Anchoas y Tigretones

Domingos

Siempre he aborrecido el domingo. Esas tardes que, de niña,  se me antojaban interminables y a la vez, tan veloces, aplazando el inevitable momento del atardecer, el baño reglamentario y la preparación del madrugón que ponía otra vez en órbita la semana escolar. Como Felipe, el de Mafalda, iba sintiendo la angustia de los deberes mal hechos, a toda prisa, o simplemente sin hacer. En los momentos en que la vida se cuantifica en evaluaciones trimestrales y períodos vacacionales, esa era una de las supremas expresiones de la angustia (claro, hablo en mi mundo, no en esa no-infancia que viven en lugares sacudidos por la codicia y los excedentes armamentísticos de los que nos permitimos pensar en estas chorradas).Pero el domingo, como en la canción de Aznavour, es altamente pretencioso, y, como hoy, tan gris y tan hostil que no te queda más que darle vueltas a algunas cosas.

No sé por qué motivo este día de la semana me da por despertar la perversa fiera nostálgica. A la agradable, eso sí, rutina mañanera de teléfonos, periódicos y cañitas con amigos, se une esa inevitable desazón que provocan las calles silenciosas, el que a las seis y media de la tarde sea de noche y te quedes en casa revolviendo estanterías, cajones y armarios en un infructuoso intento de borrar algún que otro rastro de sonrisas estivales prendidas en algún libro, en la solapa de una chaqueta o en el aire de una habitación sin ventilar. Y encuentro todo un afán de olvidos que no sé dónde colocar, simplemente, porque todavía no existen: no sé si es mejor ponerlos prendidos de un imán en la nevera o dejarlos revolotear a gusto por esta tarde dominical tan rara. Y maldigo algunos viejos calendarios, porque no me permitieron darme cuenta de que, como decía C.S. Lewis, el dolor futuro es parte de la felicidad de ahora, ese es el trato (o algo así). Y además, ahora es ayer, y el ayer es  una frontera cada vez más lejana, de contornos borrosos…

Los domingos siempre me cogen con los deberes sin hacer. 

 

 

 

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5 pensamientos en “Domingos

  1. Véxote un tanto negativa, princesa Sigrid. Pola miña vez, gústame unha tardiña comigo mesmo, coa noite a esvarar polos vidros das fiestras e o presente tépedo deixándose habitar.
    Bicos

  2. Me pasa igual que a tí, querida Princesa, le tengo mucha inquina a los domingos, sobre todo cuando la tarde se apodera de mi alegría y llega la asfixia para no dejarme disfrutar de lo que queda de fin de semana. Como bien dices, reminiscencias de la época colegial. Y si ya no hay fútbol, el opio de los asfixiados, ni te cuento.

  3. Me identifico con tus domingos infantiles. Prefiero los de ahora. Un día para relajarte, comiendo en la calle, en compañía de amigos. Aprovechando el tiempo, deseándole quitar tiempo al lunes.

  4. Qué curioso. El libro de “Una pena en observación” me acompaña desde hace más de diez años en la mesa de noche… Un beso!

  5. Pues ¿qué quiere que le diga, Princesa Sigrid? Yo adoro las tardes de domingo. Adoro las que paso sentada en un café hablando de todo y nada con mis amigos. Y adoro las de invierno, en las que apoyo la cabeza en los cristales de la ventana y veo llover mientras escucho canciones de Los Secretos. O en las que, sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, no levanto la cabeza de la novela que me acabaré ese domingo.
    Adoro los domingos.

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