere, pienso en un caja de lápices Alpino que me compró en una papelería de la calle San Andrés… ¡cómo si nunca hubiese hecho un esfuerzo mayor por mí!

  6. Pingback: Hijos (7) : la geometría rara y las tartas de cereza | Anchoas y Tigretones

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