Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “noviembre, 2010”

Analógico/digital (8)

 Mariquitas recortables

Ilustración tomada del blog de Penamora

 

 

Sabía que estaba ahí. Y más que buscarla, estableció todo un dispositivo para que ella asomase por algún lado. En un molde  preparó los ingredientes. Además de largas piernas, un corazón protegido por chaleco antibalas. No pudo llamarla Galatea porque no era creative commons y su religión se lo impedía. Tampoco era un golem ni una muñeca berlanguiana. Era un proyecto. Una silueta que esperaba rellenar con el tiempo. Siguió pensando que sería hermoso que su risa atravesase plazas y esquinas, los remolinos del aire, que atronase el silencioso vagar de algún sumidero.Que una larga melena, entrevista de algún modo, acariciase pequeños lunares dipersos en el inicio de su espalda. Que mucho antes de contarle nada, ella ya dibujase respuestas escritas desde hacía mucho en sus manos, como aquellas chuletas con boli , apresuradas, para los exámenes.

La colmó de todo tipo de virtudes que, seguro, no poseía. Y cuando le pidió una amistad de mentira, una relación en el biselado espejo del ciberespacio, sólo se guardó un as en la manga: la admiraría desde la distancia, nada más.  Decidió que más que amante y desde luego mucho más que amigo, lo mejor sin duda era ser groupie. Y le fundó un club de fans integrado por él sólo.

Jugar

 

 

Una, de vez en cuando hace sociología aficionada, los que siguen estas sus/mis humildes páginas lo saben. "Semos aficionados, pero informados", habría que decir y soltamos referencias y pedanterías con la seguridad, cada vez más tambaleante, de que Google no va a refutarnos ni a dejarnos quedar tan mal como el tertuliano que hace limpieza de intestinos cerebrales a micro cerrado. Esta introducción tan poco ortodoxa, incluso para este blog, viene a colación por el polen de ideas que gobierna esta mi/su escritura : hablaba el otro día con un amigo sobre el fascinante Homo ludens de Huizinga (autor también de la gloriosa El otoño de la Edad Media) y la interesante capacidad del ser humano para conservar ese punto lúdico, no necesariamente festivo, a lo largo de su vida. El juego, con su reparto de roles, con su sensación de "tirada de prueba" (o "prueba válida" gritábamos jugando a la goma en el patio del cole) de aprendizaje en las marrullerías y trampas, con su hall of fame de la EGB (te hacías una reputación en el recreo si lanzabas a gancho en el brilé) y con el regusto sudoroso y lumpen del final de la partida o de la vida ficticia en cuanto sonaba la campana para volver a clase. Final del juego y hasta aquí hemos llegado.

El juego y sus identidades nos acompañan toda la vida. Qué fácilmente lo identificamos con las actitudes infantiles en el término más extenso. Jugamos a las redes sociales y somos gregarios. Nos juntamos, separamos, somos fans y odiadores.  Las estrategias del marketing, el diseño de algún que otro coche, el éxito de algunas películas con voluntad empalagosita nos sitúan en uno o en otro equipo. Jugar y volver a ser un niño.  Quizás somos el resultado de una opulencia relativa. Nos han dado una visa oro y nos han soltado en El Corte Inglés sin pedirnos identificación. No nos preocupó tener o no tener fondos. Era a crédito. Pasaron los años y salimos a la palestra. Fue y es nuestro  turno de dar la lección. Nos la sabíamos, más o menos, y llegamos a la edad adulta en fase prueba válida. Y hacemos y deshacemos, tiramos dados y movemos ficha. Tenemos ya una edad, somos la generación que se lo iba a comer todo y que no ha resultado comida de milagro. Dominamos los gustos: la vuelta a los ochenta, el consumismo demodé, el concepto casposo de ser yuppie y de que tú eres tu trabajo, el victimismo facilón. Y las iniciativas solidarias y la ingenua certeza de que podemos cambiar las cosas. El mundo.

Hay momentos en los que hay que limpiar marcadores. Quizás estemos en uno de ellos. Sólo si somos capaces todos de jugar en el mismo equipo.

