Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “enero, 2010”

Públicas escrituras, vidas privadas.

¿Sabías esto?

Ya sé que la expresión puede quedarme un poco demodé. Pero hoy, pensando en Salinger y Holden Caufield, le doy vueltas a la creación de un neologismo que creo nos hace mucha falta. Estoy hablando del "aquí hay tomatismo". Entiendo por !aquíhaytomatismo" la necesidad , casi arqueológica, de hacer exégesis y recuento de las particularidades vitales de quien destaca en otras lides. Salinger era escritor. Poco prolifico, es verdad. ¿Supervalorado? Es posible. Más que eso: el riesgo que tienen personajes como Holden es convertirse en letanía y pasto de freaks. En pegatinas y camisetas. En citas como las ubicuas de Tagore, las lágrimas y las estrellas, o en otro orden de cosas, el recit de "las naves de Orión y las puertas de Tanhausser" en los alucinados y perdidos ojos de Rutger Hauer. Cuando yo tenía dieciséis años, dejé que un chico me rozase la rodilla  mientras se marcaba el rollete imitando a Hauer en Blade Runner. Me pareció precioso, y aunque no entendía un carallo de lo que me estaba diciendo, me pareció lo más profundo que me habían contado en mi vida. Unas semanas más tarde lo dejé porque se quedó dormido viendo "Muerte en Venecia" en el cine Valle-Inclán. Y claro, para una aprendiz de cultureta, para una devotísima buscadora de citas que soltar en conversaciones con los chicos cultos de COU, aquello era una ordinariez. Y una falta de militancia. Ya era bastante duro fingir que habías leído a Proust a los catorce años. Pero no hiperventilar con aquella peli, con la que había que hiperventilar para ser lo más cool del mundo, no podía ser. Y a pesar de la dulzura de sus ojos color Coca-Cola tuve que dejarle. Una se debe a su prestigio.

Cuento todo esto porque, decía al principio de esta digresión, que salen ahora todos los exégetas, buceadores de archivos y demás, contando que Salinger era un misántropo (cosa que ya sabíamos, por otro lado). Que era un borde. Que no quería la fama. A pesar de su querencia por ser Bartleby-como Rulfo, como muchos otros-por pose, por iniciativa propia, no quería salir a la luz pública. Nunca pensó en acudir a un show televisivo ni en salir en la revista "Cuore". Y digo yo .¿y qué? ¿Son tan importantes los gustos, aficiones o querencias de los autores? A mí me importa un cuerno si en su casa tiene álbumes de mariposas o si coleccionaba pegatinas de la fruta (yo lo hago, ¡mola!). También me importa un comino con quien se acostaba Gil de Biedma, si era homosexual, trisexual o lo que le diese la gana. Pero leo "Pandémica y celeste" y sé que adoro esa escritura que sí me lleva a un mundo que quiere compartir porque a él le da la gana. Pero del que yo no necesito indagar. Se me ofrece. Y lo venero. Otra cosa son las polémicas sobre pasados filonazis, ofrecimientos a la censura franquista o delatores en la caza de brujas. Ahí entramos también en el juicio público.

Hay escritores que se convierten en personajes. Es su elección. Y no me refiero sólo a los que quieren ser arzobispos de Manila porque les parece muy bonito o a los que en pleno arrebato alcohólico hablan del "milenarismo, ¡cojones ya!". También los hay que van a hablar de su libro. Incluso los que suben en ventas por su felina mirada neoyorkina. O los que protestan por las concesiones de premios. Me parezca bien o mal, es su elección. Siempre he adorado a Truman Capote, ese inmenso cotilla, que supo crear un híbrido entre periodismo y literatura, con él como personaje.Pero cuando alguien elige estar en la sombra, cuando se debe al frío y gris invierno del centro de Europa como Kafka, su intimidad debe ser garantizada. Y no dejemos que el aquíhaytomatismo, que el discurso cotilla, se haga imprescindible. Dejemos a las revistas del corazón hacer su trabajo. Porque la vida, solamente en casos muy contados, debe ser convertida en literatura de cordel.

 

 

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Educación, brechas digitales, clases….

