Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “octubre, 2010”

Doppelgänger (1)

 

Para el desdoblamiento no llega el disfraz. Tampoco la construcción de una identidad. Los personajes acaban pareciéndose unos a otros. Ser dos "y estar en cada uno de los dos por completo" es el sueño de la bilocación. Madame Bovary o Frankestein. El autor y sus voces. El actor y su papel. Pero  a ella no le  llega, ¿verdad? Se sobrecoge ante sí misma cuando descubre que desea observar en las antípodas de la cordura, en el límite de lo ordinario y biempensante, todo aquello que haría saciando lo primario. O dándole prerrogativas de justiciero. Hay días que quiere ser Towanda y darle pero bien al coche de delante tras un gesto machista de gillpollas. O tener un rayo vengador para quien  dice que no, que no es digna de tener la confianza bancaria. Toma rayo para ti (Nota de la autora: esto es un guiño para los fans de Catherine Keener y Tom DiCillo) O desearle una buena patada a quien desde el despacho elimina la vida cotidiana (el cole, los cines, los bocatas, la tranquilidad, la siesta) de aquellos a los que ve subordinados, aprovechándose de un contexto social que, en nombre de una entelequia llamada crisis, propicia que cada vez se llenen más los bolsillos algunos a costa del gasto social de todos. Ella, insisto, quiere a veces desdoblarse. Está harta de gestos hoscos, de ser invisible ante los cotidianos, de quedarse con el "buenos días" congelado en la boca tantas veces como si monologase. De  saber  cómo hay remedio para mucho y las patentes languidecen, congeladas, en cajones bajo llave. O de ver también al sátrapa al que su país lleva haciendo la pelota muchos años  campando por sus respetos y por los del derecho internacional. Y eso le jode. Porque muchas enfermedades morales tendrían cura. Aunque a ella  no le curen el desamor, que eso aún no se ha inventado.

A veces piensa que quiere ser una Dexter domesticada. Y darle bien a tantas cosas. Como en el fondo es una romántica, se consuela, porque hay que reconocer que en este mundo no se consuela el que no quiere, pensando que un buen día sabrá de su gemela maldita, de su Doppelgänger, por los periódicos, internet, la tele. Que un fenómeno llamado bilocación pondrá orden donde ella ve desorden.En realidad, confiar en la existencia de  "mi otra "con mando a distancia, sin pringue de ningún tipo, bondadosa en su crueldad ,es una ingenuidad como la copa de un pino. Aunque, revisitando el concepto gótico, sepa que su imagen y su figura, esa visión del espejo, no son más que un pálido reflejo de una realidad inventada que vive en otro lugar.Tan lejos y tan cerca de ella. La otra.  Ya está buscándole nombre.

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Sexy men with glasses

 

Chapón y nerd para mí el number one

 Para Laure, que lleva unas gafas muy cool y quiere ser muso de algún post. E para Craig que case nunca leva gafas, pero que lle dan un punto.

La mirada, los ojos y sus gadgets tienen en mí a una devota seguidora. En esos infumables test de revistas femeninas en los que esperan que seas o muy modelna ("demasiado desenvuelta" diría mi padre) o muy romanticona y a la pregunta "¿qué es en lo primero que te fijas de un hombre?" debes responder culo/manos,yo añado una categoría: que tenga gafas.

No hay nada más sexy para mí que unos ojos espejados,líquidos, parapetados en la distancia del que habita un mundo ajeno, del que tiende un puente al interlocutor pero que no se prodiga, de ese juego miope que me enternece y conquista a la vez. Entendámonos: no las gafas de "freak, geek and confortable shoes" o de heredero de circunferencias concéntricas de Mr. Magoo. Me gustan  los hombres que se quitan unas gafas  innecesarias, de atrezzo,  que miran descarados por encima de unos cristales casi sin graduar. Hombres con  lentes que cabalgan encima de su nariz, hombres que se frotan los ojos desorientados después de dejarlas abandonadas sobre la mesa o abrillantándolas pudorosamente mientras mantienen la conversación.