 

En el día de la infancia…

Daría algo por no tener que escribir este mini post. Hoy se celebra el día mundial de la infancia, y, por tercer año consecutivo, Nacho de la Fuente nos anima a que escribamos contra algo que es un absoluto azote de la red como es la pedofilia. No puedo decir más de lo que ya dije el año pasado. Si alguien llega hasta aquí tecleando "lolita", "fetish boy", "childlover" que se dé directamente la vuelta. Y que no vuelva nunca más. Los niños no son juguetes. Romperles la vida es un crimen deleznable. Y creo, sinceramente, que no se les debe educar en el miedo ni en el resentimiento, sino en la protección y la valentía. Y si un responsable de una red social se toma tantas molestias en cerrar cuentas de una escritora porque actúa bajo una identidad no reconocida, que hagan lo mismo con quienes están salpicando todos los días la red de conductas miserables.

Ojalá que el año que viene no tengamos que escribir algo así. 

Memorias y desmemorias

 

 Two small boys one in trycicle

 Imagen del archivo The commons en Flickr, archivo de The Powerhouse Museum, Sidney

 

 

 

Para Xosé Antonio López Silva que me descubrió a Coetzee y me regala cafés, cuadernos y tanta amistad. Por cierto: ¿qué pensaría Paul de Man de todo esto?

 

 

Ireneo Funes, el grandioso personaje de Borges, hablaba de su propia memoria como "vertedero de basuras". La gran capacidad de almacenaje memorístico no le servía, sin embargo, para generar un pensamiento adecuado, una recreación moral o política de su entorno porque carecía de la facultad de transformar esa información en conocimiento. Acumulaba datos, insomnios, angustias y vértigos del saber sin vuelta atrás, transformando su cerebro en un admirable palimpsesto que haría las delicias de Genette. Funes era un desgraciado y vivía una experiencia abrumadora: se quedaba con todo,absolutamente todo lo vivido como un tatuaje permanente. Doloroso e incómodo, avasallador e innecesario. Grano y paja. Todo.En "Memento" sucedía todo lo contrario. El bueno del prota  se apuntaba todo en minúsculas y mayúsculas en brazos, vientre y piernas, un ropaje diario, tatuaje casero, pero este de supervivencia. Semejante a ese post-it mítico que hay en todos los despachos y oficinas con tal o cual clave, con ese teléfono copiado al vuelo en medio de una conversación, o el correo electrónico de alguien a quien nunca escribirás porque ya has visto cómo te ha mirado cuando le has pedido su mail. Recuerdos y desmemorias, grabados con dolores y alegrías, desvaídos como la tinta azul de los cuadernos cuando nos mojábamos bajo la lluvia por ir bajo un solo paraguas. 

Tener buena memoria es, como en aquel famoso cuento, "una fuente de dolor". Hay quien para sobrevivir hace tunning del recuerdo y lo recrea de la forma más conveniente. Y hay quien, en una pirueta mágica, se inventa a sí mismo, a sus circunstancias ,e incluso las ajenas, como si tal cosa. No precisa de ser Funes porque crea una autobiografía ficticia. Y se inventa a unos personajes que sí han sido casi reales, pero no lo sabemos, que sí han estado y no han estado allí, que guiñan al lector y también lo putea. Y los entrevista. Pero no lo hace el biografiado. Lo hace otro. Y deja sitio a otras voces, otras narraciones, en un sugerente mosaico de puntos de vista que conforman la anatomía de un personaje, no de un escritor.  No creo que Coetzee  se recree en las antimemorias. Creo que, con su distancia, con ese hilván de mundo ajeno  aposenta sus reales en la media mentira, en la media verdad, en el espejo empañado. Con una estética de obituario, de cuerpo y escritura presente, se va diluyendo en el ropaje de la lucidez, de la ironía, de la silueta . Un personaje que, por tener tanta memoria, la pierde. Que  le hace  un órdago a la desmemoria. El recuerdo es ya olvido y pasa de  Funes a amnésico. Gran momentazo literario.

