Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “mayo, 2010”

Despertares (7)

Al mirarse en el espejo no se vio la parte inferior de la barbilla. Perpleja, abrió el grifo, al que también le faltaba algo y se echó agua en la cara. Nada. Todo igual. Desconcertada, se fue hacia el salón donde había dejado su taza de café mañanero que, sí, ahora se daba cuenta, le había parecido un poco menos cargado que de costumbre. Miró por la ventana: el barrio era el mismo. El mismo quiosco de prensa, aunque hoy, curiosamente, toda parecía un poco más pequeña, y, además, como amontonada hacia la derecha. Como sesgada, vaya. Alguien había estado jugando al photoshop con la realidad. Los mismos carteles de "se alquila", "se vende", en su triste uniformidad naranja y negra. Qué curioso: Estos parecían agrandarse, hoy se veían más. La cola de la pequeña oficina de empleo se expandía también  por momentos. "Vaya despiste tengo hoy", se dijo. Encendió la radio, pero no entendía casi nada de lo que decían porque faltaban parte de las sílabas. Cuando empezaba seriamente a preocuparse cayó en la cuenta de que el calendario marcaba finales de junio. "¡Claro! se dijo, aliviada. He caído ya en el agujero negro del cinco por ciento". Mira que había sido bien entrenada y catequizada para cuando se diese esta circunstancia Le dijeron que su realidad iba a ser recortada para mejorar o compensar otras realidades. Aquello le había parecido bien. Pero cuando se volvió de nuevo hacia la ventana, pudo ver como en aquel pequeño interim la cola del INEM ya daba dos vueltas a la minúscula plaza. El locutor vomitaba números de Gurteles, Malayas y operaciones Karlos. Mirando su taza de café no pudo evitar sentirse un cinco por ciento más puteada. Y no era poco.
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Hijos

caro diarioVeo de refilón la reseña que Benjamín Prado escribe sobre Mi madre de Richard Ford. Y digo bien, de refilón,no porque no me guste leer reseñas antes de leer el libro (para nada: puedes fardar con una seguridad pasmosa sobre autores y títulos casi como los insignes filólogos directores de tesis de las que no han visto ni la primera página). En serio: Ford me gusta mucho, me alegro de que abandone el modelo novela tocho (a mí Pecados sin cuento, su colección de relatos, simplemente, me encantó), pero, por razones un tanto obvias, no estoy yo para situarme en ese momento. Ford reflexiona sobre  el desgarro del hijo que sobrevive a  quien le dio la vida, hecho naturalísimo por otro lado, lo terrible es lo contrario, y lo hace con ese peso dubitativo, de dolor que viene para quedarse, de eterna pregunta sin respuesta, de nubarrón grisáceo perenne:  ¿Lo hice bien? ¿Fui un buen hijo? ¿Qué esperaría de mí? O la peor de las cuestiones: ¿qué pude haber hecho durante todo este tiempo para hacerle la vida más alegre? ¿Estuve realmente ahí?

Es difícil reflexionar sobre esto y no autoflagelarse. Los hijos únicos tenemos esta tendencia a pensar que nunca seremos lo suficientemente perfectos dado que somos la última prolongación de nuestros padres. Que somos nosotros y nada más, que no podemos decepcionar. Y fracasar, discutir y desencontrarses es parte de la esencia del ser humano. Mejor dicho, de la evolución, del crecimiento, de llegar a ser nosotros, individuos, nada más. Y seguro que vamos a recordar todas aquellas discusiones por horarios, por estudiar tal o cual cosa, por rebeldía adolescente y porque no nos entendían, porque eso es cierto, no nos entendían. Y los chantajes emocionales. Y las comparaciones con la prima Menganita  o con la perfecta hija de Citanita.  Y cosas mucho peores. Voces agrias, portazos y llantos. Porque todo eso estuvo ahi y nadie lo podrá mover del recuerdo.

Ojalá que tenga que tardar mucho en hacer esa reflexión (ya me como bastante la cabeza con esas cosas a menudo, eso sí). Pero una amiga acaba de perder a su madre. Y espero y confío que el dolor sea por la pérdida real, no por todo aquello que no pudo ser en su momento, lo que quedó como posibilidad y no llegó, todo eso no va a volver, porque ni siquiera estuvo. Y lo que ni es recuerdo no puede ser visualizado como objeto de tortura. Lo que sí fue de verdad, y es de verdad, es su madre, dondequiera que esté.