De la displicencia casi gótica exhibida por  Johnny Deep al atildamiento retro de Ewan McGregor, las gafas son indispensables, para mí, en un juego de seducción. Marcello estaba adorable con ellas (¡cuando no!) y Burt Lancaster tenía el mejor de los perfiles. Steve MacQueen es el icono de RayBan y Cary resultaba increíblemente tierno como paleontólogo torpón con una montura  casi más grande que él. Bardem era un inocente gafapasta en una casi olvidable película. Y sueño en algún momento que he visto a Rupert Everett con gafas…Y prefiero no hablar de Morrissey que me cierran el blog. 

Por eso, cuando veo que un hombre atractivo rebusca en el bolsillo de su chaqueta rezo porque no sea tabaco ni un encendedor ni un iphone ni nada tan cool. En estas épocas de cirugías láser en las que todos hemos de ser megaperfectos, rezo, repito, casi como un mantra y encarecidamente, porque saque un estuche de gafas ligeras, atrevidas, clásicas o extravagantes. Que, lentamente, se las ponga, me mire y me pregunte si nos hemos visto antes. Hay momentos que son perfectos, incluso fuera del cine.  

 

Lectura, erudición (V) ( o mi fascinación por Iser)

 amor sí existe

              Imagen: Blog de Juan Cardosa

 

 

"(…)Central to the reading of every literary work is the interaction between its structure and its recipient. That is why the phenomenological theory of art has emphatically drawn attention to the fact that the study of a literary work should concern not only the actual text but also, and in equal measure, the actions involved in responding to that text. The text itself simply offers "schematized aspects" through with the subject matter of the work can be produced, while the actual production takes place through an act of concretization.

From this, we may conclude that the literary work has two poles, which we might call the artistic and the aesthetic: the artistic pole is the author’s text and the aesthetic is the realization accomplished by the reader. (…) As the reader passes through the various perspectives offered by the text and relates the different views and patterns to one another he sets the work in motion, and so sets himself in motion too".

 Wolfgang Iser The act of reading: a theory of the aesthetic response

                     Baltimore: Johns Hopkins, 1978  p. 20-21

 

Nota de la lectora cooperante :

Entre los millones de motivos por los que adoro la Teoría Literaria y la bibliografía sobre el tema es que siempre me quedo desganada con las citas que escojo. Me produce la misma ansiedad que ir a Ikea, lo quiero todo y no quiero nada, eso es lo que quiero, y, a la vez, sé que, al lado habrá algo mejor. Pero esta vieja edición comprada en Los Angeles en 1991, para un curso con James Parr en el que tanto hablamos del Quijote y del Lazarillo, de Genette y de Derrida (toma cóctel)  tiene una dedicatoria que, en una pirueta cómica del destino, siempre me hace pensar en los espejos, el desdoblamiento, la impostura y el inevitable azar que gobierna todo:

                         "Once again, for Lore, with love" 

¿Cómo no iba yo ante esta dedicatoria de don Wolfgang en persona a aplicarme muchísimo y leer el libro de cabo a rabo? 🙂

 

 

 

 

 

El perdón y las gracias

 
Eres así 
 
 
 
 
Ella, como todos, tuvo que aprender a pedir perdón. Perdón por la impuntualidad, por masticar con la boca abierta, por hablar en clase y no hacer los deberes. También pidió perdón por las pequeñas miserias de la indiscreción adolescente, a golpe de teléfono y jurando, otra vez, lealtad eterna a la amiga herida. También cuando tuvo que cerrar alguna puerta que se resistía y apoyaba en el chantaje, empujando para dejarla atrás. A sí misma por haberse traicionado, por boicotearse, por ceder a la autocomplacencia, por negar. Sabía que nunca llegaría a comprenderse, pero entendió que había perdones que no eran negociables. No eran ecuaciones perfectas. No podía excusarse por su sexualidad, ni por tener o no más inteligencia, ni por su humor incomprensible para muchos ni por su brillo o su oscuridad. Tampoco, qué coño, había que pedir perdón por estar buena. Ni había que fingir mala pronunciación en inglés para que no se le echasen encima. O porque Antonioni le pareciese un coñazo.  Ni tampoco por pensar que intentar dotar de contenido científico a aquello que no lo tiene, conduce, inevitablemente a la artificialidad. Todo aquello que escondía para no despertar la hidra ajena era una bendición porque eran su espacio habitable y su lugar en el mundo. Cogió el spray de pintura y lo metió en su bolso. Al salir a la calle buscó una pared bien grande y, a la vista de todos y en mayúsculas escribió: GRACIAS.

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