J.M Coetzee Verano Barcelona: Mondadori, 2010. Traducción de Jordi Fibla

Predicciones (2)

Terminó de vaciar los platos en el cubo de la basura. Los alineó pacientemente dentro del lavaplatos aprovechando cada mínimo huequecito. Cada cubierto en su sitio, cada tupper con sus restos para que el que quiera se los lleve. Despejó el suelo de la cocina y pasó la fregona. Maldita sea. Habían sobrado patatas panaderas que no había guardado en ningún sitio. Las había olvidado después del tortazo a la criatura -¿por qué esta niña era tan rara y dónde aprendía esas cosas?-. Aún encima ese perro le levantaba un terrible dolor de cabeza. Y el reloj, que pesadilla, no, si se ponían todos de acuerdo para darle el día. Saltando cuidadosamente por encima del suelo mojado, abrió la despensa con media sonrisa. Detrás de los garbanzos y los paquetes de azúcar, tras los cupones primorosamente doblados de "Dia" y al lado de los moldes para hacer bizcochos, sugerente y  mojigata escondía la fuente de la alegría, la puerta del paraíso artificial. En un sobre diminuto. Felicidad blanca, cara y efímera. Aquella mentira que servía para ordenar un mundo. Para salvarse, ella creía, del desorden de sí misma y de aquello que, desde el lado de acá, quizás pudiera apreciarse como una abrupta e intensa zambullida en el fracaso.

Hijos (2)

 

 Para C. que quiere a sus padres y busca una manera de que se note su amor

Hablaba con alguien ayer de lo extraña que es la relación con los padres cuando nos hacemos adultos. Siempre hemos convivido, con mayor o menor grado de diálogo, de buen rollito o de conflicto, con su figura  como referente, para bien o para mal. Les contabas lo que convenía, lo que no te lo callabas o hacías una pueril labor de maquillaje (daba igual: siempre ibas a oler a tabaco, siempre te vería alguien saliendo de la Jarra Melada en la Ciudad Vieja o desasiéndote del abrazo del Romeo de turno). Lo difícil es ahora, que ya hemos llegado ¡y superado! la edad en la que ellos nos tuvieron y vamos de visita, como la incierta parentela que aparece una vez al año y por verano con caja de bombones, incluso si eres diabético y no lo saben. Es raro adaptarse en comidas de domingo a costumbres que antes tenías tan asumidas, como la forma que tiene tu madre de partir la tortilla de patata haciendo una cruz en el aire, o la constante pregunta de tu padre de si no prefieres vino blanco. ¿Yo antes vivía aquí? ¿Esto pasaba siempre? Nos crispan cosas que antes ni tendríamos en cuenta, prescindiendo de los rigores de la adolescencia y la edad del odio permantente. Nos conmueven detalles de los que no tendríamos consciencia hace años. Un padre que te cepilla un abrigo antes de irte para que vayas bien. Tu madre que te sigue comprando tuppers y guardando comida para siempre. Los padres, desconocidos e íntimos, a los que ya hemos rebasado en etapas de la vida. Generosos y chantajistas. Ese es el trato. 

Es difícil también cuando no tienes hijos, cuando no hay una continuación. No puedes arrojar niños a su regazo nada más entrar por la puerta y que ellos asuman el rol de abuelos, que es el que, naturalmente, corresponde. Sigues ahí,mirando desde fuera, en una casa que alguna vez fue tuya, de la que cambiarías casi todo ahora pero que fue el paisaje de tus primeros amores, lecturas, castigos, estudios. Lo ves desde lejos, como en segundo plano. Infantilizado y adulto, como un imposible y cuarentón Peter Pan.  A veces ellos hablan entre sí y, por momentos, se olvidan de que estás delante. Ya eres casi un extraño y lo sabes. Y es difícil articular la convivencia temporal, asimétrica de algún festivo, cuando ya no eres niño y ellos ya no son jóvenes. Sabes que los quieres aunque no vivan en tu mundo. Ese mundo, que, de alguna forma, crearon para ti. 

Lectura recomendada : Hijos sin hijos Vila-Matas 

 

Predicciones

Le apretaba el cuello almidonado del vestido de nido de abeja. Tampoco eran cómodos los calcetines de perlé. Y aquellos zapatos de charol con pulsera eran una mala broma. Entretenerse observando el lunar en la mejilla de su tía o mirar a través del cristal de las copas de la mesa del domingo ya no era divertido. Quería bostezar pero no podía. Decidió pasar a la acción y, torpemente, se encaramó sobre la silla con la pálida ingratitud de un cuerpo de cinco años. Con la mirada  en la fuente de patatas panaderas y navegando después por los rosales bordados del mantel, dio un puñetazo en la mesa. "Me cago en la puta", sonó su voz cantarina. Tras el sordo retumbar de la bofetada, sólo seguía con vida el reloj de pared del pasillo. Ah, eso sí: en el jardín ladraba un perro, inconsciente de que alguien había comenzado su devenir personal por el fracaso.

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