 

 

Esther y mis mundos

 

 

Carlos, lógicamente esto es para ti

Delgadita, morena, muy pecosa y con coletas: esa era la imagen que teníamos de ella, la que el trazo de Purita Campos nos había mostrado. Llamándose Patty o Esther nos acompañó a muchas chicas de mi generación (yo ya no sé si hablar de mi generación o de eras geológicas, últimamente me siento remota y vetusta). Todo eso ya lo sabéis las que la conocísteis en aquellos años. Su amor incondicional por Juanito (un Beckham un tanto poligonero y choni, pero de buen rollito, que era todo muy inglés), su amistad desigual con Rita, la tía buena oficial del grupo y que se llevaba a todos de calle, su adaptación difícil a una nueva situación familiar (hasta su padrastro era "bobby", con ese uniforme y todo), su sufriente madre, la cabrona de Doreen (cúantas, pero cúantas chicas eran así en el cole o en el instituto), su competitividad frustrante con el bollazo de su hermana Carol, las calles de ese extraño Southampton sus libros, discos, pensamientos, reflexiones, que giraban, iban y volvían hacia el objeto de su amor, Juanito. En las páginas de "Lily" muchas esperábamos encontrar, semana tras semana, el momento en el que este muchacho, de una vez por todas, cayese de la burra y se enrollase con ella, castamente, que las cosas no estaban para pornografías recreativas. El beso de Juanito y Esther era esa piedra filosofal acneica que aguardábamos porque sí, porque tenía el halo de justicia poética que las enamoradizas radicales creíamos justo y necesario. Y era así, un tira y afloja, un sí pero no, un me ha mirado pero luego no me llama: adolescencia en estado puro.

Pasan los años y vuelve Esther. Con otro equipaje, con el mismo corazón, con años a cuestas y con más piedras en el alma. Como nosotras. Y voy leyendo y reconozco cambiado su pequeño mundo que a mí me parece enorme. Y Esther es madre, se ha divorciado, ha conocido  la madurez de verdad, sin anestesia. Como muchas de nosotras. Adivinamos algunas relaciones inconclusas otras que no han llegado, como se suele decir, "partidas que no se jugaron". Y sigue ahí Rita, de alguna manera, y Doreen, y sus padres. Pero ha pasado por ella toda una vida. Y en "Las nuevas aventuras de Esther" hay otra narración mucho más intensa, con muy poco pie en la nostalgia, creando un personaje con una entidad propia. Que ha emprendido un camino nuevo y distinto. Al final de este tercer álbum sabemos que el siguiente será un álbum de viajes. Ya he dicho alguna vez que hay viajes que son solamente interiores. Y no sé lo que pasará en esa suerte de "Thelma y Louise" que se va a armar. Pero me encanta, me engancha y me agrada que esta lectura no sea nada complaciente, que el chico y la chica no se encuentren a la primera, que las vidas y situaciones no sean hiperperfectas porque nada lo es. Que la narración sea fragmentada, que ese patchwork, esa caja de recuerdos que voy abriendo y recolocando como lectora, no se quede en un recuerdo camp. Que me obligue a tener en cuenta muchos, pero muchos detalles de la historia. Como en nuestra vida. Y a pesar de que albergo la íntima e inconfesa esperanza de que finalmente Juanito y Esther se encuentren, si no sucede no me importará. Porque sé que su historia, esta historia que ahora leo, tiene mucha, pero muchísima verdad.

Microrrelato para una adicción

 

 Imagen de Gail Worley, The worley Gig

 

Como casi todos los días, el leía la piel que ella le dedicaba. Sin tatuajes, sin nombres ni marchamos, él sabía que le pertenecía. Bebía su nombre y sus letras a sorbitos, con tímida distancia, otras con avidez y glotonería. Ella se dejaba leer. Con pereza, con regocijo, en la mejor forma de la voluptuosidad. Nunca podrían estar a dieta el uno del otro. A pesar de las restricciones, las fronteras, lo prometido y lo amenazado. Se bebían y se miraban. Sin hablarse. Sin verse. No podían resolver la ecuación porque eran adictos. Y algunas adicciones no se curan. Menos mal.

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