Cuadernillo RubioSoy una docente nata. Me gusta mucho enseñar. Me gusta tanto que no lo he elegido como profesión porque temo quemarme. Porque no soy capaz de conservar mi energía, mi ánimo y mis afanes de reciclaje como banda sonora de toda mi  vida. ¿Cómo consigo matar mi gusanillo? Con mis niños Erasmus, a los que paseo en miniviajes de cuatro meses por los subjuntivos y los pluscuamperfectos. Con los que descubro el estado real de la educación en Europa y cruzo los dedos ante la "salsa boloñesa" para que a mis coetáneos no les coman las papas estas criaturas vitales, enérgicas y constantes. Para que haya para todos. Soy también la eterna alumna. Ya paso de masters y grados, que me dan igual. Sigo sintiendo una gran emoción al sentarme al pupitre. O al ponerme un pantalón viejo para un curso de cabaret o commedia dell’arte, o al asumir la pijada de un curso de cata de vinos. O de italiano, inglés, francés. Abrir la ventana a otros mundos, los que tienen una sintaxis propia, es para mí una razón más que plausible para, una vez que comienzo, desear seguir explorando.

Yo me eduqué-bueno, es un decir- por fortuna, en una sociedad en la que la educación era un valor. Un valor personal y social. Donde los profes, maestros, docentes y sinónimos eran conductores y guías por mares magníficos. Independientemente de su valía tanto académica como personal, el profesor, a veces un tanto alejado, otras más cercano, era respetado. Como persona y como parte de un entramado, el educativo, el escolar, que ya de por sí, por definición, era incuestionable. Estudiábamos para aprender. Por no hablar del triunfo que suponía para muchos padres el que sus hijos llegásemos a la universidad.

No temáis, no voy a daros la chapa con discursos de abuela cebolleta sobre lo magníficos que éramos nosotros y lo malos malosos que son los chicos de ahora. Quizás ese análisis a mí no me compete. Pero os recomiendo que veáis la película "Precious" sobre la voluntad integradora de la educación. Como arma contra el desprecio y contra la miseria, como bastión  de invidualidad y de identidad.  Como modo para aprender a respetarse, a quererse y a otorgarse todas las oportunidades posibles. Y también me gustaria poder reflexionar sobre un artículo de David Alandete  que sale hoy en "El País" sobre los nuevos analfabetismos: la brecha digital que amenaza con excluir a todos los que no tienen acceso a internet (zonas rurales o marginadas) o no han podido subirse al tren de la era digital (personas mayores) y que podrían beneficiarse mucho tanto de la facilidad de hacer gestiones a golpe de click como del caudal de información y entretenimiento de la red. Y solventar ese desnivel, esa desigualdad, es labor educativa. Y social. Y de justicia. Porque la educación debe de ser justa. Y no caritativa.

(Trailer de Precious subtitulado en español. Tiene spoilers 😦

Despertares (3)

 

 

Haití, tal y como era

Abrió los ojos, sin querer, por pura rutina. Porque no sabía, en realidad, si era mejor abrirlos o dejarlos cerrados para no ver. No sabía lo que podía ofrecerle una nueva jornada. Fue reconociendo el olor, aquel olor, volvió el miedo, aquel miedo, las angustias, terrores, pánicos. Disparos al alma. Sin manta y sin almohada. La noche no era mejor que el día. Ni el día era mejor que la noche. No tenía lágrimas. Solamente miedo. Y hambre. Y no podía permitirse el lujo de tener pesadillas porque no tenía ni lujo ni pesadillas, y porque el despertar, de nuevo, no era mejor que el dormir. Pero abrió los ojos.El caos era lo que atornillaba los párpados a la cabeza, a su cuerpo, a su vida. Sí, la vida.Era una suerte poder despertarse. Lástima que, desde hacía una semana, todavía aquello estaba allí. Y no era un dragón lo que estaba a su lado :era la implacable combinación de miseria y muerte. Y da mucho más miedo.

Teléfonos y cuentas de ayuda a Haití
 

Teclados y cosmogonías

Hablar sin hablar
Eran veintiocho y algunas más. No contaban como parte del pequeño universo, pero estaban ahí. Signos de más, asterisco, paréntesis. En extrañas combinaciones se convertían en guiños, sonrisas, algún que otro beso. A veces las miraba muy fijamente, intentando exorcizar el demonio de la ausencia. Otras, intentaba escuchar su latido sujetándolas contra la mejilla. Algunas veces, de noche, se incorporaba en la cama y creía entender su lenguaje silencioso, materializado en un clic no tan habitual como exigían sus anhelos. Las letras. De tanto sentirlas como parte de sí, comprendió que la cosmogonía del corazón no era alfabética, no tenía que ver con discursos, declaraciones y batallas. El teclado era un mar de posibles y, el día que recibió el sms definitivo, el que cerraba el círculo infernal, el que ordenaba por fin sus países y geografías, sintió una pequeña decepción, porque la verdad aguardada largamente tenía pocos caracteres. "T q", decía el mensaje. En ese momento se dio cuenta de que no merecía la pena tener tarifa plana y volvió al móvil prepago.

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